—“Qué más, manito, ¿cómo va todo?”
—“Bien, manito, aquí, en la lucha.”
Uno no sabe si ofrecerle un tinto o mandarle refuerzos.

En Santander, a veces basta preguntar cómo estamos para recibir un parte de guerra: “Ahí, sobreviviendo”. “Dándole duro”. “Jodidos, pero contentos”. “La cosa está peluda”. “Vamos a ver qué pasa”.
Nos sale con una naturalidad admirable. Podemos estar desayunando un caldito, con trabajo esperando, salud para atenderlo y una familia que nos quiere. Pero alguien pregunta y respondemos como si acabáramos de perder la cosecha.
Parece que estar bien exige explicación. Estar jodido, en cambio, no necesita pruebas.

Me incluyo. A veces digo “en la lucha” sin haber identificado al contrincante. Tengo dificultades, claro. También proyectos, oportunidades y mucho que agradecer. Pero el saludo sale primero que el balance.
Quizás nos acostumbramos tanto a contar lo que falta que dejamos de contar lo que tenemos.
Si hay trabajo, estamos hasta el cuello. Si varía algo, esto se puso grave. Si aparece un negocio, quién sabe en qué terminará. Y si sale bien, mejor no cantar victoria. Tenemos una capacidad extraordinaria para encontrarle una preocupación a cada alegría.
También está el vecino. Íbamos bastante bien hasta que supimos cómo iba él. Ahí descubrimos que nuestra felicidad necesitaba una ampliación, dos parqueaderos y vista al campo de golf.
Y hay otro asunto: si nos está yendo bien, tampoco conviene divulgarlo. No falta quien quiera meterse. A opinar, “por supuesto”.
Entonces rebajamos el entusiasmo, escondemos el logro y agregamos una dificultad para que nadie vaya a confundirnos con una persona satisfecha. Celebramos bajito, casi pidiendo disculpas.
Nuestra berraquera nos ha servido para enfrentar adversidades. Pero ¿tendrá que acompañarse siempre de cara de sufrimiento? ¿Será que podemos echar para adelante sin sentir que vamos cuesta arriba hasta cuando el camino está plano?
Hay personas atravesando dificultades muy serias. Precisamente por eso, quienes tenemos cubierto lo esencial deberíamos reconocer su enorme valor. Tener salud no es “por lo menos”. Ser amados es un tesoro. Comer, tener techo y poder trabajar merece algo más que un suspiro resignado.
Agradecer también nos permite reconocer capacidades para ayudar, aprender y emprender. Podemos disfrutar lo conseguido y querer más. La gratitud y la ambición caben perfectamente en la misma mesa.
Ensayemos otro saludo:
—“Qué más, manito, ¿cómo va todo?”
—Bien, manito. Agradecido y con ganas de más. ¿Qué hay pa hacer?
De pronto esa conversación termina en una idea, una alianza o una oportunidad. Algo difícil de descubrir si ambos nos quedamos compitiendo por quién está más jodido.
Con lo que nos gusta darle duro a la vida, también deberíamos dejarnos tratar bonito.
PD: Haré la prueba.









