Colombia vuelve a enfrentarse a una realidad muy evidente. Mientras la política continúa en su permanente puja por el poder, el país debe atender una emergencia que no distingue colores partidistas: el terremoto que golpeó duramente al occidente colombiano y dejó a numerosas familias sin vivienda, sin trabajo, pero, sobre todo, a muchas sin familia.
En el terreno político, el nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella tiene responsabilidades tanto en la política como en la atención de los desastres ocasionados por el terremoto. La conformación del Consejo Nacional Electoral y las primeras decisiones de su administración dejan claro que se avecina una etapa de intensa actividad política. Al mismo tiempo, la oposición, encabezada por Iván Cepeda y sectores cercanos al petrismo, comienza a organizarse para ejercer control político y presentar alternativas al Gobierno.
Y aquí aparece una vieja costumbre colombiana: apenas termina una elección, comienza la siguiente batalla por el poder. Pareciera que nuestros dirigentes tienen dificultades para entender que gobernar no es solamente ganar elecciones, repartir cuotas o construir mayorías. Gobernar significa responder por las necesidades de los ciudadanos.
Mientras en Bogotá se disputan espacios políticos, en el occidente del país muchas familias están pensando en algo mucho más elemental: cómo recuperar su vivienda, su trabajo y la tranquilidad que perdieron. El terremoto ha dejado una profunda huella social y ha puesto nuevamente en evidencia las enormes desigualdades que existen entre las regiones.
La tragedia adquiere una dimensión todavía mayor cuando encontramos comunidades que ya habían sufrido desplazamiento por la violencia y que ahora vuelven a perderlo casi todo. Para estas familias, la reconstrucción no puede limitarse a levantar paredes. Hay que reconstruir oportunidades, caminos, escuelas, hospitales y, sobre todo, confianza.
Este es precisamente el momento en que el Gobierno debe demostrar para qué sirve el poder. Las ayudas deben llegar a quienes realmente las necesitan, sin intermediarios políticos ni utilización electoral de la tragedia. Cada peso destinado a la reconstrucción debe convertirse en una solución visible para los damnificados.
Colombia necesita menos espectáculo político y más resultados. Las diferencias ideológicas pueden continuar, porque hacen parte de la democracia, pero hay asuntos que deberían estar por encima de ellas: la seguridad, el empleo, la infraestructura y ahora la reconstrucción de las zonas afectadas por el terremoto. El nuevo Gobierno empieza a mostrar resultados en la lucha contra los violentos. Su «posesión ante nuestro Ejército» ya muestra importantes resultados al dar de baja a quienes atacan a los ciudadanos inermes. Lo mismo ocurre con el traslado de los bandidos de las cárceles. Debe estar muy triste Petro al ver cómo se le destruye la telaraña de delincuentes, entre los que también había quienes ya tenían resuelta su extradición.
El país tiene confianza en el Gobierno y su equipo. Ahora, con respeto, debemos solicitarle unas obras urgentes: la Ruta del Cacao, para la que falta muy poco para que nos satisfaga, y, entre otras, las definiciones sobre el páramo de Santurbán.












