Según un informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) difundido por Naciones Unidas (ver aquí), las reservas de agua dulce del planeta llevan cerca de una década disminuyendo.
En 2025, el 36 % de las cuencas fluviales registró caudales inferiores a lo acostumbrado, mientras los glaciares perdieron 408 gigatoneladas de masa, una tendencia que, sumada a las pérdidas acumuladas durante los últimos años, inquieta a la comunidad científica.
El informe señala que el almacenamiento de agua terrestre (en glaciares, nieve, lagos, suelos y aguas subterráneas) mantiene una tendencia descendente, al tiempo que el ciclo del agua se vuelve más irregular, con una mayor alternancia entre sequías e inundaciones.
La disminución de estas reservas significa menos agua disponible para sostener los caudales de los ríos durante los periodos secos, abastecer a las poblaciones, mantener la agricultura y los ecosistemas, y generar energía hidroeléctrica. Y para empeorarlo todo, también supone suelos y vegetación más secos, lo que aumenta el riesgo y la propagación de incendios. Incendios como el de Villa de Leyva, el del páramo de Berlín, el de los cerros orientales de Bogotá.
Vienen tiempos difíciles y, por ello, cabe preguntarse si Colombia se está resguardando y aprovisionando como debería. El país sabe que se acerca un nuevo fenómeno de El Niño, el cual, según los pronósticos actuales, podría estar entre los más fuertes registrados.
Ciertamente, el país es privilegiado en materia de agua: tiene cerca de 41.500 metros cúbicos de recursos hídricos renovables internos por habitante al año, según datos de FAO y el Banco Mundial. Además, según el Ministerio de Ambiente, el rendimiento hídrico de Colombia es seis veces superior al promedio mundial.
Tenemos, no en vano, incontables y lluviosas selvas, y, además, alrededor de la mitad de los páramos del planeta. Páramos que funcionan como verdaderas fábricas naturales de agua y cumplen un papel angular en la regulación hídrica de los países andinos.
El problema, con todo, ¿no es precisamente esta abundancia? Semejante privilegio tiende a volverse invisible acá más que en ningún otro lado y, acá más que en ningún otro lado, la abundancia tiende a convertirse en mala consejera. Basta con observar a tantos bumangueses, o a tantos bogotanos, o a tantos manizalitas: tienden a dar su buena agua por sentada.
Ahora bien, como señalaba el geógrafo alicantino Jorge Olcina en una de sus conferencias sobre agua y globalización, el problema de nuestros recursos hídricos no es solamente un problema de disponibilidad y de cantidad. Es, también, un problema de gestión. De cómo la administramos en función de las necesidades de cada territorio y de cada población.
Por eso, en un mundo en el que el ciclo del agua se vuelve cada vez más irregular no basta con tener ríos caudalosos, páramos y lluvia en abundancia. También es importante que sepamos y podamos gestionar el agua bien, protegiéndola y garantizando que nunca deje de llegar, tan limpia y tan pura como nace, a su destino.
Si el agua se está volviendo un recurso cada vez más escaso, irregular y valioso, parecería sensato evitar que cerca de ecosistemas vitales (como lo son los páramos) se adelanten proyectos extractivistas que lo puedan poner en riesgo. Pero como en Santander vivimos en el mundo al revés, algunos intentan hacer todo lo contrario de lo que, en un momento de emergencia climática, no se debería ni siquiera pensar.
Como se sabe, ya no Minesa sino Aris Mining pretende adelantar el proyecto minero de Soto Norte, con el que se busca explotar subterránea y masivamente el oro en las inmediaciones del Páramo de Santurbán.
Estos proyectos megamineros, como se sabe también, implican remover grandes cantidades de roca, consumir y alterar flujos de agua, y producir residuos que pueden liberar metales pesados y sustancias tóxicas en los suelos o las corrientes. Y aunque la minera asegura que en su proyecto no se utilizará cianuro ni mercurio, lo cierto es que ni la tecnología más cuidadosa elimina los riesgos de intervenir un ecosistema tan frágil.
El drenaje de minas puede movilizar metales y contaminar tanto aguas superficiales como subterráneas. Y si se tiene en cuenta que estos riesgos no terminan cuando cesa la explotación, sino que se prolongan por décadas, las suspicacias ante un proyecto semejante deberían ser totales.
Por ejemplo, una revisión científica que examinó 380 trabajos y seleccionó 88 estudios de casos realizados en 36 países encontró evidencias de contaminación de aguas subterráneas asociada al drenaje minero (ver aquí). Un riesgo especialmente delicado si se tiene en cuenta que el proyecto minero de Aris Mining se adelantaría en las inmediaciones de un ecosistema que cumple un papel esencial en la regulación y almacenamiento de agua limpia para casi dos millones de personas.
Mientras buena parte del mundo empieza a preocuparse por conservar hasta la última gota, nosotros seguimos discutiendo cuánto oro podemos sacar de unas montañas cuyo mayor tesoro es el agua. Como si un páramo pudiera reconstruirse, como si un acuífero tuviera repuesto, como si la naturaleza llevara contabilidad de nuestros errores y pudiera simplemente devolvernos mañana lo que hoy decidimos destruir.
Convendría recordarlo todos los días, no vaya a ser que terminemos teniendo, como escribió Antonio Machado, «más sed que agua».












