El lente de Mauricio Olaya captó cinco águilas paramunas planeando en el páramo del Almorzadero, entre nubes que se deshacían y un viento que no dejaba tregua. Sus fotos son una prueba de que en la libertad se halla la riqueza de las aves que dominan el cielo de Santander.

Bajo un cielo que respira frío, el viento se abre paso entre los frailejones del páramo del Almorzadero.
Allí, donde la vida se expresa de forma exuberante, una figura se despliega sobre las nubes y se posa ante los ojos de Mauricio Olaya.

“Un grito de guerra inunda con su eco cada rincón de la inmensidad del páramo del Almorzadero, refugio vital de una de las especies más emblemáticas de las altas montañas: el águila paramuna”, cuenta Olaya, fotógrafo santandereano, quien viajó a este territorio en busca de aves que solo el páramo se atreve a custodiar.

El águila paramuna - águila mora, chilena, escudada, gavilán o guarro, como se le conoce- se deja captar por el lente de su cámara. En pleno vuelo y con compañía.
El encuentro ocurrió cerca del Cerro de las Cruces, ubicado entre los municipios de Guaca y El Cerrito, muy cerca de San Andrés y Concepción, territorios donde la Fundación Parque Jaime Duque adelanta el proyecto de conservación del cóndor andino.
Hasta allí llegó Mauricio Olaya acompañado del profesor Fernando Rondón, ornitólogo de la Escuela de Biología de la Universidad Industrial de Santander, UIS. La expectativa era encontrar cóndores, pero la montaña tenía otros planes.
“El objetivo de nuestra presencia era el encuentro con el cóndor, porque en esa parte del páramo se han registrado la mayor cantidad de individuos del ‘Rey de los Cielos’”, apunta.
Entre ráfagas de bruma y un viento constante, el cielo les regaló una escena inesperada. “La suerte estaba de nuestro lado, pues a pesar de la fuerte brisa que circulaba en el sector, el amague de lluvia y una densa neblina que iba y venía secuencialmente, se registraron tres encuentros todos de particular valía en nuestra visita”, cuenta.
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Antes de encontrarse con el águila que habita entre montañas y colinas, apareció un aleteo más pequeño. “El primero de ellos, el simpático Colibrí Barbudito (Oxypogon guerinii), un verdadero ícono de la pajarería en nuestros páramos y considerado como especie endémica de Colombia”. Suspendido en el aire, el diminuto colibrí parece sostener la niebla con el movimiento de sus alas.
Poco después, el viento se abrió de nuevo y la silueta de un ave poderosa cruzó el cielo.

“Vendrían enseguida la presencia de cinco águilas paramunas”. Pudieron avistar dos machos adultos y tres jóvenes. “De acuerdo con el profesor Rondón, probablemente se trataba de una pareja con sus crías, puesto que es complejo al vuelo, reconocer el sexo, ya que esta es un ave que no registra dimorfismo sexual (diferencias notorias entre macho y hembra)”, agrega Olaya.

Las águilas paramunas son una de las especies más imponentes que viven en Sudamérica. Su nombre científico: Geranoaetus melanoleucus, proviene del griego: geranos (grulla) y aetos (águila). Por el tono gris de sus alas y su sonido fuerte .
Mientras que melanos (negro) y leukos (blanco) aluden al contraste de sus colores cuando se les observa desde abajo.


El macho adulto luce un vientre blanco atravesado por finas líneas negras, el dorso oscuro y plumas grisáceas en las alas. La hembra, de mayor tamaño, comparte el mismo plumaje, lo que vuelve difícil distinguirlos en vuelo.
Es un ave de presa, permanece al acecho. Se alimenta de equeños mamíferos, aves, serpientes o carroña, que deja el ciclo natural del páramo.
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Con sus alas extendidas puede superar el metro y medio. Su presencia domina el aire de los páramos.

Vuelan alto, con aleteos cortos y la cola erguida, buscando las corrientes de aire que se levantan desde las laderas. Prefieren hacerlo en las horas donde el sol logra perforar la neblina: a media mañana y por la tarde, cuando el aire se vuelve cálido. En esos momentos parecen más interesadas en planear y exhibirse elegantemente que en cazar.

El águila paramuna, por fortuna, figura en la categoría de Preocupación Menor en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, UICN.
“Esta es una especie que si bien no tiene ningún estado de amenaza, su población se ha reducido con la presencia de los cultivos y la sustracción de su base alimentaria primaria”, explica Mauricio Olaya.
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En el páramo del Almorzadero, Mauricio Olaya y su compañero Fernando Rondón esperaron atentos al movimiento del cielo. Desde lo alto, las águilas paramunas, que suelen planear solas o en pareja, continuaban juntas, como si midieran cada capa del aire.

La cámara de Olaya siguió su trayectoria. Cada vuelo revelaba el contraste perfecto de su plumaje blanco y negro. Su figura cortaba el cielo con precisión.
En medio de esa escena, apareció el rey. “El premio mayor también hizo presencia, permitiéndonos el registro de cinco cóndores, un número importante, pero que está lejos del alcanzar el record de registros logrado por el colega Juan Diego Pinzón, que en este mismo lugar, pudo registrar más de veinte individuos”.
Las sombras de los cóndores se sumaron al espectáculo. Su tamaño amplificaba la sensación de que el páramo es un escenario exclusivo de ellos.
“El páramo demostraba de esta manera, que este espacio que deriva de la raíz latina paramus: lugar alto y desolado, es en realidad un recinto vital, donde solo deben esperarse sorpresas como este encuentro con la vida alada en todo su esplendor”, narra el fotógrafo santandereano, Mauricio Olaya.
















