El año pasado se registraron en el país más 745 feminicidios, según la Defensoría del Pueblo. Esta la historia de violencia que soportó Maribel Fernanda Gómez.

Abrió los ojos. Al despertar, cobró conciencia del lugar en el que se encontraba. Se percató de su cuerpo herido. Recordó. Las imágenes la golpeaban, una tras otra, como las olas del mar, arrastrándola nuevamente a esa noche. Trajo a la memoria el filo cortante del cuchillo, capaz de helar la sangre en sus venas. Un médico la puso al tanto de la complejidad de sus lesiones. Asintió al recibir instrucciones sobre los cuidados que debía tener, por ejemplo, para evitar que los puntos en su cuerpo se abrieran, al igual que el tubo que salía de sus pulmones.
Estaba acostada, rodeada de un dolor en llamas. De pronto, de la nada, como una revelación, se acordó de él. No sabía dónde estaba, si en ese hospital o en otro. No quería pensar que hubiese muerto, pero era una posibilidad. La última vez que lo vio, apenas lo saludó. Todo cambió en segundos. Él, por su parte, se caía de los bordes de la noche, desbaratado a cuchilladas. No pudo huir. Fue difícil, pero logró conseguir el número telefónico de un familiar del joven. Pidió que marcaran. La ansiedad no se extinguía, pese a los consejos de mantenerse tranquila. Finalmente, al otro lado de la línea, alguien contestó. La respuesta que recibió Maribel Fernanda Gómez fue más dolorosa que cualquiera de las 12 puñaladas que le imprimieron con sevicia. Aquella mujer, despedazada por la respuesta del interlocutor, no podía estar más rota.
Aceptó con resignación la respuesta. Esas palabras la queman en una brasa viva que no la abandona. Entendió que la muerte seguía suelta, acechándola con ojos atentos al vaivén de sus decisiones. Intentó ponerle palabras a su dolor, pero no pudo. Algunos la señalan como culpable, especialmente desde que decidió hablar en público. La acusan. Pero ella es inocente. Maribel Fernanda, a sus 32 años de edad, como una forma de defensa, eligió guardar un silencio lacerante. Hoy lo mantiene, sumida en un insomnio pantanoso del que solo la rescatan, a ratos, sus dos pequeñas hijas.
“Piense en las niñas”

Fredy Alexander Díaz Sepúlveda la empujó, ebrio de ira. Inclinado, con el rostro desencajado, le clavó con fuerza el cuchillo en un costado. El metal perforó un pulmón. Luego lo haría con el otro. Maribel Fernanda, ya en el piso tras un primer golpe, sintió el traquetear de la carne en su interior. Suplicó que se detuviera. Pero los criminales son sordos y solo se escuchan a sí mismos. No oyen más allá de su mundo nauseabundo. Recibió luego dos puñaladas más. El cuchillo laceró ambos hombros. En un instante, los ojos de Maribel Fernanda se encontraron con el rostro de su agresor.
- ¡Fredy!, piense en las niñas...
El cuchillo se detuvo. Los dos estaban sobre un andén de la calle 104C con carrera 16 del barrio El Rocío de Bucaramanga. Era 31 de octubre de 2024. La calle estaba llena de niños disfrazados, de la mano de sus padres, buscando dulces. Algunos adultos también llevaban disfraces, como las dos parejas de jóvenes a un costado, quienes sorprendidos observaban el ataque. Para ese momento, Maribel Fernanda empezó a sentir que le costaba trabajo respirar. La sangre, proveniente de un cuerpo retoñado de heridas, empapaba su ropa. Su aliento se le deshacía con rapidez. Erróneamente creía que, invocando a sus hijas, podría abrirse paso entre los lances del cuchillo. Se equivocó. Como una alimaña que muestra sus dientes en la oscuridad de su infierno, el hombre atacó nuevamente. Esta vez su objetivo era el cráneo.
Freddy, ¿usted me va a violar?
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Maribel Fernanda Gómez soportó, desde los velos del desconsuelo, la maldad de su pareja en forma de humillaciones. Eso molestaba aún más a Fredy Alexander, de 34 años de edad. A los pocos meses de convivencia, ella entendió el lenguaje desgarrador de los insultos, que luego pasaron a los empujones y los golpes. La naturaleza de Fredy Alexander estaba avocada a una incesante crueldad hacia ella cada vez que surgía un conflicto o se espantaba el polvo de la monotonía con un reclamo. Su vida se convirtió en una herida que nunca dejó de sangrar. Durante ocho largos años, una retorcida tristeza se descolgó por los días de Maribel Fernanda.
