La palabra democracia, desde su génesis ateniense hasta el rigor teórico de Bobbio y Kelsen, nació como un procedimiento institucional para adoptar decisiones colectivas. Hoy, está sufriendo un proceso severo de pérdida de identidad y de utilidad, hasta convertirse en una muletilla vulgar que cualquier actor político o social la invoca para justificar cualquier capricho.
Se ha degradado tanto el concepto de “democracia” que hoy refleja problemas políticos y sociales profundamente arraigados en el sistema político y en la forma de actuar de sus ciudadanos. La cuestión deviene de la confusión entre el liberalismo, que buscaba limitar el poder, y la democracia, que pretendía distribuir el poder. Al fundir ambos conceptos, se bautizó como democrático a cualquier comportamiento que suene liberal o socialmente deseable, de ahí surge calificar como democracia lo que no es.
Por ejemplo: hablar libremente no es democracia, es libertad de expresión. En Atenas existía libertad de expresión, pero parcial, no tenían voz ni voto las mujeres, los esclavos y los metecos (extranjeros), luego no había igualdad democrática.
Celebrar elecciones no es democracia, si ellas son manipulables. Rusia realiza elecciones periódicas, pero son instrumentos para mantener el poder, por falta de competencia real. La incertidumbre del resultado es nula, porque ya se sabe quién gana: lo que diga el Kremlin.
La participación comunitaria puede ser intensa, pero eso no democracia. En Cuba y China hay amplia participación barrial, vecinales y sindicales, pero quien toma las decisiones políticas es el partido dominante. Tener muchos partidos no es democracia si no cumplen su función.
Luego democracia no es un catálogo de libertades civiles, de pluralismo político, de derechos humanos y participación comunitaria, es un método institucionalizado para decidir colectivamente, mediante reglas que garanticen: igualdad de trato; competencia real con alternativas genuinas para acceder al poder; incertidumbre del resultado, ya que nadie puede predecirlo con certeza; irreversibilidad del resultado, en tanto que las elecciones deben respetarse; inclusión amplia, con una ciudadanía extensa y no discriminada; libertad de elegir con ausencia de coerción y tener mecanismos de control, pesos y contrapesos que eviten la concentración del poder.

La democracia no puede funcionar como sinónimo universal de lo bueno, lo justo y lo deseable en cualquier ámbito de la vida social. De ahí las etiquetas de auto afirmación moral: “actúo conforme a la ley, luego soy demócrata”. Esta falacia discursiva permite que autocracias se autodenominen democráticas y que líderes populistas pisoteen la ley bajo el pretexto de encarnar “la voz del pueblo”. El resultado es un terreno abonado para el autoritarismo de izquierda o de derecha.
Simplemente, como estamos, la democracia ha sido despojada de su concepto original. ¿Qué debemos hacer para rescatar el concepto? Lo abordaremos en la próxima columna.










