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Jueves 08 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Cuando ya no puedes más

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Hay momentos en la vida en los que uno se cansa de ser fuerte. Se cansa de sonreír cuando por dentro está roto.

De decir “estoy bien” cuando no lo está.

De intentar encontrar respuestas para preguntas que no las tienen.

De cargar responsabilidades, problemas, pérdidas, miedos y silencios que nadie conoce.

Y es justamente ahí, cuando uno siente que ya no puede más, cuando quizá comienza a entender por qué necesitamos a Dios.

¡Qué bendición saber que tienes a quién entregarle aquello que ya no somos capaces de cargar!

Porque tener fe no significa que no vamos a llorar. Significa que podemos llorar sabiendo que no estamos solos.

No significa que nunca tendremos ansiedad. Significa que, en medio de la angustia, podemos encontrar un lugar donde descansar.

No significa que no vamos a atravesar una depresión, un duelo, una enfermedad o una crisis. Significa que, incluso en la noche más oscura, podemos conservar una pequeña esperanza de que todavía existe un mañana.

Y eso, desde la salud mental, importa muchísimo.

Porque el ser humano necesita sentido, esperanza, necesita sentir que su sufrimiento no es el último capítulo de su historia, necesita amar y sentirse amado.

Y necesita, algunas veces, levantar la mirada y reconocer humildemente:

“Yo solo no puedo”.

Qué difícil nos resulta decir eso. Vivimos creyendo que pedir ayuda es una debilidad. Que llorar es perder. Que necesitar de otros nos hace menos fuertes.

Y hemos terminado agotados.

Quizás Dios aparece precisamente allí.

En ese momento en que dejamos de intentar controlar absolutamente todo y aprendemos a confiar.

Porque hay cosas que podemos solucionar, hay otras que podemos tratar, heridas que podemos trabajar en terapia, enfermedades que necesitan medicamentos…, pero también hay cosas que, después de hacer todo lo humanamente posible, tenemos que aprender a entregar.

Y para muchas personas, esa entrega tiene un nombre:

Dios.

Yo no creo que la fe sustituya a la psiquiatría ni a la psicología.

Creo que pueden caminar juntas.

Porque mientras la ciencia puede ayudarnos a entender y tratar lo que ocurre dentro de nuestra mente, la fe puede ayudarnos a responder una pregunta todavía más profunda:

¿Para qué seguir cuando la vida duele tanto?

Y quizá ahí esté una de las razones por las que necesitamos tanto a Dios.

Porque cuando la mente dice “no puedo más”, la fe puede susurrarnos:

“Todavía no termina”.

Cuando sentimos que nadie nos entiende, puede recordarnos:

“No estás solo”.

Y cuando creemos que hemos perdido todo, puede decirnos:

“Todavía hay esperanza”.

Tal vez tener a Dios en nuestra vida no evita que atravesemos el dolor, pero puede cambiar profundamente la manera en que lo atravesamos, porque hay una diferencia enorme entre sufrir creyendo que estamos solos… y sufrir sabiendo que alguien sostiene nuestra mano.

Quizás eso también sea cuidar nuestra salud mental.

Aprender a pedir ayuda, a llorar, a soltar, a confiar.

Y, cuando ya no podamos sostenernos nosotros mismos…

tener la humildad de dejarnos sostener por Dios…

…a mí me sostiene hace 17 años… aunque, pensándolo bien, me ha sostenido toda mi vida.

Recuerda: la FE no evita las lágrimas, pero la Fe sí evita que las lágrimas sean lo último que tengamos.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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