A diario, según cifras de ONG y fundaciones, llegan entre 500 y 700 venezolanos a la ciudad, algunos de paso y otros a quedarse. De esos, alrededor de 100 son menores de edad, quenes de un momento a otro tienen que dejar de ser niños y adolescentes normales para enfrentar realidades que no pidieron.

Publicado por: Irina Yusseff Mujica
“Lo que más me gusta comer es pan, es mi favorito. El de acá tiene azúcar por encima y es suavecito”, dice Nayari, de cuatro años, “ya casi cinco”, mientras saborea un ‘roscón’ que le regalaron en una panadería.
Los últimos tres días, desde que salió de Valencia, estado Carabobo, y llegó a la frontera con Cúcuta, ha comido mucho pan y para ella es increíble. En Venezuela, sus padres habían dejado de comprarlo hace meses porque ganaban 4.500 (bolívares) soberanos por semana y el pan cuesta alrededor de 5.000.
“Aquí es puro pan”, agrega la pequeña, quien ha tenido que dormir en el piso dos días seguidos y caminar sin descanso por varias horas. Los zapatos rotos, las uñas y la cara llenas de mugre y el cabello pegajoso dan cuenta de eso.
Si le preguntan por qué le tocó venirse de Venezuela, ella responde “por Maduro, coño´e tu madre”. El padre, quien se sienta junto a ella después de lograr vender unos dulces en la cuadra, la reprende por la grosería, pero ella la vuelve a repetir porque eso es lo que ha escuchado últimamente.
Él le dice que coma rápido. Tienen que ir a buscar a la abuela y al hermano, quienes se adelantaron con la otra bolsa de caramelos, para contar el dinero recogido a ver si por fin pueden pagar un cuarto esa noche. Nayari le dice que no quiere caminar más, que le duelen los pies, que se vayan a casa. Llora un poco. Él la alza y le dice “¿cuál casa, pues?”. Luego se arrepiente y le explica que tienen que seguir, que se acuerde que llegaron allí porque pueden comprar pan, su preferido.
Crecer a la fuerza
Según cifras de Unicef, más de 3,3 millones de venezolanos han emigrado y entre ellos hay más de 500.000 niños. En Colombia, de acuerdo con la alerta de la ONG Save the Children, de los casi 1,2 millones de venezolanos en el país, el 27% son niños y adolescentes (más de 300 mil), quienes en su mayoría llegan en condiciones vulnerables y se enfrentan a condiciones de vida nada dignas en los países a los que llegan.
En Bucaramanga, debido a la condición de irregularidad del fenómeno social, es muy difícil determinar cuántos niños venezolanos llegan a diario y cuántos hay actualmente en la ciudad; sin embargo, fundaciones como Entre Dos Tierras y Aldeas Infantiles SOS, quienes diariamente alimentan, refugian y brindan atención a los cientos de venezolanos que vienen por carretera hacia Bucaramanga, hablan de alrededor de 100 niños por día, quienes a la par de los adultos caminan largas distancias y de los cuales el 50% está en estado de malnutrición o con alguna enfermedad.
Como Yefry, de 10 años, quien el día que llegó tenía tanta fiebre que pensó que se iba a morir. Cuando llegó lo atendieron en el Hospital Universitario, le dieron medicinas y ahora está mejor.
Sentado frente a las puertas de un almacén Justo y Bueno en el centro de Bucaramanga, con una caja de galletas a punto de terminarse, sonríe porque reunió el dinero para pagar el cuarto esa noche que les cuesta 5 mil pesos por persona y suelta que si se hubiera enfermado en Venezuela o seguiría enfermo o ya no viviría.
“Yo fui al entierro de un primo que se murió porque no lo atendieron allá en Táchira”, exclama y se persigna. Luego mira de reojo la plata que ha recogido y que ha ido guardando en el bolsillo.
“Naguará, que esto es bastante. Alcanza hasta para rellenar la arepa. Allá a mi mamá solo le alcanzaba para la harina, a veces”. Llegó junto a su mamá y dos hermanas más pequeñas que él, hace una semana. La idea es ahorrar un poco para llegar a Cali, donde un tío suyo ya consiguió un puesto fijo.