En una ocasión, Fredy Alexander casi rompe a patadas la puerta del cuarto donde Maribel Fernanda se refugió, buscando un encierro voluntario ante la violencia que pintaba la noche en el apartamento que compartían. Sus vecinos fueron testigos de la vehemencia de sus golpes. Ella solo lloraba. No tenía cómo huir. Su hogar se transformó en una lúgubre cloaca, en cuyas aguas inmundas se hundía cuando regresaba de trabajar y encontraba el trabajo doméstico acumulado. Al principio, no dijo nada, pero luego, como si fueran sedimentos revueltos por la altanera indiferencia diaria, salieron a flote.
- Venga, Fredy, usted está en la casa todo el día (él estaba desempleado) y no es capaz de lavar la loza del almuerzo. Ni la comida ha hecho. Yo llego cansada. Todo el día estuve de pie y usted no hace nada...
- Cállese, fastidiosa...
Nadie le había hablado antes así a Maribel Fernanda, quien empezaba a entender que el hombre atento y responsable que una vez creyó conocer era un espejismo, una tonta ilusión que parpadeaba solo a ratos, como luces de neón. De ese sujeto que la enamoró solo quedó la sombra, atrozmente en ruinas, apenas comparable con la historia del extraño caso del doctor Jekyll y la terrible personalidad de Mister Hyde de Robert Louis Stevenson. Un camaleón conveniente y estratega que se burlaba con violencia de la mujer que decía amar.
- Pero usted sí llora por bobadas...
Con el tiempo, Fredy Alexander pasó de los insultos a las agresiones físicas. Un día, ella, otra vez encerrada para evitar su violencia, tuvo que abrirle la puerta del cuarto porque su escándalo nuevamente se colaba por las paredes. Esa fue la primera vez que la lanzó contra el piso.
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- Yo no quiero seguir más con usted…
La respuesta de Fredy Alexander era salir del apartamento. Se perdía. Pero, como un goteo perturbador, sus gritos continuaban retumbando en ella. La acosaban. Pasadas unas horas, o en algunos casos al día siguiente, él regresaba para retomar un libreto ya escrito.
- ¡Perdóname! Yo no sé qué me pasó. Yo te amo, de verdad. Eso no va a volver a pasar...
En otros casos, aparecía en el trabajo de Maribel Fernanda con flores, comida o detalles que incluso generaban comentarios entre sus compañeras de labores sobre lo afortunada que era de tener una pareja tan entregada y amorosa. En las redes sociales, Fredy subía imágenes del amor que profesaba por su pareja. A ella le temblaba el alma ante tanto teatro montado, un espectáculo barato del cual admite que no supo escapar a tiempo.
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Después de cada discusión, Fredy Alexander realmente cambiaba, recuerda ella. “Me llevaba al cielo…”. Pero su verdadera naturaleza corrompida, como un mal olor que se busca disimular en un cuarto cerrado, no podía ocultarse por mucho tiempo. El hombre amoroso volvía a morir delante de ella, para flotar por varios días como un cadáver que la martirizaba cada vez que se preguntaba a sí misma por qué no era capaz de huir de allí. Su vida ya estaba destrozada.
Días después aparecía otra discusión. Más gritos. Más insultos. Todo se tornaba violento cuando Fredy Alexander buscaba tener relaciones sexuales. Ella se negaba. Él intentaba, no convencerla, sino imponer la fuerza.
- Freddy, ¿usted me va a violar?
- Eso no es violación porque usted es mi mujer. — Lo dijo al tiempo que insistía en abrazarla y besarla.
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-¡Nooo! Fredy…
Entonces salía del apartamento.
Díganle que fue Fredy

-¡Pare, desgraciado! ¡La va a matar…!
Las dos jóvenes que estaban en la calle del barrio El Rocío no aguantaron más. Mientras todos observaban el frenesí de sangre, ellas decidieron defender a Maribel Fernanda. Fredy Alexander, luego de propinarle 12 puñaladas en el tórax, la cabeza y los hombros, se detuvo. Antes de retirarse del lugar, aún con el cuchillo en la mano, la insultó con la bajeza propia de un asesino. Pasaban más de las 10 de la noche del 31 de octubre de 2024.
