Magazín cultural
Sábado 10 de octubre de 2026 - 10:04 AM

El matrimonio como una muñeca rusa

En Podrías hacer de esto algo bonito, Maggie Smith convierte el duelo de su divorcio en una reflexión sobre la maternidad, las renuncias de las mujeres y la posibilidad de reconstruir una vida propia.

Podrías hacer algo bonito de la autora Maggie Smith. Foto suministrada/VANGUARDIA
Podrías hacer algo bonito de la autora Maggie Smith. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Cuando miraba mi casa en Google Maps miraba otra vida. Una vida borrosa”, escribió la poeta y ensayista estadounidense Maggie Smith en sus memorias Podrías hacer de esto algo bonito, publicado por Libros del Asteroide, al evocar la dolorosa desintegración de su matrimonio tras más de veinte años de convivencia.

En el relato, Smith se define conceptualmente como “la descubridora”, un rol que conecta de manera directa con su necesidad de descifrar qué le había ocurrido a su familia puertas adentro. Sin embargo, su ejercicio va mucho más allá de la simple catarsis: busca de forma deliberada deshacer, desdecir y reconstruir su propia versión de una relación en la que, según explica, ambos estaban ocupados, dispersos y necesitados de algo que no estaban recibiendo.

Smith, una madre de mediana edad atrapada en las expectativas domésticas, describe su papel inicial en el hogar como el de una de esas “criaturas menos visibles” que hacen posible que sus maridos sostengan vidas profesionales exitosas; una dinámica asimétrica en la que la esposa termina volviéndose más madre de su pareja que compañera. Frente a esta sumisión e invisibilidad, plasma su propia batalla existencial al cuestionar lo que antes daba por sentado: “Antes he dicho que con ser madre me bastaba. Esto era lo que quería ser de pequeña: mamá“.

No obstante, las reglas del juego cambiaron radicalmente cuando su proyecto de escritura despegó. A medida que sus poemas se volvían virales y comenzaban los viajes internacionales de trabajo, se estrelló contra una paradoja: lo mejor que le había pasado de forma individual y creativa era, al mismo tiempo, lo peor que le había ocurrido a su matrimonio. Lo mejor de su carrera era lo único que quedaba en pie sobre las ruinas de su vida conyugal.

De esta revelación se derivan cuestionamientos universales que enriquecen las páginas del libro. Smith se pregunta si es inevitable que se produzca un desequilibrio de poder en la pareja cuando un miembro gana sustancialmente más dinero que el otro. Se cuestiona también cómo se perdona una traición íntima y, si al revisar el pasado que cargamos a cuestas, lo que añoramos es una simple e inocente llamada a escena. Surge entonces la inevitable duda sobre cuántas cosas nos gustaría deshacer en la vida y, si pudiéramos volver atrás, hasta qué punto exacto de la memoria estaríamos realmente a salvo del dolor.

A lo largo de la obra, la autora desmenuza el concepto de la nostalgia: recuerda que la raíz griega nostos significa regresar al hogar, mientras que el morfema algia equivale a dolor. A partir de allí, reivindica aquella elipsis donde todo quedó en suspenso y rescata el amor primigenio que lo desencadenó todo, ubicado en un punto recóndito en el centro de la “muñeca rusa” que atraviesa la estructura del libro.

Para Smith, los matrimonios funcionan precisamente como matrioskas, puesto que las personas llevamos dentro cada versión de nuestra relación histórica: el matrimonio previo a la llegada de los hijos, el de las cartas de amor y noches de festejo, el posterior a la paternidad con su comunicación puramente transaccional y logística, y finalmente aquella experiencia que enfrentaron al concluir la historia.

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Smith no firma una simple crónica del divorcio; edifica una disección sobre las renuncias de la mujer contemporánea, el peso de los roles tradicionales y los desequilibrios de poder que persisten en la intimidad de las parejas modernas.

Esta es también una crónica sobre el pensamiento mágico. Su versión previa creía ciegamente en la permanencia de los vínculos afectivos; ahora, en cambio, se aferra al hecho de que la vida es elástica y en ella siempre caben nuevas experiencias. Como ella misma declara, “todo final es secreto hasta que sucede”. Esa misma dualidad entre la crudeza del mundo y la necesidad de encontrar refugio es el eje que articula su poema más famoso, “Buenos cimientos” (Good Bones), la pieza lírica que se volvió viral a nivel global y que condensa con precisión el espíritu de su obra:

Buenos cimientos

La vida es corta, pero no se lo cuento a mis hijos.

La vida es corta y yo he acortado la mía

de mil maneras deliciosas y desatinadas

mil maneras deliciosamente desatinadas

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que no les contaré a mis hijos. El mundo es terrible

al menos en un cincuenta por ciento, tirando

por lo bajo, pero no se lo cuento a mis hijos.

Por cada pájaro hay una pedrada a un pájaro.

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Por cada niño amado, un niño roto, en un saco,

hundido en un lago. La vida es corta y como poco

la mitad del mundo es terrible, y por cada amable

desconocido hay uno capaz de aniquilarte.

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pero no se lo cuento a mis hijos. Yo procuro

venderles el mundo. Un agente inmobiliario decente,

hasta el peor cuchitril te lo enseña elogiando

sus buenos cimientos. Esto podría ser bonito,

¿a qué sí? Podrías hacer de esto algo bonito.

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