¡No deje que le roben la energía!

Publicado por: Euclides Kilô Ardila
Un gran profesor del colegio Salesiano, que era un hombre de Dios, me dijo una vez que me vio enojado que la rabia que estaba sintiendo era el precio que yo tenía que pagar por prestarles la atención a cosas sin importancia.
Me dijo que, tal vez sin darme cuenta, en milésimas de segundos, que es el tiempo que le cuesta al cerebro comprender que algo “está mal”, yo podía perder mi buen semblante.
Al principio me molesté más por lo que me dijo, pero luego comprendí que ese sabio docente tenía razón porque, en últimas, el disgusto mío era por algo que se me escapaba de mis manos y que no tenía porqué arruinar mi estado de ánimo.
Además, mi tutor me recomendó leer pare estos casos, el Salmo 37: 8-20, el cual reza así: “Desecha la ira y el enojo; no te alteres, que eso empeora las cosas”.
Traigo a acotación tanto la cita bíblica como ese viejo recuerdo colegial para recordarle que, a veces, usted se enfada por cosas que, de manera literal, son responsabilidades de otros.

¿A qué voy? A que no se fastidie por situaciones que no tienen la real importancia.
Se lo digo porque tal vez muchas cosas le molestan de los demás y usted les presta más atención de la que debe, al punto que se sale de casillas por todo. Y como su enojo puede ser causado por sucesos externos o ajenos, si cae en la trampa del disgusto arruinará su cotidianidad.
Si insiste en dejarse enredar en los conflictos emocionales que frecuentemente agotan su paciencia, se le va a complicar la vida innecesariamente.
Tampoco permita que los demás le saquen la chispa por algo que le hagan, ni permita que sus problemas personales lo exasperen.
Si ve que algo le molesta de quienes le rodean, sin tener que resignarse a soportar sus necedades, sea tolerante, aproveche la lección y la experiencia que cada circunstancia le trae a su cotidianidad... ¡ pero no se mortifique!
Si decide dejarse llevar imprudentemente por la ira o si le da curso libre a su agresividad, la pasará muy mal. Mientras guarde compostura y siga manteniendo una actitud prudente, nada negativo le sucederá.
¡Hágame caso y verá que su entorno cambiará!
REFLEXIONES CORTAS
Entre más años se tiene, más uno se da cuenta de que no desea padecer dramas innecesarios y, sobre todo, que la tranquilidad alimenta. Por eso se dice que la vejez es una etapa de la vida que trae consigo una gran cantidad de experiencias, aprendizajes, reflexiones y sabiduría.
Las personas optimistas son capaces de anticiparse a los problemas y buscar soluciones creativas. Además, tienden a ser más resilientes frente a las situaciones estresantes, ya que despliegan una actitud orientada a la solución de problemas en lugar de centrarse en los obstáculos.

Dele permiso a su corazón para que se sienta como está ahora, manifestando la emoción que la situación le provoca, sin juzgarlo o querer cambiarlo. A veces se puede estar triste e incluso se vale no siempre ser la persona alegre que todos quieren. Es decir, el corazón tiene derecho a llorar.
Sostenga con amor todas las partes de esos dolores que hoy tiene y arrópese con su fe. Dese tiempo para descubrir los nutrientes de su interior y ofrezca su sacrificio con generosidad a Dios y a la vida misma. Se dará cuenta de que, así esté sufriendo, podrá ser feliz.
EL CASO DE HOY

Testimonio: “Me siento mal porque cometí un gran error y, por eso, perdí la oportunidad de mejorar mi futuro. No sé por qué fui tan bruto y por qué di ese paso en falso. Tenía otras expectativas y no se me dieron. ¿Por qué otros sí pueden y yo no alcanzo mis metas? Deme algún consejo”.
Respuesta: ¡Acepte que lo hecho... hecho está! Ya no puede dar marcha atrás. ¡Nada saca con quedarse en lamentos!
No le dé muchas vueltas al asunto, no se mortifique por lo que hizo, tampoco les eche la culpa a los demás ni tampoco trate de justificarse.
Lo mejor es que reconozca que se equivocó e intente hacer todo lo que pueda para mejorar la situación. Si se siente muy mal por lo que hizo, ore con humildad a Dios, admita su error y pídale que lo perdone. Aprenda de sus yerros e intente no volver a cometerlos. Puede estar seguro de que el Señor lo tratará con misericordia.
Me dice en su carta que no entiende ‘por qué otros sí pueden y usted no’. Ojo: una manera de cargar con expectativas poco realistas es compararse con los demás. Si usted sigue con esa fea costumbre, puede que acabe fomentando competencias mal sanas y envidiando a otros.
Cuando trata de hacer lo mismo que hacen los demás, es posible que se exija más de lo que en realidad puede dar. ¡Y eso lo puede decepcionar!
La Biblia dice que “las expectativas que tardan en cumplirse enferman el corazón”. Así que será todavía más frustrante esperar algo que jamás logrará o que no tiene ningún sentido para usted.
Se lo digo porque eso podría quitarle las energías y bajarlo más de nota.
Le reitero que, si le pide claridad a Dios para actuar, Él lo iluminará.