Las parejas de las jóvenes se acercaron a socorrer a Maribel Fernanda. Ella sabía que estaba herida. Las incisiones en el tórax, que llegaron a los pulmones, la asustaron. Pensaba que no volvería a ver a sus dos hijas, que moriría en minutos en esa calle. Las muchachas se despojaron de parte de sus disfraces e intentaron hacer una compresa en la cabeza y el abdomen para contener las hemorragias. Lloraban mientras intentaban ayudarla, al ver lo difícil que le resultaba respirar.
Antes de atacarla, Fredy Alexander le había quitado el celular. Así acostumbraba hacerlo para evitar que pudiera pedir ayuda o que la agresión quedara registrada. Maribel Fernanda recordó el número telefónico de una tía. Pensaba que, antes de morir, debía dárselo a ellas para que la pusieran en aviso.
- Apunten este número. Díganle a mi tía que fue Fredy. Si yo me muero, fue Fredy…
Subieron a Maribel Fernanda al carro de una de las parejas de las jóvenes que la auxiliaban. La acomodaron en la parte de atrás y tomaron rumbo a un hospital. En el trayecto, ella intentó cerrar los ojos, pero ellos le hablaban para que no se durmiera. Aquella mujer maltrecha, de pronto, recordó a su acompañante y preguntó por él.
- ¿El otro muchacho dónde está? —dijo.
- ¿Cómo así? ¿Apuñaló a otra persona? —Respondió una de las jóvenes.
- Sí. Él estaba conmigo y salió corriendo, perseguido por Fredy…
- No sabemos. No lo vimos…
Uno de los jóvenes mencionó que sabía quién era su acompañante porque lo había visto en el barrio, pero no conocía su suerte tras la embestida de Fredy.
Apenas ingresó Maribel Fernanda a la unidad de urgencias, le quitaron la ropa y revisaron sus heridas. Ella decía que se sentía ahogada. Escuchó cuando le quitaron las medias y descubrieron que tenía los pies de color morado. Entonces, entraron en alerta para evitar un posible paro cardiorrespiratorio. La inyectaron. Registraba seis heridas en la cabeza, perforaciones graves en ambos pulmones y el hígado, además de cortadas en una mano.
- Al quirófano…
Escondió las pastillas
Maribel Fernanda Gómez no quería tener hijos. Lo comprendió cuando, de manera gradual, arreció la violencia de Fredy contra ella. Por eso tomó la decisión de planificar. Un día, sin entender las razones, él le entregó una prueba de embarazo.
- ¿Por qué me entrega eso?
- Hágase la prueba —Le dijo con tono de sobradez.
- ¿Qué le pasa? Si todavía no es la fecha de mi período. Yo no tengo retrasos.
- Hágasela, yo sé que usted está embarazada…
Minutos después, Maribel Fernanda salió del baño envuelta en una borrasca de llanto. La prueba había salido positiva. No lo entendía. Se preguntó en voz alta por qué, si “me estaba cuidando…”. Fredy, fríamente, le respondió:
- No se vaya a poner brava conmigo. Lo que pasa es que yo le boté esas pastillas (anticonceptivas), porque quiero tener un hijo con usted…
Ella lo miró, sintiendo cómo se resquebrajaba una vez más. “Ya no podía hacer nada…”.
Su embarazo fue normal. Nació una niña linda. Para entonces, Maribel Fernanda no entendía qué ocurría en su vida, ni tenía conciencia de la violencia cotidiana que soportaba. Cuando intentó volver a dejarlo, nació su segunda hija. Ahora tenía dos niñas, de dos y cinco años de edad.
En alguna ocasión, antes del ataque de Fredy, Maribel Fernanda comentó el episodio de las pastillas a unas amigas del trabajo. Inmediatamente, tuvo otra revelación.
- Eso es violencia… —Dijo una de sus amigas.
“Yo me dije: sí. A veces, uno no entiende o no percibe las cosas estando en esa situación. Es muy fácil juzgar a las personas, pero nadie sabe lo que es vivir esos momentos de dolor y miedo. Fredy buscó siempre una forma de amarrarme…”.
Tomó la determinación de salir de esa relación. Su amor por el padre de sus hijas se desvaneció completamente. Los episodios de violencia continuaron, al igual que los intentos de abuso sexual, hasta que él le gritó a todo pulmón:
- Usted ya no me sirve ni en la cama.
