Slim Valenzuela, junto con el equipo de la Foscal y la gente, transformó una clínica al borde del cierre en el prestador de salud más sólido del sur de Santander. Su liderazgo se basa en amar, servir y no conformarse con el cargo.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
A los once años, Slim Enrique Valenzuela Plazas vivía dentro de una cárcel. No era un castigo, era su casa. Una casa fiscal ubicada al lado del penal de mujeres en Bucaramanga, donde su madre ejercía como directora. Mientras otros niños crecían entre parques y barrios bulliciosos, él pasaba los recreos jugando fútbol con las internas. En su infancia no hubo tardes de bicicleta ni fiestas escolares; hubo garitas, muros altos y una mamá que salía corriendo con una pistola en la mano a enfrentar una amenaza de invasión.
Esa imagen, su madre corriendo sobre el muro de la cárcel, con temple de comandante, pero con el corazón puesto en sus hijos, lo acompaña aún. No solo porque fue determinante en su infancia, sino porque allí comenzó a comprender lo que significaba el liderazgo real: ese que no se enseña en los libros ni se aprende en las aulas.
Slim estudió en un colegio jesuita del que fue expulsado por indisciplinado. Pero de ese paso breve se llevó una frase que hoy define su vida: “Amar y servir en todo”, de San Ignacio de Loyola. La repite como guía ética para su actuar cotidiano.
“Yo creo que esa ha sido como mi lema siempre. Amar y servir. En todo”, dice.
Y eso explica mucho de lo que ha sido su carrera. Para él, no se trata de ostentar cargos ni coleccionar títulos. “Hay mucha gente que quiere llegar a ser gerente, alcalde, ministro, solo por el cargo. Pero para mí lo importante no es el título, sino lo que uno hace desde donde está”, afirma con firmeza.
Hoy es gerente de la clínica Gerente clinica Foscal Santa Cruz de la Loma. Por eso, quiere ser recordado como “el gerente que transformó la clínica”, el que rescató 120 empleos en riesgo y los convirtió en 220, más 50 especialistas contratados, en su mayoría de la región.

“Yo quiero que se me reconozca por lo que hice, no solo por el cargo que ocupé”.
Eso sí, su vocación apareció entre dudas. En las pruebas de orientación profesional, todo apuntaba al Derecho. Pero él no lograba verse allí, litigando o escribiendo demandas.
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“Yo quería servir, pero no veía cómo hacerlo desde el Derecho”, dice. Lo suyo era más empático, más inmediato. Fue entonces cuando apareció una figura silenciosa pero decisiva: su padrino de bautizo, optómetra de profesión.
Estudió en la Universidad Santo Tomás y luego hizo una especialización en Administración en Salud en la Pontificia Universidad Javeriana. Pero ejerció como optómetra solo seis meses. No porque no amara la profesión, sino porque el destino, o la claridad temprana de su talento administrativo, lo llevó por otro camino.
A los 24 años llegó a la Superintendencia de Salud. Viajó por casi todo el país haciendo auditorías a clínicas, hospitales y EPS. Conoció 31 de los 32 departamentos de Colombia y entendió, desde el territorio, las fisuras del sistema. “Yo era soltero, no tenía hijos, y eso me permitía aceptar todas las comisiones. Aprendí de sentido común, que hoy hace tanta falta”, recuerda. Hoy su hija lo es todo para él, el amor de su vida y su ancla para hacer lo que hace.
Y claro, la experiencia de hablar con gerentes, entender la trastienda de los hospitales, palpar la precariedad institucional, lo convenció de que su misión no era atender pacientes, sino construir estructuras que funcionaran. Fue gerente en Galán, en Boyacá, en Matanza. Y en cada sitio, dejó una huella.
En 2019 asumió como gerente de la Clínica Foscal Santa Cruz de la Loma, en San Gil. “La clínica estaba quebrada. Iban a perderse 120 empleos y había una deuda de miles de millones de pesos. Lo primero fue salvar los puestos de trabajo y recuperar la confianza”, afirma con la seguridad de quien ya ha enfrentado tormentas.
La recuperación de la clínica fue una iniciativa del Dr. Virgilio Galvis, del Dr. Jorge León y de la Dra. Carolina Galvis.
Los especialistas habían abandonado el barco. A muchos les debían hasta 200 millones de pesos. Slim Enrique los reunió, uno a uno, y les propuso acuerdos de pago que cumplió. “Recuperar la credibilidad fue lo más difícil. Pero lo hicimos”, dice.
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Hoy, cuatro años después, la clínica ha logrado estabilizar su operación. Se avecinan nuevos servicios, como un PAC (Punto de Atención Complementaria), y la visión es clara: convertirla en el prestador más grande del sur de Santander.
Eso sí, asegura que no alcanzó este logro en solitario, sino que se trató de un trabajo mancomunado con el equipo de la Clínica Foscal, quienes le dieron todo su apoyo para llevar a cabo esta titánica labor.
Para Slim, el liderazgo “es un don”, sentencia. Sus modelos han sido su madre, que construyó la reclusión de mujeres de Bucaramanga con ayuda de empresarios locales, y su padre, experto en relaciones humanas, cercano, conversador, profundamente humano.
Pero también su hermana, abogada, funcionaria nacional, ha sido su faro. Con ella, forjó una complicidad forzada por los barrotes: “Vivimos juntos en la cárcel desde los 11 hasta los 18. Nos necesitábamos. La última pelea fue cuando tenía 15 años”, dice entre risas.
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Esa experiencia lo marcó. Lo hizo sensible a la libertad, a la necesidad de servir y a comprender que liderar no es mandar. “Uno no necesita ser gerente para ser líder. El liderazgo se nota cuando contagias a tus compañeros con una causa, cuando inspiras con el ejemplo”, dice.

Aunque es bumangués, Slim se enamoró del sur de Santander. San Gil, Curití, Aratoca, Socorro: cada pueblo le ofrece sabores, aromas, texturas que celebra. Compra pan artesanal en Aratoca, café de Páramo, miel del Socorro. Es un activista regional. Desde la junta directiva de Fenalco local, promueve el consumo de productos santandereanos y defiende la conectividad aérea como motor de desarrollo.
“Yo viajo en avión todos los viernes para que no se pierdan los vuelos Bucaramanga-Bogotá. Regreso en bus, pero el esfuerzo vale la pena”, dice. Porque para él, visibilizar la región es una causa tan importante como administrar salud.
Hablar del futuro del sistema de salud en Colombia lo enfrenta a una paradoja: es un defensor del modelo actual, pero reconoce sus heridas. “Tenemos un sistema bueno, pero mal financiado. Las reformas no han atacado ese problema. Tenemos escasez de especialistas, pagos demorados y mucha incertidumbre”, afirma.
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A diez años, sueña con una salud más técnica y menos politizada. Con instituciones lideradas por quienes han recorrido la escalera del mérito y no por cuotas partidistas. “Ojalá la salud la manejaran los que saben y no los que llegan a improvisar”, señala.
Y aunque el panorama es incierto, Slim Valenzuela sigue apostándole a construir desde lo local. Porque, como él mismo dice, “uno nunca deja de aprender. Uno es un aprendiz toda la vida”.














