Hace unos días participé en un panel del LinkU Capital Summit, un encuentro para conectar capital, proyectos y oportunidades. Nuestro espacio tenía un enfoque particular: la filantropía y las posibilidades de invertir rentablemente generando impacto, a partir del caso de estudio de Casa Para Mí, de Grupo Argos.
Hay que conocer ese mundo para dimensionar la cantidad de recursos disponibles para ser invertidos. Por supuesto, con expectativas de rentabilidad y crecimiento patrimonial. Me sorprendió encontrar tanta disponibilidad de capital con nula presencia de la banca comercial tradicional.
Había propuestas para invertir en Estados Unidos, en América Latina, en tecnología, infraestructura, proyectos inmobiliarios y otros mercados. Un universo de intereses y nichos cada vez más especializado.
Mientras escuchaba, identifiqué un patrón en muchas exposiciones: anticiparse. Interpretar las variables económicas, la geopolítica y los cambios tecnológicos para entrar a tiempo en una inversión y calcular cuándo salir. Conocimiento, información especializada y acceso a oportunidades que no están al alcance de todos. Una sofisticada capacidad para identificar dónde puede crecer el dinero.
Todo eso parece interesante y válido. Pero salí con una inquietud: ¿qué pasaría si, en lugar de hacer apuestas financieras, dedicáramos una parte de esa inteligencia y esos recursos a impulsar las transformaciones que queremos ver reflejadas en la sociedad?
Reconozco mi sesgo: vengo de negocios operativos, de estructurar y ejecutar proyectos. Me cuesta separar el valor de lo que ayudamos a construir y de lo que queda después. Me emociona ver cómo una inversión permite que algo antes inviable comience a funcionar.
En nuestro panel, con un enfoque particular dentro del evento y unas compañeras extraordinarias, conversamos sobre esa mirada: inversiones sostenibles, con impacto y un propósito que les dé sentido en el largo plazo. Hablamos también del retorno social sobre la inversión (SROI), que amplía la conversación sobre los resultados.
Hay fondos que buscan precisamente eso: invertir en proyectos que resuelvan necesidades de la sociedad, con exigencias financieras concretas. Esa posibilidad me resulta especialmente atractiva. Además de generar rentabilidad, permite desarrollar capacidades, aprender y abrir caminos para otros.
Qué bueno sería que las familias que están organizando su patrimonio a través de los llamados “family offices” construyeran un hilo conductor para sus inversiones. Puede ser vivienda, innovación, tecnología, medio ambiente o desarrollo regional; que conecte sus expectativas de crecimiento con una transformación que trascienda.
Pero qué interesante que, al revisar el patrimonio dentro de unos años, podamos reconocer empresas fortalecidas, soluciones desarrolladas y oportunidades que ayudamos a crear, generando valor compartido.
En lo que a mí respecta, eso produciría una gratificación mucho mayor que encontrar simplemente un “buen” número al final de los estados financieros, y me motivaría a seguir invirtiendo y transformando.












