En la última columna planteé una idea: podemos generar más valor distribuyendo capacidades, especializando territorios y conectándolos. ¿Y si aplicáramos la misma lógica a nuestras empresas?
Muchos empresarios hemos aprendido a crecer incorporando capacidades. Si necesitamos diseño, ingeniería, tecnología, comercialización, logística o administración, desarrollamos estructuras propias.
Tiene sentido. Integrarnos permite controlar calidad, tiempos, costos y conocimiento, y puede constituir una enorme ventaja competitiva. Aunque funciona bien en contextos de alta demanda, representa riesgos cuando esta disminuye.

En Santander, además, esa cultura de autosuficiencia podría tener raíces profundas. Nuestra geografía, dificultades históricas de conectividad y carácter empresarial independiente posiblemente llevaron a muchas compañías a desarrollar internamente aquello que no encontraban fácilmente en su entorno.
Esa capacidad nos hizo fuertes y perseverantes. No obstante, históricamente, hemos sido pioneros de todo y colonizadores de nada. Vale la pena preguntarnos si el siguiente salto requiere algo diferente.
Imagine cien empresas desarrollando internamente capacidades semejantes, cada una con estructura, personal, tecnología y su propia curva de aprendizaje. Ahora imagine algunas de esas capacidades desarrolladas por compañías extraordinariamente especializadas, capaces de atender a las cien, invertir más, atraer mejor talento, innovar y vender sus servicios fuera de Santander.
Individualmente perderíamos algo de autosuficiencia. Colectivamente ganaríamos especialización, escala y productividad.
Quizás una empresa no deba entenderse solamente por las capacidades que posee. También puede ser una infraestructura capaz de conectar extraordinariamente las capacidades de otros.
Eso exige algo más difícil que contratar empleados: confiar. Compartir información, construir relaciones de largo plazo, permitir que otros capturen valor y aceptar que nuestro éxito también puede depender de que otra empresa sea extraordinariamente buena.
Los grandes ecosistemas surgen cuando organizaciones especializadas compran, venden, complementan, compiten, cooperan y aprenden entre ellas. Entonces sucede algo poderoso: el crecimiento de los demás aumenta nuestra propia capacidad de crecer.
Quizás aquí esté nuestra evolución: la autosuficiencia pudo ser una ventaja competitiva del Santander aislado; la interdependencia especializada puede convertirse en una ventaja competitiva del Santander conectado.
La reflexión trasciende las empresas.
También podemos equivocarnos esperando encontrarlo todo en una sola persona: pareja, amigo, socio o familiar. Diferentes personas agregan valor a nuestras vidas desde perspectivas afectivas, intelectuales, profesionales, espirituales, deportivas o simplemente desde la alegría de compartir.
Nadie tiene que ser extraordinario en todo para ser extraordinariamente valioso. Lo mismo ocurre con una empresa, ciudad o territorio.
No necesitamos encontrarlo todo en una persona, hacerlo todo en una empresa ni producirlo todo en un territorio. Necesitamos reconocer aquello extraordinario que cada uno puede aportar y aprender a conectarlo.
Porque cuando especializamos nuestras capacidades y aprendemos a complementarlas, dejamos de sumar para empezar a multiplicar. Y cuando multiplicamos conexiones, podemos crecer exponencialmente.











