Los resultados de PISA 2025 son malos y lo peor es lo que hay detrás: la prueba evalúa la capacidad para pensar a partir de aprendizajes en ciencias, matemáticas y lectura. El precario desarrollo cognitivo de nuestros estudiantes no se resuelve buscando culpables. Si queremos mejorar los aprendizajes, necesitamos pasar de la lógica de la culpa a una ética de la responsabilidad.
La escuela tiene una enorme responsabilidad. Hay que preguntarse por los maestros, los métodos de enseñanza, el currículo, los ambientes de aprendizaje y las políticas del Ministerio. Pero PISA 2025 obliga a formular una pregunta menos frecuente: ¿qué responsabilidad tienen los estudiantes y sus familias en el aprendizaje?
Un dato resulta revelador. El 57 % de nuestros estudiantes manifiesta una mentalidad de crecimiento, frente al 69 % de la OCDE. PISA denomina así a la convicción de que las capacidades y la inteligencia pueden desarrollarse: confiar en las posibilidades de mejorar, aprender del error, aceptar desafíos y perseverar ante las dificultades.
Los estudiantes colombianos con mentalidad de crecimiento obtienen 33 puntos más en ciencias que aquellos que conciben la inteligencia como una aptitud fija, como un coeficiente intelectual convertido en destino inmodificable. Para aprender también hay que confiar en la propia capacidad de aprender y reconocerse como un aprendiz capaz.
Hay otra señal preocupante. Apenas el 39 % de los estudiantes afirma que planifica con frecuencia cómo va a estudiar. Aprender exige manejar el tiempo, organizarse, perseverar ante la dificultad, preguntar qué no se comprende, reconocer los límites de la propia comprensión y persistir hasta superarlos. La escuela debe enseñar a hacerlo.
Y llegamos a las familias. Los datos sugieren que muchas están dejando en manos de la escuela una responsabilidad que también les pertenece: educar a sus hijos. En 2022, el 79 % de los estudiantes decía que sus padres les preguntaban semanalmente qué habían hecho en el colegio; en 2025 cayó al 68 %. La proporción de quienes conversaban con sus padres sobre los problemas escolares pasó del 67 % al 53 %.
Interesarse por el aprendizaje de un hijo es conversar sobre lo que aprende, escuchar sus preguntas, acompañarlo en sus dificultades y logros y transmitirle confianza en que puede aprender. Los jóvenes cuyos padres se interesan por su aprendizaje manifiestan con mayor frecuencia una mentalidad de crecimiento: puedo aprender, puedo mejorar y vale la pena esforzarme.
Necesitamos mejores escuelas y políticas educativas, pero también estudiantes responsables de su aprendizaje y familias comprometidas con la vida escolar.
Buscar culpables deposita el problema en los otros. Asumir responsabilidades nos incluye. Quizá mejorar la educación comience por dejar de preguntarnos quién tiene la culpa y empezar a preguntarnos qué nos corresponde hacer.












