44 años después, la herida invisible del antiguo Alfonso López. ‘Pocheche’ contó cómo trató de auxiliar a los heridos. Su familia estaba en la tribuna.

Han pasado 44 años desde aquel domingo 11 de octubre de 1981, pero el eco de los disparos y los gritos aún retumba en la memoria de quienes sobrevivieron. Fue un día de fútbol, de euforia, de esperanza, que terminó convertido en una de las páginas más oscuras del deporte santandereano.
Un suceso que marcó para siempre la historia del Atlético Bucaramanga y dejó cicatrices que el tiempo, la indiferencia y el silencio institucional no han logrado borrar.
El partido entre Atlético Bucaramanga y Junior de Barranquilla, que debía ser una fiesta, se transformó en tragedia. En las gradas del estadio Alfonso López, donde reinaban los cánticos y el licor, la ilusión de un penal no sancionado desató el caos. Lo que comenzó con reclamos al árbitro Eduardo Peña terminó con disparos del Ejército y cuerpos tendidos sobre el cemento y la grama.
Del júbilo a la furia en el estadio
Faltaban poco más de 20 minutos para el final. El marcador favorecía al Junior 2-1 y los hinchas búcaros soñaban con el empate. Sergio Saturno, delantero argentino, cayó dentro del área y el juez hizo una señal que muchos interpretaron como penal. El mediocampista Roberto Frascuelli corrió decidido al punto blanco. Pero no hubo penal. El árbitro señaló saque de arco.

En cuestión de segundos, la esperanza se transformó en indignación. El Alfonso López estalló. La multitud —exaltada, con licor y frustración— desbordó la tribuna.
La Policía fue superada por la furia de los hinchas. El árbitro Peña corrió a refugiarse en los camerinos, los jugadores hicieron lo mismo. Y entonces sonaron los disparos.
“Eran ráfagas fuertes, de fusil. Había gente tirada por todos lados”, cuenta Orlando Morales, kinesiólogo del Bucaramanga, quien trató de auxiliar a los heridos.
El Ejército, llamado como refuerzo, respondió con fuego real. Muchos aseguran que se trataba de un batallón contraguerrilla recién llegado del Magdalena Medio. Nadie sabe quién dio la orden de disparar. Algunos testigos sostienen que un soldado, al forcejear con un aficionado, accionó su arma accidentalmente y provocó la confusión.
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El saldo oficial fue de cuatro muertos y más de treinta heridos, aunque los testigos aseguran que las cifras reales fueron mucho mayores.
Silencio, olvido y deuda con la memoria
La tragedia del 11 de octubre de 1981 quedó marcada como una de las más dolorosas en la historia del fútbol colombiano; la fecha pasó a un rincón del olvido.
No hubo justicia. No hubo memoria. Las investigaciones quedaron en el aire. Los uniformados nunca respondieron por las víctimas.
“Lo que más duele es el olvido. Nadie recuerda a los que murieron”, dice con tristeza Orlando “Pocheche” Morales, quien ese día perdió amigos y vio de cerca la muerte.

En el estadio Alfonso López no hay una placa, una bandera, ni un minuto de silencio que recuerde a quienes nunca regresaron a casa. Para muchos hinchas, esa indiferencia es la segunda tragedia.
Un domingo que cambió la historia
Aquella tarde no solo se perdió un partido. También se perdió la inocencia de una hinchada y se quebró la relación entre el fútbol y la ciudad. El equipo, que soñaba con clasificarse a la siguiente fase del torneo, nunca volvió a ser el mismo. Los jugadores extranjeros, golpeados por el miedo, abandonaron el club al final de la temporada.
44 años después, las nuevas generaciones apenas escuchan fragmentos de esa historia. Pero quienes la vivieron siguen esperando que el estadio que fue escenario del horror se convierta algún día en un lugar de memoria y respeto.
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El relato de Orlando Morales
“Todavía me parece ver las tribunas llenas, la ilusión de la gente. Todos creíamos que el equipo iba a clasificar al hexagonal”.
“Ese día la gente entró con mucho trago. Nadie revisaba las bolsas, vi botas de aguardiente pasar sin problema”, relata Morales. “Y cuando el árbitro empezó a pitar cosas raras, la gente se desesperó”.
El caos fue absoluto. Jugadores y árbitros se escondieron en los vestuarios, mientras desde las afueras se escuchaban disparos. “Los soldados disparaban hacia la tribuna y los casquillos rebotaban contra la puerta metálica del camerino”, recuerda Morales. “Yo salí corriendo, buscaba a mi esposa y a mis hermanos. La gente gritaba, caía, corría sin saber hacia dónde”.

En medio de ese escenario, Morales fue testigo del horror: “Vi a una persona con una herida terrible, ya sin vida. Más adelante encontré a otro que apenas respiraba. Fue algo que nunca olvidaré”.
Mientras tanto, los árbitros se quitaron la camiseta negra para confundirse entre la multitud. El propio Peña, según Morales, salió disfrazado y con el bigote rasurado para evitar ser reconocido. “Lo vi cuando lo montaban en una patrulla. Le dije que todo eso era culpa suya. Había muertos por culpa de una mala decisión”.












