Área Metro
Viernes 27 de marzo de 2026 - 04:32 PM

¿Existe la adicción a las redes? ¿Qué pasa en Bucaramanga?

Dos fallos en Estados Unidos contra Meta y YouTube volvieron a poner bajo sospecha el diseño de las plataformas digitales. Aunque la “adicción a redes sociales” no está reconocida como diagnóstico formal, expertos advierten que el uso compulsivo, la ansiedad y la búsqueda de validación sí pueden tener efectos clínicos, también en contextos como Bucaramanga y Santander.

¿Existe la adicción a las redes? ¿Qué pasa en Bucaramanga? Foto suministrada/VANGUARDIA
¿Existe la adicción a las redes? ¿Qué pasa en Bucaramanga? Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: Redacción Área Metropolitana

En Colombia, ya desde 2017 se estaba hablando de la presión que las redes sociales ejercen, mucho antes del veredicto de esta semana contra Meta en Estados Unidos. Comenzó en relatos como el de Tuti Vargas, cuando la creadora de contenido habló públicamente de depresión, consumo problemático de drogas e ideación suicida y, en medio de ese testimonio, dejó habló sobre la presión de las redes no siempre se siente como un exceso de entretenimiento, sino como una carga. Una exigencia de sostenerse visible, deseable, vigente. Una necesidad de seguir ahí, aun cuando está causando problemas en la salud mental.

Su caso no fue presentado como un diagnóstico formal de “adicción a redes sociales”. No hubo un parte clínico con ese nombre. Y, según los expertos, todavía no lo hay. Pero el consumo excesivo de redes sociales sí es algo que muchas familias, docentes, psicólogos y usuarios jóvenes reconocen aunque no siempre sepan cómo nombrarlo: la exposición constante, la comparación diaria y la búsqueda de aprobación en plataformas pueden agravar fragilidades previas y convertir la validación digital en una fuente de angustia.

Y es que los dos fallos de la semana pasada contra Meta y YouTube no castigan solo un error de moderación o una omisión empresarial aislada. Lo que realmente ponen bajo sospecha es el algoritmo.

El primer caso se resolvió en Los Ángeles. Allí, un jurado concluyó que Meta y YouTube contribuyeron al deterioro de la salud mental de una joven usuaria. La indemnización fue de 6 millones de dólares, y la responsabilidad quedó distribuida en un 70 % para Meta y un 30 % para Google. El mensaje del veredicto fue claro: las compañías fueron negligentes en el diseño u operación de sus plataformas y no advirtieron de forma adecuada sobre sus riesgos.

El segundo revés llegó desde Nuevo México, donde otro jurado impuso a Meta una sanción de 375 millones de dólares. En este caso, el expediente ligó seguridad infantil, salud mental de menores y falta de transparencia sobre riesgos presentes en las plataformas de la compañía. La tesis de la demanda fue que Meta ocultó información sobre explotación sexual infantil y falló en la protección de usuarios jóvenes dentro de Facebook e Instagram. La empresa anunció que apelará.

A simple vista, podrían parecer dos casos distintos. Pero juntos obligan a la sociedad a preguntarse: cómo está construido el entorno que hace que nos quedemos allí horas y horas sin darnos cuenta. Qué papel juegan las notificaciones, el scroll infinito, las recomendaciones personalizadas, la recompensa impredecible de los likes y la lógica del “una vez más”.

Ese cambio de enfoque es tal vez la novedad más importante. Durante años, la industria tecnológica celebró métricas como permanencia, engagement, interacción y retención como señales inequívocas de éxito. Ahora, en los tribunales, esas mismas métricas empiezan a adquirir otro significado: podrían ser también indicadores de un diseño que causa un impacto poco positivo en los usuarios y que se hace mucho más peligroso cuando el usuario es menor de edad.

¿Existe la adicción a las redes?

Pero una cosa es lo que sostienen los tribunales y otra lo que reconoce la medicina. Y allí aparece una de las claves de esta discusión. Hoy, la expresión “adicción a redes sociales” circula con fuerza en medios, titulares y conversaciones cotidianas. Sin embargo, en el terreno clínico el panorama sigue siendo más cuidadoso. No existe todavía un consenso pleno para reconocer la “adicción a redes sociales” como un diagnóstico autónomo e independiente en los grandes manuales psiquiátricos.

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Eso, sin embargo, no equivale a negar el problema. Lo que muchos especialistas prefieren decir es algo menos rotundo, pero más preciso: uso problemático o uso compulsivo de redes sociales. Es ahí donde se concentra la evidencia más sólida. No en una etiqueta definitiva, sino en una constelación de señales que empiezan a repetirse: pérdida de control sobre el tiempo de uso, revisión constante de notificaciones, alteración del sueño, deterioro del rendimiento académico o laboral, empobrecimiento de las relaciones presenciales y persistencia del comportamiento aun cuando ya produce daño.

La psicóloga Marieth Lozano, subdirectora nacional del Campo Psicología de la Salud del Colegio Colombiano de Psicólogos, lo plantea así: la adicción a las redes sociales no está contemplada como un diagnóstico médico formal, pero sí tiene implicaciones clínicas reales. En su explicación, el fenómeno se desarrolla a partir de mecanismos de refuerzo psicológico muy parecidos a los que operan en otras conductas adictivas, como la ludopatía o incluso el consumo problemático de sustancias.

La observación no es menor. Porque obliga a mirar las plataformas no como simples escenarios neutrales donde ocurren interacciones, sino como sistemas diseñados para premiar conductas de manera variable e impredecible. Y eso, desde el punto de vista psicológico, importa mucho.

