El 2 de mayo del 2002, a las 11:30 de la mañana, un cilindro bomba lanzado por las Farc apagó la vida de 79 personas, la mayoría niños, quienes se refugiaban en la iglesia de Bellavista, en Bojayá. Antún Ramos, quien era el párroco de la iglesia en aquel momento, cuenta su historia en su libro Bojayá, relato del sacerdote que sobrevivió a la masacre, publicado por Sin Fronteras.
Esta tragedia dejó una huella imborrable en la historia de Colombia, y al leerla en palabras del padre Antún, a quien conocí en la pasada Feria del Libro de Cali, es imposible contener la tristeza, esa que lleva al mutismo y nos produce un desgarro tan profundo como doloroso, como quien carga, literal y simbólicamente, un Cristo mutilado a cuestas. ¿Qué significa la guerra para quienes no los ha tocado? ¿Qué implicación tienen este tipo de relatos en la búsqueda de la responsabilidad histórica?
Desde la madrugada del primero de mayo, con los primeros disparos, los habitantes de Bojayá se resguardaron en la iglesia esperando que Dios y las paredes de cemento del templo los protegieran de las balas de fusiles que venían de todas las direcciones, pero ni allí se salvaron del horror. Fueron dos días de angustia hasta que, al segundo día, el cilindro bomba explotó en el altar, donde estaban los niños y las mujeres embarazadas, convirtiendo el lugar en una ruina sangrienta y cuerpos inocentes desmembrados por todas partes. La iglesia fue destruida. La iglesia eran todos, sobre todo las víctimas a las que les negaron, incluso, los ritos y alabaos del adiós final. La barbarie acabó con todo.
El padre Antún ha escrito este libro con el ánimo de responder a ese impulso moral orientado a la verdad. Nunca es fácil dar con las palabras precisas, como lo plantea Ricardo Silva en el prólogo, para resistir la capacidad de olvido del ser humano. Mi invitación es la de replicar este tipo de discursos que transformen el dolor en esperanza. Esos que brindan consuelo y luz, aún en medio de la crisis y la mezquindad humana.












