Desde su taller en Bucaramanga, el maestro Máximo Flórez reflexiona para el pódcast En Off, de Melissa García, directora de Vanguardia, sobre el arte, la ciudad y el poder de la cultura.
Publicado por: Redacción Cultural
En su taller, a las seis de la mañana, el maestro Máximo Flórez ya está más que listo para comenzar. Se levanta a las cuatro, hace ejercicio, se alista y se sienta frente al lienzo con la serenidad de quien ha hecho del arte el oficio de su vida. Más que en la inspiración, cree en el trabajo constante, en los trazos medidos, en los colores que se eligen con paciencia: “desde que me levanto, vivo con el arte. No hay que estar pintando para vivirlo. El arte está en todo”.
Nacido en San Joaquín, Santander, y radicado desde joven en Bucaramanga, Máximo Flórez comenzó a pintar en la adolescencia gracias a una herencia inesperada: los óleos que su hermana Gloria, entusiasta del arte, dejó abandonados en la parte trasera de la casa: “intenté disolver el color con agua y fue un desastre”. Pero ahí empezó todo.
Vivía cerca del maestro Óscar Rodríguez Naranjo, a quien, sin embargo, nunca pudo ver pintar: “siempre estaba encerrado, pero su sola presencia me confirmó que los pintores existían, que eran reales, aunque misteriosos”. Ya en la Escuela de Bellas Artes, empezó a tener diferencias con algunos maestros muy académicos. “No quería copiar bodegones ni pintar desnudos. Comencé a comprender que me interesaba una cosa que iba más allá de copiar la naturaleza”, recuerda.
Con el tiempo, su obra tomó forma: recta, contenida, meticulosa. “Tal vez no soy una persona tan psicorrígida como pudiera pensar alguien que ve mi obra. Pero sí soy una persona meticulosa. Y sobre todo, cada día me permito menos experimentar”.
No cree tanto en la inspiración. Cree en la constancia: “fueron muchos años mientras encontré un camino hacia dónde dirigir concretamente mi expresión plástica. Y es una búsqueda tormentosa muchas veces”.
Frente al bullicio de las redes y el culto a la inmediatez, el maestro guarda distancia. Añora el silencio y la profundidad. “Con lo digital me va muy mal. Escasamente sé mandar un mensaje o contestarlo”, explica, pero su relación con la fotografía es distinta: publica imágenes por el placer de compartirlas.
En uno de los momentos claves de esta entrevista, realizada por Melissa García, directora de Vanguardia para su pódcast En Off, el maestro señala que, desde su experiencia, la cultura necesita algo más que sólo presupuestos: necesita conocimiento. Y no duda en afirmarlo: “los artistas necesitamos apoyo, no que nos regalen las cosas, sino que esas políticas que debe generar el Estado hacia los artistas sean diseñadas por gente que conoce y ejecutadas por gente que, de la misma manera, sepa cómo ejecutarlas”..
Y es que Flórez ha vivido de cerca el deterioro institucional. Su escultura “El cubo Mágico”, instalada en el parque San Pío, fue financiada por el Estado y demolida por el mismo Estado años después. Aunque con valentía señala que cometió algunos errores, también es cierto que, más allá de los errores técnicos, hizo falta más respaldo: “no hay conciencia sobre una de las principales carencias que yo considero que tenemos y es la formación de público”.
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Una ciudad que necesita crecer culturalmente
El maestro explica que falta una política pública seria puesto que “las instituciones que tienen a su cargo el manejo de los fondos para el desarrollo de la cultura, desafortunadamente, casi siempre nombran personas que no conocen los procesos culturales”.
Y tiene con qué afirmarlo. Máximo Flórez conoce la ciudad desde que estaba hecha de casas de tapia pisada. La ha visto crecer, pero no transformarse culturalmente: “los artistas siguen en la misma lucha en que estábamos hace 50 o 60 años”.
Tampoco ha crecido la memoria, mucho menos memoria artística: “¿Cuántos libros sobre el arte santandereano conoces tú?“
Le duele la ausencia de crítica, de curaduría, de mercado serio para el arte y si pudiera soñar a una Bucaramanga distinta, propondría tres acciones: “la formación de público; políticas claras de procesos de inversión con los dineros del arte y globalizar un poco más a Bucaramanga”.
A los jóvenes artistas les envía un abrazo: “es muy berraco que alguien quiera, conociendo todas las dificultades, echarse al agua. Lo único que yo les diría es que si lo pensaron bien antes de hacerlo, ya no les queda reversa. Y ánimo”.
Máximo Flórez trabaja en un legado que va más allá del arte, mucho más allá que solo sus obras. El maestro deja una rutina. Un paisaje amado: el Cañón del Chicamocha: “nuestro orgullo está cifrado entre dos montañas. Eso es lo que es el Chicamocha. No me interesa si es el más grande del mundo. Me interesa su esencia”.
Máximo Flórez sabe que su obra, y sobre todo su visión, siguen pintando una ciudad que aún no aprende a ver.















