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Lunes 05 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Pausa de afinación para un vuelo más alto

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Hay terquedades que le hacen muy bien al alma, y la cultura en Santander es, por fortuna, una de ellas. Haber presentado casi todas las ediciones del Festivalito Ruitoqueño de música colombiana me otorga el inmenso privilegio de haber visto nacer, crecer y sostenerse a puro pulso uno de los encuentros más entrañables de nuestros aires, tradicionales, folclóricos y modernos. Por eso, tras una dura pausa de un año que a muchos de nosotros nos pareció un siglo entero, ver que el Festivalito vuelve a alzar el vuelo no solo reconforta el espíritu, sino que confirma que las convicciones verdaderamente profundas no se rinden jamás ante la intemperie.

Mantener viva una manifestación de esta naturaleza cuando el ruido estridente suplanta con frecuencia a la poesía y los algoritmos dictan la moda no es tarea sencilla, como tampoco lo ha sido lidiar con los perpetuos desatinos del presupuesto público, que suele mirar la cultura como un gasto prescindible y casi nunca como la sustancia misma de lo que somos. A eso se le suma la modernidad acelerada, empeñada en convencernos de que lo nuestro es mero asunto del pasado. Sin embargo, la música colombiana tiene una terquedad luminosa: jamás compite con la moda pasajera porque pertenece a la memoria viva de todo el país.

La importancia del Festivalito Ruitoqueño trasciende con creces la geografía local. Nació en las alturas de la meseta, pero muy pronto se convirtió en un faro para Bucaramanga, para Santander y para Colombia entera, como refugio donde maestros consagrados dialogan con jóvenes que hoy abrazan el tiple con una solvencia deslumbrante que deja con la boca abierta a los escépticos. Quienes auguraban la lenta desaparición de nuestras sonoridades tradicionales olvidaron que la música colombiana no depende del favor voluble de las corporaciones, sino del amor sincero y firme de quienes la cultivan, la escuchan y la cuidan.

El año de ausencia no fue un silencio definitivo; fue apenas una saludable pausa de afinación. El Festivalito emprende de nuevo su vuelo, tal vez con más aliento y fuerza que nunca, para demostrar que las verdaderas apuestas culturales no se apagan por un tropiezo presupuestal ni por la habitual indiferencia de las instituciones. Cuando el tiple repica y el aire se llena de acordes entrañables, queda claro que este encuentro es mucho más que un simple evento en el calendario: es una trinchera viva de la colombianidad, una fiesta auténtica de la amistad y el testimonio de que Santander sabe resistir cantando. Que suene la música y que el viento de la montaña nos devuelva la alegría inmensa de estar juntos.

Mensæ tegumentum. La cita es en Casa Antonio, junto al peaje del aeropuerto, 10 y 11 de octubre.

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