En la vereda La Honda, corregimiento Llano de Palmas, en Rionegro, sus habitantes llevan décadas buscando oro. Han encontrado cientos de ollas de barro muy antiguas y huesos, pero muy poco o nada del tesoro que creen que los indígenas Yariguíes enterraron cuando ocuparon ese territorio.

Publicado por: Irina Yusseff Mujica
Desde la casa del frente, al otro lado de la loma, dice el vecino que ha visto como del baño de Guzmán Lidueñez, que se encuentra afuera de la casa, sale candela. Que sube la llama desde el piso y luego se desaparece como por arte de magia.
“Yo de usted buscaba ahí debajo de ese baño porque eso fijo hay oro”, le ha recomendado.
También le han sugerido que cave aquí y allá, que tumbe esto y lo otro a ver si encuentra algo de “orito”.
Él no hace caso. Desde que llegó a vivir a esa parcela en la vereda La Honda, Rionegro, hace 14 años, la gente anda con el cuento de que en ese territorio los indígenas enterraron oro, pero lo único que han encontrado son ollas de barro con grabados especiales y huesos.
“Pues algunos han encontrado. O eso dicen al menos. El señor que antes vivía aquí, encontró oro, se compró unas casas por Bucaramanga, se volvió medio ricachón, pero un día que vino acá le cayó un rayo encima justo donde había revolcado la tierra”, menciona.
Entonces, un poco por el temor y otro poco por el cansancio de seguir sacando tierra y no encontrar nada, o por lo menos nada que les interese, Guzmán y su familia prefieren seguir en lo suyo: el cultivo de cacao, café y mandarina.
Otros, por el contrario, adoptaron como propio el lema “el que busca, encuentra”, a pesar de que según historiadores y arqueólogos en el lugar no hay oro, pues los Yariguíes no eran orfebres.
Buscando el oro
En la casa de Guzmán, en la de más arriba, en la de más abajo y en casi todas las parcelas de La Honda, hay huecos en la tierra.
“Esto todo es puro hueco, puro hueco y nada de lo brillantico”, dicen unos cultivadores que van subiendo por el camino de trocha, refiriéndose a la montaña donde está ubicada la vereda.
Desde hace más de 30 años, los habitantes de la zona empezaron a encontrar vasijas y ollas mientras araban el campo. Algunas de las piezas tenían grabados especiales, jeroglíficos e incluso, cuentan algunos, rostros de indígenas. Entonces, movidos por la idea de que si había ollas, seguramente había oro, empezaron a excavar.

En un mismo sitio podían haber hasta 50 piezas, más allá otras diez y en la finca de al lado 20 más. Junto a ellas empezaron a aparecer también huesos y algunas formaciones rocosas que tenían aspecto de tumbas; sin embargo, lo que realmente estaban buscando no apareció, o por lo menos no hay certeza de un gran hallazgo.
“Pues hay gente que parece que encontró algo de oro y se fue, no se supo más de ellos”, asegura un campesino de la zona.
Con el tiempo la montaña se llenó de huecos y los campesinos de ollas precolombinas, algunos huesos y muchas historias.
“Un viviente que yo tenía aquí, decía que en las madrugadas escuchaba unos cantos indígenas y unos rezos extraños, ahí justo debajo de la ventana de la pieza”, recuerda Guzmán y agrega que en su casa y en la de otros de la vereda, “la corriente eléctrica pega durísimo y eso quizás es porque ahí abajo hay algo que conduce energía”.
Como oro, por ejemplo.
Señala el marco de la puerta que hay entre una habitación y la sala y dice que cuando caen rayos y pegan ahí, se ven chispas rojas.
El verdadero tesoro
Según el sociólogo e historiador Emilio Arenas, las piezas y huesos encontrados en Llano de Palma pertenecen a los indígenas Yariguíes, quienes a mediados del año 1500 subieron por el Magdalena Medio en su condición de nómadas, pero fueron sorprendidos por el avance de La Conquista Española, por lo que se relegaron en la selva y se terminaron asentando por un tiempo en lo que hoy es La Honda.
Junto a Gilberto Cadavid Camargo, arqueólogo del Instituto Colombiano de Antropología, visitaron la vereda a principios de los años 80 y tras recoger algunas muestras para investigación, Cadavid Camargo encontró que los restos pertenecían a los Yariguíes y que la zona alta del corregimiento, donde los campesinos hallaron las rocas en forma de tumbas, era un cementerio indígena donde se realizaron ritos de adoración y donde muchos de los indios habían sido enterrados o cremados y guardados en las ollas que después pusieron bajo tierra y que hoy los rionegranos siguen encontrando.

“El valor real de estas piezas no es económico, es histórico. Hacen parte de los vestigios de nuestra historia, de lo que somos, y la información que de allí se puede sacar es invaluable. Lamentablemente, quienes hallan esto no le dan el valor que merece y terminan desechándolas porque no tienen oro”, comenta Emilio.
Agrega que los indígenas Yariguíes no eran orfebres, es decir, no manejaban ni el oro ni ningún metal porque lo suyo era la alfarería, la pesca, la caza y algo de agricultura, por lo que el hallazgo de un tesoro o una guaca responde más a un tema de cuentería popular o a la creencia que reza que donde hay olla hay oro.
“El verdadero tesoro lo han tenido siempre frente a sus ojos, pero no han sabido verlo”.
Preservación de las piezas
En la vereda La Honda, los campesinos han encontrado cientos de piezas precolombinas a lo largo de los años; sin embargo, muchas de ellas se han dañado por la lluvia, se han convertido en basura o han sido regaladas.
Solo unas pocas han logrado ser recuperadas y hoy hacen parte de la colección del Museo del Cacao que la Federación Nacional de Cacaoteros, Fedecacao, tiene en Rionegro y del Museo Gua, ubicado en el Parque Memorial Jardines La Colina en Bucaramanga.
En Colombia, las personas que hallen o tengan en su poder piezas arqueológicas o precolombinas deben dejarlas en su lugar y dar aviso a una autoridad competente cercana, como la Alcaldía o Casa de la Cultura, quienes deben dar aviso al Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh).
















