Los disparos vuelven a sacudir los cerros y las ciudades de Sinaloa. Carreteras bloqueadas, familias atrapadas entre el fuego cruzado y la muerte absurda de dos niñas han convertido el estado en un campo de guerra no declarado.

Publicado por: Redacción Mundo
La violencia en Sinaloa no es nueva, pero ha mutado. Ya no se trata solo de enfrentamientos entre cárteles rivales. Ahora, el fuego viene desde adentro: una guerra intestina que fragmenta al que fuera, por décadas, el imperio del narcotráfico más poderoso de México. El enfrentamiento entre “Los Chapitos”, los hijos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, y la facción leal a Ismael “El Mayo” Zambada ha desatado una ola de terror que recorre las carreteras y municipios del estado con precisión letal.
Desde septiembre de 2024, los brotes de violencia se han vuelto más frecuentes y virulentos. En las últimas semanas, los municipios de Mocorito, Guamúchil, Navolato y la capital, Culiacán, han sido escenario de tiroteos, persecuciones y bloqueos. Caravanas de civiles armados, con armamento militar y vehículos blindados improvisados, circulan como fantasmas por las vías, tomando casetas y cerrando rutas.
El conflicto ya no distingue entre zonas urbanas y rurales. En la sierra de Badiraguato, lugar de origen de El Chapo, el horror alcanzó un punto sin retorno: dos niñas, de 7 y 11 años, murieron acribilladas en una camioneta familiar en la que viajaban con sus padres y otros menores. La versión de los soldados que dispararon no convence. La familia asegura que jamás les marcaron el alto. Que solo abrieron fuego, sin más. “Fueron más de diez segundos de balazos”, dijo el abuelo de las menores entre sollozos.
La imagen de los cuerpos infantiles tendidos en una camioneta agujereada por impactos de bala estremeció incluso a quienes, desde hace años, conviven con la violencia como paisaje cotidiano. No hubo enfrentamiento ni operativo anunciado. Solo disparos y muerte. “La guerra llegó hasta nosotros, y ni siquiera éramos parte de ella”, se lamenta una vecina de la comunidad.
El gobierno estatal ha desplegado operativos conjuntos con fuerzas federales en un intento por controlar la situación. Pero los esfuerzos parecen insuficientes frente a un enemigo que se mueve con agilidad, conoce cada rincón del territorio y, en muchos casos, cuenta con el silencio cómplice de las comunidades, ganadas a fuerza de miedo o favores.
Los habitantes de Sinaloa viven una paradoja diaria: entre el orgullo de una tierra fértil y trabajadora, y el peso de un estigma que no han logrado sacudirse. La sombra del narcotráfico no solo ha condicionado la seguridad, también ha moldeado la cultura, el lenguaje y la política local.
Mientras los medios registran el conteo de víctimas y los helicópteros sobrevuelan los poblados, la población exige una respuesta más clara. ¿Quién controla realmente Sinaloa? ¿Dónde termina la ley y empieza el mando de los grupos armados?
Sinaloa, tierra de historias de resistencia y dolor, vuelve a ser titular por el sonido de las balas. Y aunque el eco de los disparos se apague por momentos, el miedo permanece. Porque en esta guerra sin frentes definidos, nadie, ni siquiera las niñas, está a salvo.














