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Martes 06 de octubre de 2026 - 01:00 AM

La arquitectura que escucha al territorio

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Hay proyectos que uno ve y entiende de inmediato. Y hay otros que hay que caminar para comprender. El Ecoparque ciénaga de Mallorquín es de los segundos.

La semana pasada, en la XXX Bienal Colombiana de Arquitectura y Urbanismo celebrada en Cartagena, este proyecto recibió el Premio Nacional de Arquitectura 2026. No es un edificio imponente. No tiene fachadas que fotografiar ni lobbies que recorrer. Es un conjunto de senderos, plataformas y miradores construidos sobre un ecosistema costero en la periferia de Barranquilla —una ciénaga que durante décadas estuvo abandonada, presionada por el crecimiento urbano, invisible para la mayoría de los barranquilleros que la tenían al lado sin verla.

Lo que hicieron los arquitectos fue, en apariencia, poco. Y en realidad, muchísimo. Le dieron a la gente un camino para entrar. Un lugar donde detenerse. Un punto desde donde mirar el agua, los manglares, las aves. Convirtieron un ecosistema amenazado en un aula abierta, en un lugar de encuentro, en un argumento vivo de por qué vale la pena proteger lo que tenemos.

El jurado de la Bienal lo dijo así: este proyecto no transforma el territorio, aprende a corresponderle. Y esa distinción importa. Porque durante mucho tiempo la arquitectura habló de conquistar, de intervenir, de dejar huella. El Ecoparque de Mallorquín propone otra cosa: que la huella más valiosa que podemos dejar es la de haber sabido escuchar.

Desde Santander, esto nos habla directo. Somos un departamento con ríos que están siendo enterrados, con quebradas que desaparecen bajo el concreto, con paisajes de una belleza extraordinaria que a veces tratamos como si fueran un estorbo para el desarrollo. Cada vez que una ciudad le da la espalda a su río, o canaliza una quebrada en lugar de protegerla, está perdiendo algo que no se recupera fácilmente. Y no solo en términos ambientales: está perdiendo identidad, memoria, calidad de vida.

Esta semana celebramos el Día Mundial de la Arquitectura. Y me parece que no hay mejor momento para recordar que nuestra profesión tiene tres compromisos fundamentales que vienen de muy atrás: que lo que construimos sea firme, que sea útil, y que sea bello. El Ecoparque de Mallorquín cumple los tres. Pero nos recuerda que hoy “útil” también significa útil para el ecosistema, no solo para las personas. Que “firme” también quiere decir sostenible en el tiempo. Y que “bello” puede ser simplemente dejar que la naturaleza hable.

La arquitectura no la hacen solo los arquitectos. La hacen también los alcaldes que deciden proteger una ronda hídrica, los vecinos que cuidan un parque, los ciudadanos que exigen que sus ciudades crezcan con inteligencia. En Santander tenemos todo lo necesario para hacer esa arquitectura. Solo necesitamos decidir que vale la pena.

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