Hace apenas unos días terminó en Nueva York la 81.ª Asamblea General de Naciones Unidas. Durante una semana, representantes de 193 países se reunieron para hablar de paz, derechos humanos, desarrollo y los grandes desafíos del mundo.
La agenda estuvo llena de discursos, reuniones y llamados al diálogo. Pero cuando las delegaciones comenzaron a regresar a casa, quedó una pregunta difícil de responder: ¿qué cambió realmente?
Más allá de las declaraciones y los compromisos expresados durante la Asamblea, persiste una realidad difícil de ignorar: desde su creación, la ONU no ha logrado consolidarse como un mecanismo eficaz para prevenir los conflictos armados, ni entre las naciones ni dentro de ellas. Su capacidad en la práctica no existe o se queda en el papel.
Parte de la explicación está en la propia estructura de la ONU. Fue creada en 1945, después de una guerra mundial y bajo un orden internacional muy diferente al actual. Ocho décadas después, el poder está más dividido y han aparecido nuevos actores. Sin embargo, el Consejo de Seguridad todavía depende de cinco países con derecho a veto: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido. Si alguno de ellos se opone a una decisión importante, puede bloquearla.
A esto se suman problemas internos. La ONU ha identificado tareas repetidas, procesos complejos y estructuras que pueden mejorarse. Para corregirlos, puso en marcha la iniciativa UN80, que busca simplificar su funcionamiento y reducir gastos. En 2026, el presupuesto aprobado fue de 3.450 millones de dólares, cerca de un 7 % menos que el año anterior.
Pero estas reformas tienen un límite. La ONU puede mejorar su organización y administrar mejor sus recursos, pero eso no le da más poder frente a los Estados que la integran. El problema no está solo en cómo funciona la organización, sino en cuánto están dispuestos los países a ceder para tomar decisiones conjuntas.

La ONU fue diseñada para un mundo que ya no existe. Hoy enfrenta un escenario internacional más fragmentado, nuevas rivalidades entre potencias y problemas que cruzan las fronteras, pero sus principales mecanismos de decisión siguen respondiendo en buena medida al equilibrio de poder de 1945.
Por eso, más que preguntarnos qué dijo la ONU durante una semana de discursos, habría que preguntarse si la organización todavía tiene las herramientas necesarias para enfrentar el mundo que existe fuera de sus salones.
La 81.ª Asamblea General terminó como muchas otras: con declaraciones, acuerdos parciales y promesas de cooperación. Lo que sigue sin resolverse es algo más difícil: cómo hacer que una institución creada hace 80 años vuelva a tener capacidad real de respuesta en un mundo que cambió.










