Conocí a Piero dos veces en la vida. La primera ocurrió cuando era yo un niño y salió al mundo su canto al padre, que nos arrastró a su propia historia. A partir de entonces reconocí frases y giros que trascendieron mi vida particular para instalarse en la columna vertebral de nuestra sociedad y del país entero. De esa obra, el salto era natural hacia texturas más ásperas y necesarias, como “Para el pueblo lo que es del pueblo” o “Soy pan, soy paz, soy más”. O una que poco se menciona, pero es de las más afiladas de esa mal llamada “canción protesta”: “Que se vayan ellos”, un ejercicio de contundencia implacable. Esas creaciones, sumadas al cancionero político de los años setenta y ochenta, nos obligaron a pensar con mayor rigor, a desconfiar de las verdades impuestas y a mirar el mundo desde una perspectiva distinta.
Ese fue el Piero de los surcos y del vinilo; el otro llegó mucho después, gracias a Sandra Barrera, en una grata reunión en su casa, donde Piero hizo gala de su coherencia, porque nunca cupo en las etiquetas cómodas de izquierda, derecha o centro. Su postura era la de un pensador libre; se trataba de exigir que los bienes de la sociedad regresaran a la sociedad y no terminaran secuestrados por unos pocos. Eso no es ideología de partido; es simple decencia cívica.
Tuve el honor de presentarlo en dos ocasiones. Una en el Socorro, donde se tomó su tiempo para salir. Cuando lo apuré, me dijo con su frescura intacta: “¿Y vos ya dijiste todo lo que tenías que decir?”. Le respondí que podía agregar más si era necesario, y zanjó con un seco “No, ahí está bien” antes de demorarse otra eternidad en salir. La otra vez fue en Girón, en un espacio pequeño, cuando sufrí un percance insólito: por única vez en mi vida me quedé sin voz. Seguramente la mezcla de respeto y de emoción ante alguien tan grande me dejó completamente mudo, incapaz de emitir un solo sonido; pero por los buenos oficios de mi entrañable amigo Jaimito Gómez recibí una inyección que me devolvió el habla justo el tiempo necesario para anunciarlo.
La última vez que nos cruzamos fue en el aeropuerto Eldorado, de Bogotá. Yo venía de asistir al concierto del pianista Lang Lang y él terminaba sus propios trajines musicales de cantautor. Hablamos unos minutos, me preguntó por Sandra, por supuesto, y cada quien tomó su rumbo hacia caminos distintos. Pero la verdad es que mi encuentro con Piero ha durado toda la vida. Su voz, su pulso y su lucidez han estado siempre ahí, firmes en las horas más oscuras de nuestra América.












