Hoy día vivimos en una sociedad muy difícil y compleja. Veamos uno de sus aspectos: toda sociedad está en interacción con sus miembros. Aquella los modifica y estos la modifican. Por ejemplo, toda sociedad ha establecido ciertas exigencias de lo que es bueno y malo, de lo que un individuo debe o no debe ser. En torno a la respuesta de los individuos, la sociedad se va modificando a sí misma. Una de esas exigencias, que va y viene, es la de rendir mucho (proceso) y obtener ciertos logros (resultado) –algo bien analizado por Byung-Chul Han–, logros que están previamente determinados por las interacciones sociales (los logros buscados no son tan subjetivos como se cree).
Hoy quiero llamar la atención de una de las mil aristas de esta relación tan compleja en la actualidad: estamos en la era del insomnio. Sus causas son múltiples, pero uno de los factores más relevantes, sin ser el único, es la sociedad del rendimiento y del logro en la que actualmente vivimos. El estrés ha aumentado significativamente, pero no solo el laboral, sino también el derivado de ser aquel que los demás y la sociedad nos dice que debemos ser. Esto repercute en un mal sueño. Nace así una demanda que rápidamente es suplida por el capitalismo: productos farmacéuticos para dormir. La medicación para dormir se convirtió en uno de los rubros más rentables de la industria farmacéutica, que es capitalismo puro y duro. Estos medicamentos tienen efectos secundarios, sumado a que son meros paliativos: no resuelven el problema, no pueden hacerlo, solo disminuyen algunos de sus efectos.
Y así surge otro nicho de mercado: esos medicamentos exigen muchas veces algo para activarse al día siguiente para poder rendir y buscar los logros que nos dicen que son los que valen la pena. Como es de esperarse, la industria farmacéutica actuó de inmediato: “¡se le tiene!”. Pero estas sustancias producen efectos secundarios (por dar un caso, aumentan la dificultad para conciliar el sueño), lo que implica, a su vez, nuevos mercados. Entonces, se necesita aumentar la dosis (y, por tanto, la compra) de medicamentos para el sueño, lo que a su vez presiona por el aumento del consumo de sustancias para lograr estar activo al día siguiente.
Todo se volvió un circuito vicioso en constante incremento, donde volvimos nuestro sueño un nicho de mercado, dejando de lado atender las causas reales de nuestros malestares. Para explicar la complejidad de nuestra relación enferma con el dormir, podría agregarse muchas cosas más, pero, por un tema de espacio, solo me referiré a una: justo en nuestra sociedad, caracterizada por la excesiva liquidez (dice Bauman) o velocidad (según Virilio) que lo envuelve todo (los amores y los amigos son fugaces, nuestra memoria se vuelve cada vez más inmediata, etcétera) queremos respuestas inmediatas a nuestros problemas, como si eso fuese posible.
No queremos comprender y actuar ante lo que realmente produce nuestro insomnio. Solo queremos la píldora mágica que me permita dormir esta noche a como dé lugar; ya mañana tomaré la píldora mágica que me permita ser productivo al día siguiente. No tengo tiempo para meditar y tomar acciones a mediano plazo para saber por qué no estoy durmiendo bien o no estoy siendo productivo (ni siquiera para preguntarme si eso me está haciendo feliz). Al finalizar, nos hemos vuelto robots que se desactivan y se activan con sustancias externas, pero no hay tiempo para pensar en ello. Nota final: no solo hablo de descansar y activarse.
