Quien se desplaza por una red social no siempre siente que está entrando en un circuito de refuerzo. Cree, más bien, que está matando el tiempo, descansando, distrayéndose, viendo qué hay. Pero el producto está diseñado para otra cosa. Cada like, cada comentario, cada nuevo seguidor, cada notificación, cada video que aparece antes de que uno decida si quiere seguir viendo o no, funciona como una pequeña promesa de gratificación.

Eso es, justamente, lo que describe Lozano. Las plataformas, dice, ofrecen recompensas variables e impredecibles. Ese carácter imprevisible es crucial: no saber exactamente cuándo llegará la próxima dosis de aprobación o de novedad vuelve más poderoso el impulso de seguir buscando. Con el tiempo, la persona puede entrar en un ciclo de gratificación constante, empezar a perseguir cada vez más reacciones y perder de vista cuánto tiempo está entregando a esa búsqueda.

En ese punto, la red deja de ser solo una herramienta de comunicación. Se convierte en una máquina de validación. Y esa transformación tiene sus efectos: la autoestima empieza a rozarse con las métricas, el ánimo con la respuesta del público, la tranquilidad con el comportamiento del algoritmo.

No es casual, entonces, que el debate sobre redes sociales se cruce cada vez más con palabras como ansiedad, comparación, pertenencia y agotamiento. Lozano advierte que ese uso puede venir acompañado de cuadros de ansiedad ligados al hecho de no poder mantenerse conectado y de una necesidad creciente de validación externa a través de las reacciones que producen las publicaciones.

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Quizás por eso una de las grandes trampas del debate es reducirlo a una pregunta muy simple: cuántas horas pasa alguien conectado. El tiempo importa, sí. Pero no basta. Hay personas que usan intensamente las redes sin desarrollar una conducta problemática y otras para quienes la plataforma se convierte en un eje silencioso de deterioro.

El verdadero punto de quiebre aparece cuando el uso empieza a interferir con la vida diaria. Lozano menciona señales concretas: no poder reducir el tiempo de uso incluso cuando se reconoce que sería necesario; descuidar responsabilidades personales, laborales o afectivas; alterar el sueño; irritarse al no poder conectarse; deteriorar la relación con la familia o con el entorno cercano.

Hay, además, una señal especialmente reveladora: cuando la plataforma empieza a funcionar como una forma de evadir emociones negativas. No se entra entonces para conversar o informarse, sino para no sentir. Para aplazar el malestar. Para esquivar la tristeza, la ansiedad, el vacío o el conflicto. En ese momento, el desplazamiento infinito de la pantalla ya no es una rutina banal: es una forma de escapar.

Lozano insiste en que conviene buscar ayuda cuando el uso de la red interfiere significativamente con la cotidianidad. Y ahí emerge una idea incómoda, pero decisiva para esta discusión: el fenómeno no puede leerse solo como falta de autocontrol individual. No basta con decirle a la gente que ponga límites, que apague el celular o que tenga más disciplina. Porque enfrente no hay únicamente una mala costumbre: hay productos concebidos para capturar atención y hacer difícil la salida.

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Lo que está en juego para Meta al perder los juicios es la posibilidad de que su modelo de producto empiece a ser considerado un riesgo para los jóvenes. Si esa tesis se consolida, Meta tendría que poner más límites de uso, controles de ética más duros e incluso rediseñar el sistema del “scroll infinito”, con una mayor supervisión externa.

¿Qué pasa en Bucaramanga y Santander?

En Bucaramanga, su área metropolitana y Santander, el debate todavía no tiene una cifra oficial que lo resuma. No aparece, en las fuentes públicas revisadas, un registro consolidado de “casos de adicción a redes sociales” bajo esa etiqueta exacta. No existe una estadística homologada que permita decir, con precisión clínica y administrativa, cuántas personas han sido diagnosticadas en la ciudad y su área metropolitana de ese modo.

Pero sí existe un contexto de alta conectividad, uso extendido de teléfonos celulares, presencia masiva de población joven en entornos digitales y una presión visible sobre la salud mental.

En Santander, el 80,1 % de las personas usó internet en 2024, mientras que el promedio nacional fue de 79,3 %. Además, en Santander el 80,9 % de las personas tenía teléfono celular. Es decir, el departamento no solo está por encima del promedio nacional en uso de internet, sino que además tiene una alta disponibilidad del principal dispositivo de acceso a plataformas digitales.

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Asimismo, en la ciudad la salud mental está generando alarma. La Secretaría de Salud de Bucaramanga reportó 400 casos de intento de suicidio en 2025, con corte a la semana epidemiológica 38. También informó que la línea de atención en salud mental “Espérame” acompañó a 1.554 personas de Bucaramanga y su área metropolitana entre octubre de 2024 y septiembre de 2025, y que durante 2025 se registraron 2.324 consultas externas en salud mental, correspondientes a 1.800 usuarios atendidos.

Sería irresponsable convertir esos números en una prueba automática contra las redes sociales. No lo son. No prueban causalidad. Pero sí muestran que estamos usando el celular y que gran parte de ese uso está destinado a las redes sociales, por lo que esta discusión es importante.

Y si bien es cierto que los expertos coinciden en que no se puede culpar a la conexión a internet, tampoco se trata de afirmar que el problema sea el autocontrol. La psicóloga Marieth Lozano afirma que los entornos digitales están diseñados estratégicamente para garantizar la permanencia de los usuarios.

Publicado por: Redacción Área Metropolitana

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