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Columnistas
Domingo 11 de octubre de 2026 - 01:00 AM

El laberinto de Aureliano

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Gustavo Petro dejó la Presidencia, pero parece que la Presidencia nunca abandonó a Gustavo Petro. Como aquel coronel condenado a perder sus guerras, continúa redactando proclamas desde su Macondo imaginario, confundiendo los fantasmas de sus derrotas con enemigos de la patria. La diferencia es que Aureliano fabricaba pescaditos de oro para sobrevivir a la soledad. Petro fabrica trinos para no enfrentarse a ella.

El antiguo mandatario ya no navega por el Magdalena hacia el ocaso de sus días de gloria. Navega por X, un río sin orillas donde cada publicación es una batalla, cada contradictor un conspirador y cada crítica la confirmación de que el universo entero se ha confabulado contra él. En sus aguas busca el reflejo de un poder que se niega a reconocer perdido.

Su última ocurrencia parece arrancada de una novela del absurdo: acusar a Carlos Fernando Galán de ser cómplice de un genocidio por una intervención policial durante una protesta en Bogotá. Y, como si semejante desmesura no fuera suficiente, invocar la memoria de Luis Carlos Galán, asesinado en un país que todavía no termina de llorar a Miguel Uribe Turbay. En Colombia, donde las palabras tantas veces han precedido a las balas, quienes han conocido el peso del poder deberían comprender que ninguna confrontación justifica jugar con el lenguaje de la muerte.

Pero Macondo tiene sus propias reglas.

Allí, el expresidente sigue gobernando sin gobernar, denunciando conspiraciones electorales, desafiando a su sucesor a abrirle las puertas de la reelección y anunciando cruzadas contra enemigos que se multiplican con cada amanecer.

Mientras tanto, al otro lado de ese espejo, Colombia comienza a recorrer un camino distinto. Abelardo de la Espriella, con sus aciertos y los desafíos pendientes, parece comprender que gobernar no consiste en alimentar fantasmas, sino en enfrentar realidades.

Como Aureliano, prisionero de sus propias guerras, Petro parece condenado a combatir batallas interminables. Ya no le bastan adversarios políticos: hay hombres que, cuando pierden el poder, necesitan inventarse una guerra para no descubrir que también se han quedado solos.

Y esa es quizás su mayor tragedia. Confundió durante tanto tiempo su destino con el de Colombia que ahora le resulta insoportable imaginar un país que amanezca sin pedirle permiso.

Los Buendía estaban condenados a repetir sus errores. Y aquel general que descendía enfermo por el Magdalena descubrió que conquistar la gloria era más sencillo que sobrevivir a su recuerdo. Uno no pudo escapar de sus guerras; el otro, de la nostalgia de su grandeza.

Petro parece cargar ambas condenas: la obstinación del coronel y la melancolía del general. Sigue escuchando los tambores de una batalla terminada, confundiendo sus propios ecos con el clamor de una multitud.

El problema no es que un expresidente opine. Tiene todo el derecho. El problema comienza cuando convierte cada desacuerdo en traición.

Tal vez algún día Aureliano comprenda que el poder no es una herencia perpetua y que ninguna revolución puede detener los relojes.

Porque el verdadero laberinto de Petro no está en Colombia. Está en esa habitación de espejos donde todavía se contempla como presidente.

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