El fotógrafo santandereano Andrés Platarrueda cumplirá cien años el 12 de octubre. Su obra documenta la transformación de Bucaramanga y reúne cerca de 15.000 negativos, un tercio ya digitalizado y clasificado. En una reciente sesión de retratos, volvió a tomar sus cámaras con el entusiasmo de siempre.

Publicado por: César Mauricio Olaya Corzo
Debo empezar por confesar que desde hace quizá quince o un poco más de años, cuando me crucé con él en una calle de Bucaramanga, habíamos acordado vernos y conversar, le expuse mi deseo de hacerle unos retratos y con la sonrisa amable que le caracteriza, me dijo ¨parientico, cuando quiera. No necesita agendar nada, llegue y allá nos tomamos un café y conversamos. Ahorita ando dedicado a pintar, una pasión que tenía pendiente por resolver y en la que la fotografía me cogió ventaja por esas vainas de los compromisos y el trabajo¨.
Mil motivos aplazaron el encuentro y el deseo de tener frente a mi lente, a un admirado y respetado colega, del que conocía buena parte de su trayectoria, de los malabares por la supervivencia que habían sido una constante en su trasegar, de su creatividad y de su legado como cineasta, inventor de filigranas invisibles, constructor de triciclos, equilibrista de circo y de vida, torero, aspirante a astronauta de los vuelos de Julio Verne, violinista, compositor, poeta y en suma de todos los anteriores oficios: FOTÓGRAFO con mayúsculas sostenidas.

Hace un par de semanas me encontré con Darío y Luz Dary dos de sus trece hijos y al indagar por su padre, me comentaron que casualmente iban de paso a una reunión familiar, con el fin de avanzar en la organización el próximo 10 de octubre, del cumpleaños número cien de su padre.
No podía perder la oportunidad: quiero ir antes a saludar a tu papá y cumplir con uno de mis sueños y un compromiso adquirido de hacerle una sesión de fotos. Me dijeron que no había inconveniente, solo que él ya se encontraba bastante limitado, con algunos problemas de movilidad, sordera y que se le dificultaba mucho mantener una conversación.

El encuentro
Llegué preparado con mis equipos de iluminación para fotografía de estudio, pues era mi deber honrar el compromiso de realizar un trabajo que respondiera a la talla del colega a retratar.
Allí estaba muy majo con su boina, camisa celeste y apoyado en un caminador al que se había adaptado con facilidad. Me costó trabajo imaginar que este hombre, reducido en sus movimientos, era el mismo que mandaba a colocar altísimos andamios para alcanzar el punto de vista que le exigía realizar una fotografía, el mismo que se subía a una avioneta sin puertas y sostenido de un arnés, realizaba diez mil y una pirueta para lograr la panorámica ideal.

Cuando me vio, su primer gesto fue de extrañeza pues ya no se acordaba de mí, lo que no le impedía estar absolutamente atento a cada movimiento que hacía, mientras armaba el Octabox, que me garantizaría una iluminación amplia, pero suficientemente difusa y adecuada para conseguir un retrato que respetara la esencia del personaje.
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Cuando desplegué el réflex, sus ojos se abrieron de par en par y su voz se hizo sentir con el impacto suficiente para demostrar que le era familiar: ¡La panela! - Usted sí sabe del oficio -.

A partir de ese momento todo fue un diálogo silencioso. El Maestro observaba al retratista, giraba su rostro hacia un lado y otro, a veces sonreía y otras hacía un gesto humorístico y hasta ahí, no podía quejarme de lo bien que iba resultando todo, sin imaginar que lo que vendría,sería la apoteosis de la jornada cuando le pregunté a su hija si tenía la cámara con la que trabajaba su padre, pues quería tenerla como un referente.
Luz Dary llegó con un maletín de gran tamaño, donde cuidosamente y en sus estuches individuales estaban las míticas Mamiya RB y RZ 67, el sueño de todos los fotógrafos de las generaciones anteriores a la aparición de la fotografía digital.


