Esta semana se ha hablado mucho de la familia de Cindy Crawford. Para quienes fuimos adolescentes en los años ochenta y noventa, Cindy estaba en todas partes: revistas, campañas y comerciales. Era una de las mujeres más bellas del mundo y tenía algo que hoy parece revolucionario: curvas.
Su hija Kaia se parece muchísimo a ella. Algunas fotografías recientes, en las que se ve extremadamente delgada, me hicieron pensar: ¿qué pasó con aquella batalla mundial contra la delgadez extrema en la moda?
En 2006, Madrid decidió que las modelos con un índice de masa corporal inferior a 18 no podrían desfilar en la Pasarela Cibeles.
Después llegaron otras decisiones. Vogue se comprometió a no trabajar con modelos menores de 16 años ni con aquellas que aparentaran sufrir trastornos alimentarios. Francia exigió certificados médicos. En 2017, LVMH y Kering prohibieron la talla francesa 32 para mujeres y protegieron especialmente a las modelos adolescentes.
Parecía que habíamos entendido.
Algo se perdió por el camino.
Los trastornos alimentarios volvieron a encender las alarmas. Entre 2020 y 2022, los casos entre niñas de 13 a 16 años en Reino Unido estuvieron un 42 % por encima de lo esperado. El problema tampoco terminó con la pandemia: en 2023, la incidencia entre las mujeres todavía estaba cerca de un 20 % por encima de lo esperado y entre las niñas de 10 a 14 años, aproximadamente un 30 %.
¿Y Colombia?
Entre 2019 y 2023 se registraron 71.861 casos de trastornos de la conducta alimentaria y más del 63 % correspondió a mujeres. No contamos, sin embargo, con una serie nacional, pública y actualizada que muestre su evolución después de la pandemia y qué ocurre hoy con niños y adolescentes.
Lo que no se mide difícilmente se puede prevenir.
A esto hay que sumarle algo que mi generación no tuvo: las redes sociales. Veíamos a Cindy Crawford en una revista o un comercial. Hoy una niña lleva los referentes de belleza en el bolsillo las 24 horas.
Un estudio reciente analizó más de un millón de videos mostrados por TikTok y encontró que a personas que padecían trastornos alimentarios el algoritmo les mostraba 335 % más contenido sobre dietas y más de 4.000 % más contenido tóxico relacionado con estos trastornos.
Es un círculo perverso: una adolescente se interesa por adelgazar, una dieta o determinado cuerpo y el algoritmo comienza a darle más de lo mismo.
Hay otra discusión que no podemos evadir: la hipersexualización.
Recuerdo cómo nos vestíamos cuando éramos adolescentes: sacos enormes, camisetas anchas, ropa grande. Hoy veo niñas cada vez más pequeñas usando prendas diminutas y ajustadas, propias de mujeres adultas.
No lo digo desde la mojigatería. Me preocupa la combinación: hipersexualización a edades cada vez más tempranas, exposición permanente del cuerpo y presión por ser extremadamente delgada.
A veces veo esa ropa y pienso que para ponérsela no pueden comerse ni un arroz parado. Esto no termina a los 18: mujeres de 40 y 50 persiguen ese mismo ideal.
Hay responsables que no pueden seguir mirando para otro lado.
El Estado debe medir, prevenir y atender. Diseñadores, almacenes y marcas colombianas también tienen que responder. Cuando reducen tallas, diseñan para un solo tipo de cuerpo y llenan vitrinas y campañas de mujeres extremadamente delgadas, no están simplemente siguiendo una tendencia: están ayudando a imponerla.
Con esas decisiones están afectando a la gente.
No pueden vender un ideal corporal prácticamente imposible y después lavarse las manos frente a la frustración, la ansiedad y las conductas alimentarias de riesgo que ese ideal puede contribuir a alimentar.
No pueden alegar ignorancia. Hace veinte años esta discusión obligó a la industria mundial a cambiar reglas porque entendió el daño que podía producir.
Es hora de que diseñadores, marcas y almacenes colombianos asuman su responsabilidad.
Porque vender ropa es un negocio. Hacer sentir a una niña que tiene que dejar de comer para poder ponérsela es otra cosa.











