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Sábado 10 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Escribo esta columna desde Gorgona

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Estoy escribiendo estas líneas desde uno de los lugares más extraordinarios que he pisado en mi vida. Gorgona, una isla en el Pacífico colombiano a poco más de dos horas en lancha desde Guapi o catorce horas desde Buenaventura en un barco especializado en buceo. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y tiene una biodiversidad indescriptible.

Y mientras estoy aquí, no puedo evitar pensar en la cantidad de colombianos que gastan fortunas viajando a Indonesia, a Filipinas, a las Maldivas, buscando exactamente esto que tenemos a la vuelta de la esquina y que no valoramos. Es como cuando nos invitan a hacer “rafting” o “canotaje” en Estados Unidos y nos parece espectacular, pero muy aburrido cuando nos invitan a hacerlo en San Gil.

Gorgona tiene una historia que tampoco es cualquier cosa. Fue cárcel de alta seguridad, nuestra versión colombiana de Alcatraz, donde llegaron a vivir casi 2.500 de los presos más peligrosos del país. Belisario Betancur la cerró en 1984 y al año siguiente se convirtió en Parque Nacional Natural. Las ruinas de la prisión todavía están ahí, cubiertas por la selva.

Las ballenas jorobadas llegan entre julio y noviembre a parir en estas aguas. Los tiburones martillo, las mantarrayas y los delfines nadan a pocos metros de uno. La selva está intacta y las serpientes, que le dieron el nombre a la isla cuando Pizarro perdió aquí decenas de hombres por sus mordeduras, siguen siendo parte del paisaje.

Pero Gorgona también tiene una historia reciente que duele contar, pero que, lastimosamente, hace parte de nuestra cotidianidad como país. Aviatur tuvo la concesión turística desde 2006 hasta 2014, cuando, según dicen, las FARC atacaron la isla y mataron a un policía, y el operador se fue. Duró dos años cerrada. Luego vino un nuevo operador pequeño que manejó el parque hasta 2023. Y desde entonces, tres años con la isla cerrada al turismo, enredada en líos burocráticos, denuncias de politiquería en la adjudicación de la nueva concesión y peleas de escritorio en Bogotá, mientras uno de los destinos más hermosos del planeta espera que alguien tome una decisión.

Tenemos Gorgona, Malpelo y todo el Pacífico colombiano en su esplendor, pero hemos sido incapaces de administrarlo bien, con la seriedad que merece. El nuevo gobierno tiene una gran oportunidad en este asunto.

No hace falta irse al otro lado del mundo a buscar paraísos. Aquí están. Es necesario que abracemos nuestro país y apoyemos el turismo en estas zonas algunas veces olvidadas.

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