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Jueves 15 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Si sabes que algo te hace daño… ¿porqué sigues haciéndolo?

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No necesitas otro video que te explique cómo comer sano. No necesitas otra dieta que comenzar el lunes ni otro propósito de Año Nuevo que abandonar en febrero.

Sabes que abusar del azúcar, vivir de productos ultraprocesados y comer sin ningún criterio puede perjudicar tu salud. Lo has escuchado de tu médico, lo has leído en internet y probablemente se lo has recomendado a otras personas.

Entonces, ¿qué está pasando?

¿Por qué es tan fácil encontrar argumentos para justificar lo que hacemos mal y tan difícil sostener una decisión que nos hace bien?

“Me lo merezco». La vida es una sola. Por un día no pasa nada. El lunes comienzo.” Tenemos un repertorio extraordinario de explicaciones para tranquilizar la conciencia mientras repetimos exactamente la conducta que prometimos cambiar.

Y hay algo que me llama especialmente la atención: personas con un exceso de peso evidente que, cuando alguien les habla de cuidar su salud, responden con una tranquilidad desconcertante: «Me hice exámenes y todo me salió bien».

¿Y entonces?

¿Desde cuándo confundimos no estar enfermos con estar saludables? ¿En qué momento convertimos unos resultados de laboratorio normales en una autorización para seguir descuidándonos?

Que tus exámenes estén bien es una buena noticia, por supuesto. Pero no es un certificado de inmunidad frente a las consecuencias de tus hábitos. Algunos riesgos asociados al exceso de peso y a una alimentación poco saludable pueden permanecer silenciosos durante años.

No deberíamos necesitar un diagnóstico para empezar a cuidar nuestra salud.

Esperar a que aparezca una enfermedad para cambiar es como esperar a que la casa se incendie para revisar las instalaciones eléctricas.

El problema es que muchas veces no comemos únicamente porque tenemos hambre. Comemos porque estamos aburridos, ansiosos, tristes o estresados. Convertimos la comida en consuelo, recompensa y entretenimiento. Y cuando ese comportamiento se vuelve difícil de controlar, en lugar de preguntarnos qué está pasando, buscamos otra justificación.

Pero tampoco se trata de reducir la obesidad a falta de voluntad. En ella intervienen factores genéticos, biológicos, emocionales, médicos y sociales. Hay personas que necesitan mucho más que una dieta y que merecen ayuda profesional, no señalamientos.

Reconocer esa complejidad no significa renunciar a la responsabilidad personal. Significa entender que cuidarse puede exigir cambios de hábitos, acompañamiento y, en ocasiones, tratamiento.

Porque el problema no es comerse un postre. El problema es prometerse todos los días que uno va a cuidarse y pasar los días siguientes haciendo exactamente lo contrario, sin detenerse a preguntar por qué.

Y esta reflexión va mucho más allá de la comida. También aplica a quien fuma sabiendo que se hace daño, a quien lleva años aplazando el ejercicio y a quien posterga indefinidamente las decisiones que podrían mejorar su vida.

No controlamos todas las circunstancias, pero podemos empezar a reconocer nuestros patrones, pedir ayuda y tomar decisiones diferentes.

No necesitas odiar tu cuerpo para empezar a cuidarlo. Tampoco necesitas esperar a que tu salud se deteriore para entender que merece tu atención.

Tu cuerpo no vive de tus intenciones. Vive con las consecuencias de tus hábitos.

Puedes seguir aplazando el cambio, inventando razones y esperando el lunes perfecto.

Pero hay algo que deberías tener claro: el lunes no tiene poderes especiales. Y tu cuerpo no sabe cuántas veces le has prometido que mañana será diferente.

El tiempo, a diferencia de tus promesas, no vuelve a empezar cada lunes.

Bienvenidos a la clínica del alma.

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