¿Cómo escribir sobre un concierto tan sublime sin caer en la saturación de adjetivos exaltantes? Es lo que menos quiero. Intentaré, entonces, comentar lo que significó la presentación de la cantante española Concha Buika con la Orquesta Sinfónica de la UNAB el pasado 30 de septiembre.
Además de sus canciones, sus palabras aún resuenan en mí: “La música nos ayuda a reconciliarnos con la impermanencia”, porque está ahí y se va. Y es que ese momento se nos fue, pero vendrá a nosotros cada vez que pensemos en la definición de solemnidad.
Durante el concierto quería descifrar por qué sentía que había algo nuevo ocurriendo en mí. Sentada junto a mi hermano, frente a ese despliegue de grandeza artística, me sentía indefensa, pero no de un modo vulnerable; simplemente no había nada de lo que tuviera que protegerme ni resistir. Buika nos invitó, con sus interpretaciones y palabras, a ser nosotros mismos. Ella estaba siendo y eso se notaba: con sus pies descalzos sobre la alfombra y ese imponente vestido rojo.

Su voz, desgarradora y profunda, transitaba entre cantos y lamentos. Nadie se atrevía a cantar porque era innecesario; su voz llenaba por completo el espacio. Cantó clásicos indiscutibles, desde Espérame en el cielo hasta Las simples cosas y Amor eterno. Y, de un modo intermitente, la solemnidad de interpretaciones como Lascia ch’io pianga —canto a la libertad de los pueblos— era compatible con la alegría de Siboney. Contó, además, que la primera canción que cantó en Colombia fue Mi niña lola.
En la era de la inteligencia artificial, presenciar un concierto de este tipo es un acto revolucionario. Recibir el regalo de escuchar el tango Nostalgias con arreglo de bulería, y verla volver al escenario para cantar El último trago ante los aplausos de un público de pie que pedía más, es de lo más real a lo que podemos aspirar.
Cómo no adorar, también, sus constantes alusiones al maestro Eduardo Carrizosa, a quien reconoció su trayectoria con una humildad reconfortante. Tal como dijo Buika, el público es su jefe; y como añadió el maestro Carrizosa, la música y el esfuerzo de los artistas cobran sentido cuando hay un público que puede apreciarlo.
La aplaudimos hasta el final queriendo que no se fuera nunca. Y no se irá, porque su presencia perdurará en las personas que tuvimos la suerte de verla: una voz expansiva que lo abarcó todo y a todos.
Buika y la Orquesta Sinfónica de la UNAB nos llevaron a través de un universo musical de diversas geografías y épocas. Y todo esto sucedió en nuestro Teatro Santander.











