Allí donde la tierra reclamó atención, la ciudad encontró una oportunidad para cultivar árboles, proteger su entorno y aportar a la recuperación ambiental de la meseta de Bucaramanga. Hablamos del Vivero Forestal Nazareth. Esta es su historia:

La tierra se movía, el suelo perdía estabilidad y la amenaza de un deslizamiento, por los lados de la carrera 15 con calle 10, ponía en riesgo las viviendas, los recuerdos de las familias y un tramo de la vía.
Hoy, en ese mismo territorio crecen árboles, germinan nuevas vidas y florece la esperanza. Allí se encuentra el Vivero Nazareth, un espacio que conserva la memoria de una emergencia y simboliza la capacidad de la naturaleza para renacer.

Su historia refleja la transformación de un lugar vulnerable en un escenario de recuperación ambiental y en un pulmón verde que contribuye al bienestar de Bucaramanga.

A finales de la década de 1960, una gran remoción en masa sacudió el sector, en inmediaciones del barrio Gaitán. Aquel fenómeno natural puso de manifiesto la necesidad de intervenir el terreno y promover acciones orientadas a su recuperación.
Con el paso de los años, el sitio comenzó a adquirir un nuevo significado: donde la inestabilidad despertaba preocupación, surgió un espacio dedicado a cultivar especies forestales y fortalecer la cobertura vegetal. Así comenzó una historia en la que la memoria de la adversidad se convirtió en una oportunidad para proteger el territorio y devolverle protagonismo a la naturaleza.

El nombre de Nazareth, heredado de la antigua finca sobre cuyos terrenos se estableció el vivero, mantiene viva la huella de ese pasado. Administrado por la Corporación Autónoma Regional para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga (CDMB), este espacio forestal se encuentra en la ladera occidental. El predio comprende alrededor de 200 hectáreas, de las cuales dos están destinadas a las instalaciones administrativas y las áreas de trabajo.
El Vivero Nazareth representa un patrimonio ambiental para la ciudad, un lugar donde la historia, el conocimiento técnico y la conservación se unen para contribuir a la recuperación de los ecosistemas y preservar un entorno natural esencial para Bucaramanga.
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La vida del vivero comienza mucho antes de que un árbol extienda sus ramas o encuentre un lugar definitivo para crecer. Todo se inicia con la preparación del sustrato, la selección de semillas y el acondicionamiento de los espacios donde las plantas recibirán los cuidados necesarios para desarrollarse.

Gloria Séfora Lozano, ingeniera forestal de la CDMB, explica que “Nazareth cuenta con áreas especializadas y bien tratadas: Tenemos diferentes puntos de trabajo como los de la preparación del sustrato, los germinadores, los espacios de trasplante, el llenado de bolsas y el patio de crecimiento”.
Detrás de estas labores hay conocimiento, paciencia y dedicación, elementos fundamentales para cultivar la riqueza vegetal que posteriormente contribuirá a reverdecer distintos espacios de la región.
Las semillas germinan, las plántulas se fortalecen y los trasplantes les permiten continuar su crecimiento hasta estar preparadas para su establecimiento en otros lugares.

Orlando Antolínez, operador calificado de la CDMB, conoce de cerca las particularidades de las especies cultivadas en Nazareth, entre las que se encuentran el guayacán rosado, el guayacán amarillo, el gualanday, el nauno, el galán de la noche, el penitente, el aro, el orejero y el cedro. Estas especies aportan diversidad, color y riqueza al paisaje, además de contribuir a los procesos de recuperación de la cobertura forestal. Sus raíces ayudan a proteger el suelo, sus copas ofrecen refugio a diferentes formas de vida y sus floraciones enriquecen los entornos naturales y urbanos.
Desde Nazareth se suministran ejemplares para proyectos de restauración ecológica, arborización urbana y campañas ambientales en diferentes lugares de la región. Cada planta que sale de sus instalaciones representa la posibilidad de recuperar áreas degradadas, ampliar la cobertura vegetal y enriquecer parques, calles y espacios públicos.
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Esta labor también incluye iniciativas de sensibilización, como la entrega de palmas sostenibles durante las temporadas de Semana Santa, una alternativa que busca promover prácticas responsables y reducir la presión sobre las especies silvestres. De esta manera, el vivero no solo cultiva árboles: también promueve conciencia ambiental y fortalece el compromiso colectivo con la conservación de la biodiversidad. Su trabajo, articulado con los viveros La Rosita y El Rasgón, en el corregimiento de Sevilla, en Piedecuesta, hace parte de las acciones de la CDMB para responder a las necesidades ambientales del territorio.

Para Juan Carlos Reyes Nova, director general de la CDMB, Nazareth representa la capacidad de convertir el compromiso ambiental en resultados para la comunidad: “Este vivero representa la capacidad que tenemos de restaurar, recuperar y darle nuevas oportunidades a la región. Es un espacio donde la naturaleza nos recuerda que la vida siempre puede abrirse camino cuando trabajamos para protegerla. Cada planta que cultivamos y cada árbol que llega a su lugar de siembra hacen parte de un compromiso con el futuro de nuestra región. Nazareth es, además, un lugar de belleza y esperanza, porque nos permite ver cómo el trabajo ambiental se transforma en vida para Bucaramanga y sus habitantes”.

Hoy, el Vivero Nazareth cuenta su historia a través de cada semilla que brota, cada hoja nueva que busca la luz y cada árbol que se prepara para crecer en otro rincón de la región.
Su presente no borra la memoria de la emergencia ocurrida a finales de los años 60; le otorga un nuevo significado. El terreno que alguna vez despertó preocupación se convirtió en un espacio dedicado a cultivar vida, y el nombre de una antigua finca pasó a representar una promesa de futuro.
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En esta transformación también está el trabajo silencioso de quienes preparan la tierra, cuidan los germinadores y acompañan el crecimiento de las plantas.

Nazareth es, en esencia, un homenaje a la resiliencia de la naturaleza y a la memoria de Bucaramanga: un testimonio de que incluso los lugares marcados por la adversidad pueden convertirse en escenarios de esperanza.
Proteger este pulmón verde significa reconocer que la historia del territorio también se escribe con árboles, que la restauración exige compromiso constante y que cuidar la naturaleza es proteger nuestro propio futuro. Porque allí donde alguna vez hubo temor, hoy crece la vida, y cada nueva planta recuerda que siempre existe la posibilidad de volver a florecer.

