Retratando al Maestro
Sacarla de su estuche fue literalmente un acto de prestidigitación. Los ojos del Maestro lo decían todo. Lo primero que pidió que le alcanzaran fue su preciado lente Carl Zeizz de 85 mm, qué para los conocedores, bien se le puede equiparar como el rey de todas las ópticas.
Como si se tratara de la más delicada de las gemas, lo pasó entre sus manos, literalmente lo acarició y el juego comenzó con una frase: a este lente solo lo supera el ojo humano.
Lo puso frente a sí, buscó una fuente de luz y lo apuntó hacia ella, luego hacia el retratista que tenía al frente y cerró con una contundente exclamación: ¡infinito!
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No puedo negar que la sensación de estar viviendo un momento colmado de magia era inevitable. El Maestro tomó la cámara en sus manos, la giró con destreza, abrió el visor superior, giró la manivela de arrastre y una seña de enojo se marcó en su rostro al comprobar que no tenía película puesta.
Me pareció estar retrocediendo en el tiempo y por mi mente pasaron las imágenes del retratista que hacía magia tras cada obturación. Si se pudiera equiparar de alguna manera ese instante, lo más cercano sería un cuadro macondiano de Arquímides, el gitano trashumante haciendo gala de la máquina de hacer hielo y me veía a mí mismo, como al propio Aureliano Buendía, absolutamente maravillado por lo que sucedía ante mis ojos, así que de manera coordinada entre emoción, oficio y pasión, iba obturando uno tras otro este maravilloso momento.

Y no era para menos; adicional al respeto y admiración que le guardaba, sentía que tras esa ocurrencia de sacar los equipos, algo se había activado en la mente del Maestro. No logro imaginar lo que sucedía en su cerebro y en su alma, solo que era evidente que estaba feliz. Parecía literalmente un niño estrenando juguete, solo que esa cámara que movía con especial destreza, no era ni mucho menos un juguete, sino la compañera de vida, la cómplice de grandes momentos, hoy congelados para la historia de nuestra ciudad y de nuestro departamento.
De acuerdo con su hijo Andrés, el tercero de la familia y heredero de las dotes artísticas de su padre, pues lleva muchos años radicando en Alicante, donde es reconocido como un destacado acuarelista, en un trabajo realizado por su hermano Darío, hoy se tienen adecuadamente conservados cerca de 15 mil negativos, de los cuales la tercera parte ya fueron digitalizados y clasificados.
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Un legado histórico y cultural que se ha compartido en unas pocas exposiciones abiertas realizadas en centros comerciales y calles de la ciudad, pero que ciertamente, debería ser adquirido por una entidad archivística que garantizara su adecuada preservación y acceso público, pues es al tiempo, memoria y patrimonio.

Flashes sobre su historia
Hijo de Aureliano Rueda y Clementina Plata, nació un 12 de octubre de 1926 en el entonces próspero municipio de Suaita, cuna de la industria textil y de tejidos en Colombia, donde funcionaba la fábrica La Estrella, propiedad de la familia Caballero Calderón, en un emporio industrial que para la época, contaba con hidroeléctrica propia, planta de hilados, centros de acopio, fábrica de ladrillos, de chocolate y de café, de manera que cerca de mil personas hacían parte de una economía pujante, solo superada por la industria petrolera en Barrancabermeja.
Dotado de una sensibilidad especial con el pincel, con ingentes esfuerzos por parte de su madre quien era al tiempo mamá y papá, destino de los llamados hijos naturales, cumplidos los 17 años se traslada a Bogotá, con el fin de estudiar Bellas Artes en la Academia Nacional, muy probablemente influenciado por los reconocimientos que para la época, ya recibía su paisano, el Maestro Luis Alberto Acuña Tapias.

