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Viernes 09 de octubre de 2026 - 01:00 AM

30 años después

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Hay fechas que quedan en la memoria porque indican el comienzo de una inquietud que pasó a ser un propósito de vida. Ella representa uno de esos momentos, el inicio de un camino académico y empresarial en torno a una palabra tan utilizada como difícil de entender y aplicar: liderazgo. Desde entonces, estudiar, enseñar, investigar y escribir sobre el tema ha permitido regresar una y otra vez a una pregunta que mantiene su relevancia: ¿qué hace realmente líder a una persona?

Aquel primer libro, publicado en la Universidad Autónoma de Bucaramanga, surgió de una discusión que tres décadas después sigue siendo necesaria: liderazgo y poder no son lo mismo. Era otro momento. No existían las redes sociales con la influencia actual ni la transformación digital ocupaba el centro de las conversaciones organizacionales. Sin embargo, hay algo que no ha cambiado: la necesidad de personas con capacidad de guiar, escuchar, decidir y aceptar las implicaciones de sus decisiones.

Tres décadas después, el liderazgo parece afrontar una paradoja. Nunca se ha hablado tanto de líderes y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan esencial diferenciar entre quien dirige y quien inspira confianza. La visibilidad puede confundirse con autoridad; la capacidad de comunicar, con la capacidad de transformar; el cargo, con legitimidad. En instituciones públicas, universidades, empresas y comunidades, el reto consiste en reconquistar la dimensión humana del liderazgo: servir antes que imponerse, construir antes que dividir y comprender antes que juzgar.

El mundo actual ha añadido nuevos desafíos a esa discusión. La inteligencia artificial transforma trabajos, la digitalización cambia los modelos empresariales, las instituciones enfrentan ciudadanos más informados y las organizaciones necesitan responder a cambios que ocurren con una velocidad desconocida hace treinta años. En ese contexto, el liderazgo no puede reducirse a gestionar recursos o lograr indicadores. Necesita capacidad de anticipación, inteligencia emocional, pensamiento crítico, ética y, especialmente, la disposición para aprender cuando las certezas dejan de funcionar.

Colombia requiere esa conversación con particular apremio. Los problemas territoriales, económicos, institucionales y sociales no se resuelven solamente con estructuras administrativas, normas o tecnologías. Demandan de un liderazgo capaz de convertir las diferencias en acuerdos, capacidades individuales en propósitos colectivos y diagnósticos en decisiones. El país, como la región, demanda cada vez más líderes que comprendan que su papel no significa tener todas las respuestas, sino forjar las condiciones para encontrarlas conjuntamente, con conocimiento, visión de futuro y responsabilidad.

Seguramente esa sea la mayor lección de tres décadas de búsqueda: el liderazgo no envejece; se transforma y vuelve a desafiar a cada generación. El 11 de octubre de 1996 planteó una pregunta que todavía no tiene una respuesta definitiva, porque cada época obliga a hacerla de nuevo. Hoy, frente a un país que necesita capacidad de acción y confianza, esta pregunta mantiene toda su fuerza: ¿qué hace realmente líder a una persona? La respuesta está en la huella que deja cuando usa su capacidad para que otros también puedan avanzar.

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