viernes 28 de septiembre de 2018 - 12:01 AM

A Dios rogando...

Las disculpas públicas del Vaticano y la promesa de investigar y castigar a los responsables, dan cuenta de un cambio en la política de callar y pagar que se mantuvo durante décadas dentro de la Iglesia Católica.

Pagar y callar por muchos años fue la política sistemática de encubrimiento de abusos sexuales por parte de religiosos y sacerdotes en el seno de la Iglesia Católica. Un silencio cómplice que ha sido su gran ‘pecado’ y con el cual se ha pretendido acallar escándalos de pederastia que con el tiempo fueron imposibles de ocultar y que hoy acucian al pontificado de Francisco.

La iglesia es hoy una institución, con más de 20 siglos de existencia, que se erigió como autoridad moral, judicial e incluso política de millones de personas en todo el mundo que ha caído en desgracia con las terribles revelaciones sobre abusos de niños y jóvenes, cometidos por sus miembros, lo que ha mancillado su imagen y echado sombras sobre su credibilidad y legitimidad.

Los primeros casos de pederastia al interior de la Iglesia salieron a la luz pública en la década de los 90 en Estados Unidos e Irlanda, casi todos ellos ocurridos en escuelas u orfanatos.

Pero estos casos tenían el agravante de que el fenómeno no se reducía a una serie de ‘manzanas podridas’ dentro del clero, sino a todo un patrón de conducta que fue ocultado durante décadas con la ‘venía’ de los propios líderes religiosos.

El abogado canonista Hernán Olano recuerda que hace 50 años, el papa Pablo VI fue el primero en poner el dedo en la llaga sobre el particular.

Explica que al terminar su pontificado debido a su fallecimiento en 1978, asume Juan Pablo II, quien, en su opinión, tuvo una actitud que no fue complaciente pero sí tolerante frente al tema, debido a que no se tomaron cartas en el asunto, lo que propició que muchas diócesis hicieran arreglos extrajudiciales para callar el escándalo.

Olano lo califica como el peor daño que se le ha podido causar a la Iglesia, aludiendo a lo ocurrido en la Diócesis de Boston. Allí los delitos de un centenar de curas pederastas fueron cubiertos sistemáticamente durante más de 20 años por sus superiores eclesiásticos.

Según el experto, esas acciones en cierta forma de solidaridad, de complacencia o de vergüenza, con el pago de indemnizaciones, afectaron la imagen de la Iglesia, el patrimonio de las Diócesis, y de paso, alimentaron la impunidad frente a estos delitos.

Sin embargo, con el pontificado de Francisco hay un cambio de actitud por parte del Vaticano y de nuevo se pone el dedo en la llaga sobre el problema: “muestra que, si bien la Iglesia tiene inspiración divina, también está integrada por humanos que tienen sus errores y hay que reconocer esa parte que afecta la fe de las personas”, señala el experto.

Advierte, no obstante, que la postura del pontífice argentino enfrenta cierta resistencia por parte de una facción ultraconservadora del Vaticano “que quiere conservar en cierta forma la política de Juan Pablo II, que se resume en pagar y callar”.

Francisco se compromete con medidas para que esta situación no se repita al interior de la Iglesia.

El abogado canonista cita al respecto la posibilidad de aplicar sanciones no solo de tipo canónico sino también de tipo penal a los agresores sexuales, que haya acompañamiento psiquiátrico a los religiosos o a aquellos que no puedan vivir la castidad o el celibato dentro de su oficio y especialmente dentro de su vocación, así como la necesidad de ejercer control sobre candidatos al sacerdocio.

Juan Manuel Torres, docente de la Universidad de La Salle, describe en primer lugar que es importante precisar que desde el pontificado de Benedicto XVI la Iglesia ha venido con una política de tolerancia cero con relación a los abusos sexuales, y Francisco ha dado continuidad a la misma.

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De hecho, señala que ha sido muy tajante en el sentido de que no habrá ninguna consideración al respecto, lo cual se ha traducido en iniciativas como el tribunal creado por el papa para atender temas de abusos articulados a la Congregación para la Doctrina de la Fe en la Iglesia.

Es decir, “generar una estrategia para controlar el abuso a través de un tribunal en defensa de los menores”, comenta. Es importante clarificar que la Iglesia, en medio de la complejidad por los tiempos y los procesos mismos, se ha comprometido en el proceso de reparar a las víctimas.

Torres resalta además, que hay otro elemento común del papa Francisco, y es que “el abuso a menores no solo es un pecado sino un delito y eso tiene implicaciones civiles, a nivel del sistema judicial”.

Ilustra esta tesis con el caso emblemático del sacerdote Fernando Karadima en Chile, donde se aprecia a un papa dispuesto a aclarar al máximo lo que ha pasado con las víctimas de abusos en ese país.

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Celibato y castidad

Al tenor de los escándalos por pederastia, ha salido a relucir la discusión de si el celibato y la castidad que deben mantener los sacerdotes influye en los abusos sexuales que estos cometen.

Para el docente Juan Manuel Torres, aquí “la Iglesia debería preguntarse qué es lo que implica la vida afectiva de los futuros sacerdotes y religiosos, lo que implica la formación afectiva en los seminarios”. Y considera que el tema no se puede reducir solo a la cuestión del celibato o la castidad, sino incluir un conjunto de elementos, como la formación afectiva.

Además, observa que a la Iglesia le hace mucho daño el clericalismo que vive, es decir un poder concentrado en los sacerdotes “y que se vuelve en control de las conciencias de los humanos y termina siendo un canal de abuso en todo orden, que pasa por lo sexual y también lo que implica la vida personal”.

Como bien lo ha señalado Francisco: “los abusos en ocasiones pasan por lo que implica la exacerbación del poder y el control de algunos representantes de la Iglesia sobre sus feligreses, y del respaldo de una institución que los ha encubierto”.

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