Los acontecimientos del 9 de abril con el asesinato del líder político Jorge Eliecer Gaitán, frustran su sueño de hacerse pintor y con los ahorros producto de múltiples oficios de supervivencia realizados en la capital, logra adquirir dos cámaras Rolleiflex de segunda mano, que se convertirían en su futuro pasaporte laboral, pues pocos podían darse el lujo de tener equipos de tan prestigiosa y valiosa calidad.
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Al retorno a su pueblo, se dispone laboralmente en uno y mil oficios, desde mensajero, taquillero en el teatro del pueblo, malabarista de cuerda floja en un circo de paso ocasional, torero y a partir de 1952, monta su primer estudio fotográfico, aliado con la Registraduría Nacional, que para la época inicia el proceso de cedulación de los colombianos.
Para los primeros años de la década de los sesentas y ya con una carga familiar de cuatro de sus trece hijos, viaja a Bucaramanga donde toca las puertas del afamado estudio de Carlos Eslava Flórez, que al reconocer la destreza del solicitante y la calidad de equipos de que dispone, le recomienda que en lugar de hacerse empleado, abra un negocio propio, tarea algo compleja pero que en alianza con su paisano y amigo Ramiro Vanegas se hace realidad y de manera conjunta, durante varias décadas empujan el proyecto Foto Vanegas.

Para la época y siguiendo las recomendaciones de Carlos Eslava de tener un nombre artístico que le diera mayor proyección, acude a la Registraduría Departamental donde era ya conocido y allí hace los malabares debidos para cambiarse el nombre e iniciar literalmente un renacimiento, por lo que, a partir de ese momento, sería Andrés Platarrueda, uniendo los apellidos materno y paterno, pero dándole a su madre el lugar debido de reconocimiento.
Para la década de los 70´s, donde la ciudad comienza a adquirir mayores dimensiones urbanas con la construcción del viaducto García Cadena y la autopista hacia Floridablanca, las fotografías de Platarrueda adquieren una gran valía, pues la promoción de los proyectos de vivienda se hacía a través de grandes fotomurales localizados en vitrinas comerciales y vallas, lo que exigía una producción que a la fecha no tenía quien pudiera asumirla en la ciudad.
Platarrueda adquiere entonces sus dos flamantes cámaras de medio formato con las que en este momento juguetea reviviendo sus recuerdos y fiel a su altísima capacidad creativa, instala en su propia casa en el barrio La Joya, un laboratorio con capacidad para imprimir fotomurales de 2, 3 y más metros, acorde con los requerimientos de sus clientes.

¨Recuerdo como si fuera ayer cómo se transformaba la casa al caer la medianoche. Mientras los mayores nos encargábamos de preparar los químicos, los del medio controlaban que no hubiese la menor rendija por donde se filtrara la luz y mi padre hacía cálculos trigonométricos para definir las distancias precisas donde localizar la ampliadora. Empezaba una tarea inmensa para primero proyectar sobre la pared del fondo la imagen a imprimir, marcar los puntos y luego con especial cuidado, abrir los extensos rollos de papel, pegarlos a la pared con cinta y realizar las largas exposiciones de hasta cinco minutos. Seguidamente se bajaba el papel y se acomodaba enrollado en un tanque-tubo diseñado por mi padre, se tapaba y utilizando un embudo especial, se le agregaba el revelador, se colocaba el tapón y mis hermanos menores se dedicaban, como si se tratara de un juego, de ir rodando el tanque a todo lo largo de la sala-comedor, mientras mi padre, cronómetro en mano, iba controlando los tiempos y los movimientos con la precisión de un relojero.
En ese momento, alzando la voz para hacerme entendible, se me ocurre preguntarle al Maestro sobre sus recuerdos de estos momentos. Su mirada indica que entendió a la perfección mi pregunta, alza la cara, se detiene en una de las fotos instaladas sobre la pared de la casa, se concentra en su respuesta y con claridad responde: ¡Todo ha sido un intento!
Gracias Maestro por este regalo de su tiempo y gracias especialmente por su legado, su trabajo será para siempre, un regalo memorial para nuestra Bucaramanga.










