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Miércoles 07 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Cumplir el sueño de morir

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Es inevitable generalizar. Aunque muchos evadimos sostener verdades absolutas, como un acto de responsabilidad, razón y libertad, y preferimos la búsqueda de preguntas movilizantes, al final este ejercicio nos llena de certezas que terminan definidas por un mundo y una realidad en la que todo apunta a estar predeterminado.

Hay asuntos que se pueden eludir, eliminándolos de una conversación, con silencios necesarios o siendo claros al elegir con quien dialogar. Sin embargo, esto no garantiza que estos mismos asuntos no ocupen la memoria y el pensamiento de quienes afirman no querer hablar sobre ello. Nos guste o no, hay una frontera protectora entre lo que se dice, se piensa y se hace.

No es necesario conversar sobre la vida y la muerte, porque vivir y morir son actos permanentes e irrefutables, que no dependen de nuestro criterio. Pero surge una bellísima contradicción: la vida y la muerte se convierten en temas de conversación porque es así que el espíritu humano se pone por encima de todas las causas. Y en ese momento todos nos volvemos artistas, sabios, poetas, filósofos. O simplemente soñadores, por unos instantes, aunque no lo notemos.

Últimamente he confrontado mis preguntas, los temas que evado y lo que no puedo dejar de generalizar con el asunto de la muerte. La muerte vuelta una idea, un destino desconocido e infinito. Hay que distinguir que la palabra “muerte” es un sustantivo que se desarrolla en nuestras conciencias como una idea discutible. Pero morir es una acción concreta, algo que alguien hace o le ocurre. Recientemente, conversé con dos mujeres, de distintas edades, que me compartieron su anhelo de cumplir el sueño de morir.

Una de ellas propuso la muerte para sí como algo que no vale la pena retrasar. Decía que ya había vivido y aprendido lo suficiente para saber que nada más tendría que hacer aquí, que su destino continuaba, atravesando otros planos de existencia para los cuales estaba consciente y preparada. La otra mujer me confirmó que desde niña veía a la muerte como una meta y que, si la vida era una carrera, ella no tenía ningún problema por llegar pronto allí. Era como si morir se convirtiera para ella en una codiciada ganancia.

Admiro a estas mujeres, que me enseñaron su valentía al asumir la muerte de manera creativa. Ahora mi certeza es que mi miedo a la muerte ha disminuido desde que se me ocurrió pensar que vivir es como estar despierto y morir es como estar dormido. Quiero procurar que ese vivir sea benéfico, altruista y satisfactorio, para que, cuando llegue el momento de dormir (morir), no pierda la posibilidad de tener bonitos sueños en lugar de pesadillas.

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