Desde hace décadas campesinos sin oportunidades laborales fijas acuden a la ‘Esquina de los varados’, para buscar ocuparse en trapiches y fincas, a cambio de unos pesos que les permitan alimentar a sus familias. Se trata de una especie de ‘bolsa de empleo’ que funciona en una esquina de Piedecuesta.

Publicado por: SULLY CATHERINE SANTOS H.
– ¿Usted no sabe de un trabajito para mí? Trabajo en lo que salga. De alzador de caña o echando pala. Uno está necesitado y hay que hacer lo que pidan –dice Domingo Barajas– un campesino de Piedecuesta, que con sus 63 años al hombro recorre las calles del municipio en busca de empleo.
– Vamos a ver que llega –contesta Eliécer Medina Meza– un boyacense de acento piedecuestano, que vende lotería desde una silla de plástico y una mesa en la que acomoda con dificultad sus piernas y la muleta que lo acompaña a todas partes.
Domingo se detiene en la calle en la que trabaja Eliécer, con la ilusión de conseguir, como dice el lotero, la suerte de –topar trabajo–.
– Hoy no ha venido ningún patrón, vuelva la otra semana –le responde Eliécer, mirándolo con sus ojos azules, que siguen a todo aquel que camina frente a su lugar de trabajo, uno de los sitios más populares del municipio garrotero de Santander: la famosa ‘Esquina de los varados’.
Esta escena es una de las tantas que se viven en esta popular esquina, que se encuentra diagonal al parque principal La Libertad de Piedecuesta, como quien va camino hacia la plaza de mercado central. Justo en la calle diez con carrera sexta, junto al tumulto de vendedores ambulantes de zapatos, medias y comida.
La ‘Esquina de los varados’ no es más que el punto de encuentro de los campesinos, que ante la falta de oportunidades laborales esperan ser elegidos como mano de obra adicional en alguna empresa. Por eso, a la popular bolsa de empleo también acuden los patrones.
Uno de ellos es Germán Pava Capacho, gerente de la Cooperativa de Paneleros de Santander, Coopaneles. De los 62 años que tiene, más de la mitad los ha dedicado a ser empresario. Conoció la ‘Esquina de los varados’ hace 50 años por sus padres piedecuestanos, que tenían la costumbre –casi como tarea obligada– de visitarla los fines de semana, en busca de los obreros que harían de la panela el negocio más próspero de la familia.
Los campesinos esperan en la bolsa de empleo vestidos de pantalón y camisa manga larga. Unos usan sombrero y una mochila atravesada en la espalda. Se fuman un cigarrillo, mientras dejan pasar los minutos entre el humo y las palabras. De un momento a otro, el bullicio entre ellos se eleva al intentar ganarle al ruido de los vehículos, al vendedor de tintos, a la sirena de la policía y a la campana de la iglesia.
– ¡Necesito 30 personas para la semana entrante. Mano de obra adicional como ‘cortero’, ‘volquetero’ y ‘alzador’ de caña! –anuncia Germán.
El mensaje se posa en el oído de Eliécer, que hace las veces de jefe de recursos humanos o recolector de la información de la bolsa de empleo. Un ‘Correo del zar’, quien, como en una de las novelas de Julio Verne, que se titula igual, es el encargado de dar a conocer las buenas y malas noticias de su pueblo.
–Los campesinos topan trabajo casi siempre un sábado o domingo en la mañana. Saben que los van a buscar o ellos me preguntan qué si ha venido un patrón o si sé de algún trabajo. Casi siempre les sale trabajito en trapiches pa’ ‘desyerbar’ la caña. Otras veces les toca irse a cuidar una finca lejos–afirma Eliécer.
–¡Hoy sí conseguí! Me voy a ser ‘punteador’ en un trapiche por acá en Piedecuesta. También me ha tocado ir a San Vicente de Chucurí y a Rionegro–anota Domingo, que deberá estar en su sitio de trabajo a las seis de la mañana del día siguiente.
Domingo se irá a ‘relimpiar’ el guarapo que se extrae de la caña de azúcar, con un cucharón dos veces más grande que él. Tiene la destreza de conocer a ojo cerrado cómo se procesa la caña, para que sus jugos se conviertan en el manjar de la panela. La jornada terminará a las cuatro de la tarde y Domingo regresará con el cansancio en cada paso que da, a su casa en el barrio La Candelaria de Piedecuesta.
Un contrato de palabra, como en los viejos tiempos
Pasados ochos días, Domingo se acerca a la oficina del patrón a cobrar ciento cincuenta mil pesos por sus labores en el trapiche. La secretaria le entrega los billetes que cuenta –no por desconfiado– sino por costumbre.
Si el obrero se enfermó, o no pudo ir a trabajar por otra razón, el patrón le paga por el trabajo cumplido. No se recibe seguridad social, ni prima, ni cesantías. Los obreros aceptan esta condición, no por gusto y sí por necesidad. Tampoco hay contrato, la confianza en la palabra: es la firma que se mantiene viva entre el patrón y el obrero.
– ¿Contrato? ¡Nooo, todo es de palabra! Yo llevó 40 años en este oficio y nunca me han quedado mal. Siempre me dan el efectivo y con eso pago la posada y le doy de comer a la esposa y a la familia –asevera Domingo.
La ‘Esquina’ que se niega a morir
Eliécer permite que en la pared del negocio de la ‘Esquina’ –aunque no es suya– las personas pongan letreros en los que se ofrecen puestos de secretaria y albañil o en los que se busca empleado para un local comercial. Allí están las ofertas, en un papel tamaño carta, escritas en marcador negro o rojo: se busca… llame al teléfono 31…
Esa fama de la ‘Esquina de los varados’ se ha forjado durante cien años y, en pleno siglo XXI, es reconocida, sin duda, por todo aquel que ha vivido o trabaja en Piedecuesta. Todos la ubican a ojo cerrado.
–Allá, mire; allá queda– menciona con un tono fuerte una vendedora de minutos de celular en el parque central.
Un cuidador de vehículos responde igual –allá– y el índice no duda en señalar la calle ajetreada.
Germán asegura que la ‘Esquina’ es un tradicional punto de encuentro, un distintivo propio que, aunque tiene un nombre feo, muestra la verdad: obreros varados por empleo.
Domingo dice que en la ‘Esquina’ se dio a conocer como ‘punteador’ de caña de azúcar, y confía en que cada ocho días, allí, o en otra parte del municipio garrotero, un patrón le ofrecerá trabajo.
A Eliécer lo verán ahí de lunes a domingo, saludando a todo el que lo mira, acompañado de las fracciones de lotería.
–Aquí estaré hasta mis últimos años de vida– dice; en la ‘Esquina de los varados’.