“Un día mi mamá dijo que ya no se aguantaba más , que alistara un maletín chiquito. Yo le pregunté que la casa, que las cosas, que el colegio ¿qué? Me dijo que dejábamos todo y cuando la situación estuviera mejor, pues volvíamos. Me dijo que acá sí nos iba a alcanzar para comer bien y entonces nos vinimos”, recuerda.
Cuenta, como quien narra una fábula o una historia fantástica, que ha comido huevos, arroz y hasta carne, “¡cónchale, hasta carne de vaca!”, y que a pesar de tener que vender las galletas todo el día para ayudar a su mamá, están mejor que allá.
“Yo creo que Maduro no tiene la culpa, él es un buen presidente, pero sus asistentes no, ellos son los que nos dejaron sin comida y sin luz y sin nada y son los que están mandando a Maduro”, explica.
“Bueno, aquí también es duro, pues, tampoco es que ya tienes la vida hecha. Te toca pagar arriendo, luz y agua y eso, pero al menos te alcanza lo que ganas para comprar comida”, dice Gregorio, un joven venezolano, de 13 años, que ayuda a su tío a vender perros en el centro durante las tardes.
Agrega que se vino solo, sin su familia, porque quería seguir estudiando y allá no había vuelto al colegio. Su familia se quedó en Maracaibo, “esperando que la situación se resuelva”.
“Tú sabes, allá nosotros tenemos una casa que nos dio el gobierno y por eso mis papás no quieren salir. Antes teníamos todo, pues, no teníamos que pagar nada como acá, pero eso ya se acabó y toca salir a buscar las cosas. Por eso me vine con mi tío a trabajar y estudiar y gracias a Dios he podido hacer las dos”, cuenta feliz.
Lejos de casa
¿Qué es estar de ilegales? ¿Vivir lejos de nuestra casa?, le preguntó un día Aimara a su mamá.
Ella no supo qué responder. En efecto, desde que llegaron en diciembre, sin pasaporte, ni Permiso Especial de Permanencia, ni nada, se convirtieron en parte de los más de 30 mil venezolanos que, según Migración Colombia, permanecen en condición de irregular en la ciudad, pero cuando su hija se lo preguntó, ella solo atinó a responder que llegaron buscando ayuda pero no a hacer nada malo.
Ahora, en el segundo piso de una casa antigua en el barrio Los Canelos, donde vive junto a 15 personas más, Aimara, de 7 años, repite eso, que no es mala.
“Que allá en Maracaibo sí hay unos malos que cuando llega la comida se cogen la mejor parte para ellos y luego venden lo que queda pero a diez veces más, entonces no podíamos comer tantas cosas y me estaba enfermando, por eso nos tocó venir acá”, expresa.
Aunque para ella es “feo” donde vive, y quisiera volver a la casa grande en la que vivía en Barquisimeto, donde tenía su propia cama y juguetes, al menos no hace parte de los pequeños que duermen en los parques y sí de los que están estudiando.

Después de que el Ministerio y las Secretarías de Educación se comprometieron hace un año a ofrecerles educación gratuita sin ningún impedimento a los niños y jóvenes migrantes, se ha ido incrementando el número de estudiantes venezolanos en la ciudad. Este año, por ejemplo, hay mil más en comparación con 2018. En total son 2.455 niños y jóvenes, como Aimara y Gregorio, yendo a las aulas todos los días y muchos de ellos recibiendo la alimentación del PAE.
“Extraño mi colegio y mis amigos y mis profes. Aquí no tengo tantos amigos, porque me dicen que vine a quitarles las cosas a ellos y que mi papá no trabaja porque todo lo quiere regalado. Yo les digo que el allá era vigilante y mi mamá costurera y aquí los dos venden cotufas en la calle, pero no me creen. De aquí solo me gusta que puedo tomar leche con galletas todos los días y comer pollo también, pero igual prefiero mi casa”, relata en voz baja Aimara, para que su mamá no escuche.
En el mismo lugar, lleno de colchonetas por todos lados, ropa arrumada en las esquinas y un solo baño, hay cuatro niños más y un bebé. De uno de los cuartos más pequeños sale una prima de Aimara, una morena de 6 años, tímida, pero atenta, y hablando como quien dice un secreto, murmura:
“A nosotras nadie nos preguntó si queríamos venir y la verdad es que yo prefiero irme a mi casa de verdad. Este paseo ya no me gusta”.
Más cifras
- Más de 1.379 niños venezolanos fueron atendidos durante 2018 en programas de Santander, según el ICBF.
- 5.190 niños provenientes de Venezuela se registraron oficialmente en Santander durante 2018.
- En 2019 se han desplegado ocho operativos en Santander para garantizar los derechos de niños migrantes. Como resultado, 13 menores tuvieron que ser reubicados en hogares sustitutos, debido a que se comprobó que se vulneraban sus derechos.
- Este año la Secretaría de Salud de Santander confirmó que se han registrado al menos 10 casos de desnutrición en niños venezolanos que duermen en las calles de Bucaramanga.

















