Lo que comenzó como un intercambio de semillas, hoy hace parte de una apuesta colectiva por transformar la manera de producir y aprovechar lo que nace en el territorio.

Publicado por: Juliana Lizeth Sarmiento Romero
Hay que acercarse a la huerta de Socorro Buenahora, o ‘Socorrito’, como la llaman cariñosamente, para descubrir cómo una pequeña flor puede contar una historia que va mucho más allá de una cosecha.
En medio del romero, la albahaca y la lavanda de su huerta, en la vereda San José Llano de Barichara, la flor de Jamaica destaca por su intenso color rojo. Y aunque hoy hace parte de una pequeña cadena de producción local, hace apenas dos años Socorro no sabía si lograría adaptarse.
Las primeras semillas llegaron durante un intercambio de la Asociación de Mujeres Campesinas de Barichara vinculada a la organización El Común de la que hace parte. En ese encuentro, Socorro conoció la Jamaica, llevó las semillas hasta su casa y decidió probar.
“Yo las semillitas cuando las traje, las regué en un matecito para estar como más segura de que esa semilla me naciera”, recuerda. “Y con todos los cuidados, porque pues yo no conocía tampoco esa planta, mirándola cómo crecía, cómo empezaba a florecer”.

Eran apenas unas cinco plantas. Las cuidó, observó su crecimiento y fue guardando las semillas que aparecían después de cada floración. La planta resultó ser generosa y aquellos primeros nacimientos fueron multiplicándose hasta encontrar en su huerta un lugar donde echar raíces.
De la huerta al taller de transformación
Cuando la flor de Jamaica se cruzó con el Colectivo Casa Común, Margarita Higuera, integrante y una de las personas que impulsa el colectivo, ya había identificado en aquella planta posibilidades que iban más allá de venderla como materia prima.

Durante un taller realizado con la asociación, Margarita le mostró a Socorro algunas de las formas en que podía transformar su cosecha. Aquel encuentro abrió otra puerta para su producción y este año decidió sembrar más.
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“Cuando empezamos con Casa Común, doña Margarita me decía que ella la podía llevar, que ella se podía transformar. Entonces ya empezamos a sembrar más matas para venderlas, para llevarlas allá”, cuenta Socorro.
Así, la flor comenzó a hacer un recorrido hacia el Taller de Transformación de Casa Común, donde se reciben productos del territorio y se buscan nuevas formas de aprovecharlos. Allí esta puede convertirse en cordiales, gomitas o “frunas”, además de preparaciones deshidratadas para bebidas e infusiones.

En ese tránsito también cambia la relación con el producto. La flor que Socorro cultiva sigue siendo suya cuando sale de la tierra, pero adquiere nuevas posibilidades cuando se transforma.
Esa transformación, para Socorro, cambia también la manera de mirar su propio trabajo. “Esto es como ver un sueño realizado, cultivar y ver cómo se transforma, cómo se le puede dar un mejor uso a todo”, dice.
Es precisamente ese tipo de relaciones el que Margarita Higuera identifica como parte de lo que Casa Común intenta construir.
El territorio como punto de partida
Margarita define a Casa Común como un “experimento social”: una estructura que no nació como un proyecto cerrado, sino que ha ido creciendo a partir de las relaciones entre productores, transformadores y consumidores.
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“Lo que realmente es el centro de este proceso experimental es entender, comprender que tenemos muchísimos valores y muchísimos recursos que están en nosotros y que están en el territorio”, explica.
Esa filosofía también se refleja en la Tienda Común de Casa Común. Margarita la describe de una manera particular: “no es una tienda, sino 150 tiendas”, refiriéndose a los 150 productores llevan allí sus productos.

El propósito, dice Margarita, es que quienes participan puedan sentirse parte del producto final y de los beneficios que genera. Por lo que cada uno de ellos puede decidir vender su producto directamente, llevarlo al taller o involucrarse en tareas como cortar, empacar o preparar.
Incluso el sistema de precios busca experimentar con otra relación entre quien vende y quien compra. Los productos pueden tener un precio blanco, correspondiente al costo; uno naranja, con un 25% adicional; o uno verde, con un 40% adicional. El consumidor puede decidir cuál de esos valores pagar.
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En el caso de Socorro, ella ya tenía experiencia con la huerta y con los procesos de la Asociación de Mujeres Campesinas. Desde niña, dice, le ha gustado la huerta, las aromáticas y todo aquello que nace del campo.

Por eso, cuando comprobó que la Jamaica sí podía crecer en su casa, quiso seguir cultivando para encontrar nuevas maneras de aprovecharla en Casa Común y hacer parte de toda la cadena.
“Y ahí fue donde empecé a investigar también para qué servía y me di cuenta que tenía muchas propiedades y entonces como que con más amor le puse para seguir cultivando”, dice.
Una flor que también genera oportunidades
La Jamaica no es un cultivo común ni abundante en la zona. Por eso, cuando las plantas florecen, cada cosecha representa una oportunidad adicional para la economía familiar de Socorro. “Eso nos ha servido bastante también para la economía”, afirma.
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Cuando la flor se seca, su color rojizo se intensifica; mientras su sabor es ácido y su aroma cambia durante el proceso de transformación. Sus cálices son los que suelen aprovecharse para llevarlos hacia otras preparaciones.

Durante los meses de mayor producción, Socorro alcanza a recoger unas 20 libras de flor fresca por semana. Por cada libra recibe alrededor de $6.000 pesos, mientras que la producción también le permite participar de los beneficios que se generan con su transformación en Casa Común.
Ahora, mientras termina el ciclo de cosecha, recoge cerca de 15 libras cada 15 días y espera que las plantas vuelvan a florecer. Pero cultivar también ha significado aprender nuevos procesos.
En Casa Común le enseñaron, por ejemplo, a deshidratar la flor sin exponerla directamente al sol. La disposición en bandejas y en capas delgadas permite conservar mejor el producto antes de que continúe su recorrido hacia otras preparaciones.

Para Socorro, esos aprendizajes hacen parte de algo que antes no imaginaba cuando enterró aquellas primeras semillas. “Uno como sueña que nunca pensaba en que se pudieran realizar”, cuenta.
Una economía que todavía está echando raíces
En Barichara, hablar de economía regenerativa también implica reconocer las condiciones reales del territorio. La disponibilidad de agua, las temporadas de cultivo y la producción de las veredas condicionan lo que puede llegar al taller de Casa Común.
Por eso, para Margarita, esta idea de economía no es una fórmula terminada ni un modelo que pueda aplicarse de la misma manera en cualquier lugar. Es, más bien, un proceso que todavía están tratando de comprender y construir en una apuesta territorial acompañada por la Fundación Barichara Regenerativa.

Para Casa Común, uno de los elementos fundamentales es el “tejido de relaciones”. Margarita enfatiza que el valor no está únicamente en cuánto se vende un producto ni cuánto puede producir después de ser transformada.
También está en reconocer quién lo cultivó, quién lo transformó y qué conocimientos hicieron posible que llegara hasta allí. “No es un trabajo de cómo nos relacionamos, es un trabajo relacional”, menciona Margarita.
La pequeña semilla que ‘Socorrito’ Buenahora sembró para descubrir si podía crecer en su finca, terminó encontrando otros caminos. En Casa Común, esa búsqueda continúa en descubrimiento y en la huerta de Socorro mientras espera una nueva floración.