Enredada en el miedo, en septiembre pasado se fue del apartamento. Dejó a Fredy. Se marchó con sus dos hijas, dejando atrás a ‘Pastelita’, la gata gris de rayas, adoración de las pequeñas.
Maribel Fernanda Gómez experimentó, como no sucedía tiempo atrás, su primera noche sin violencia. Espontáneamente, se instauró en ella el optimismo de que su vida cambiaría. Lamentablemente, semanas antes del ataque, despavorida, comprobó que volvía a equivocar.
Fredy, ¿usted qué hizo?

Maribel Fernanda abandonó el hospital. Sus pulmones comenzaron a sanar, su hígado se recuperó y, claro, quedaron cicatrices, no solo en la piel. Dice que ya no es la misma. Desde la noche del ataque, nada ha vuelto a ser igual. Regresó a su trabajo. Ahora, cada cierto tiempo, debe notificar a su familia que está bien. Es una medida de seguridad diaria avisar el lugar donde se encuentra. Duerme muy poco. Como polillas encandiladas, las crisis de ansiedad oscilan a cada rato. Ella tiene un aire triste.
A veces, cuando conduce su moto, mira por el retrovisor y divisa a un motociclista con una chaqueta verde, similar al saco que usaba Fredy cuando trabajaba como mototaxista. Maltrecha, la mujer regresa al pánico. El miedo la inmoviliza sentada en la moto. Piensa: “me va a apuñalar, me va a apuñalar, me va a apuñalar…”. Cuando el motorizado la sobrepasa, su mente se tranquiliza. La primera vez que le ocurrió, se preguntó: “Dios mío, ¿qué me está pasando? ¿Por qué la mente me traiciona así?”. Su sistema de salud le asigna una cita al mes para afrontar el trauma emocional que sufre. Camina sola por los escabrosos laberintos de una voz interior consternada.
Trata de pasar el mayor tiempo posible con sus hijas, a quienes les encanta jugar a las escondidas. A veces, ellas preguntan por su papá. Dice que no es tiempo de contarles lo que hizo. Ya llegará ese momento. Les responde que está de viaje. También preguntan por el paradero de ‘Pastelita’, pero solo Fredy lo sabe.
Su familia es su mayor soporte. Al principio, un hermano la acompañaba cuando salía a la calle, pero sabe que tiene que afrontar sus miedos. Quisiera irse del país, “comenzar una nueva vida”, pero admite que es difícil. Le gustaría estudiar psicología, pero los costos universitarios son altos. Afortunadamente, en la empresa donde trabaja la han esperado en su proceso de recuperación. No mira televisión. No sale los fines de semana por miedo y, desde pequeña, le encanta el pollo sudado que preparan en su hogar.
Fredy Alexander Díaz Sepúlveda permanece detenido en una estación de Policía de Bucaramanga. Esa misma noche fue capturado. La comunidad del barrio El Rocío incineró su moto. La Fiscalía General de la Nación informó que será acusado por los delitos de tentativa de feminicidio y tentativa de homicidio agravado. Actualmente, se espera el inicio del juicio.
No obstante, Maribel Fernanda no cree en la justicia. Fredy la acosó de forma reiterada una vez lo dejó. “Me pinchaba la moto. Me perseguía. Una vez le echó algo al tanque de la gasolina. Me decía que volviera al apartamento, que lo hiciera por las niñas, intentando manipularme. Yo llamaba, avisando que él estaba incumpliendo la medida de protección que solicité, y no pasaba nada. Me intimidaba y las autoridades no hacían nada. Llamaba al CAI y me decían que no podían hacer nada. Es como si la justicia esperara a que a uno lo maten para actuar…”, lo dice con resignación.
La noche del 31 de octubre de 2024, Maribel Fernanda Gómez salió a las diez de la noche de trabajar y decidió aceptar ir al barrio El Rocío para encontrarse con un amigo. Fredy la siguió. Los atacó. A ella, primero le quitó el celular. Luego la empujó y cayó al piso. Enseguida, fue detrás del acompañante de su expareja. Lo persiguió. Le propinó 17 puñaladas. Regresó donde Maribel Fernanda. Ella entró en terror cuando vio el cuchillo ensangrentado.
- Fredy, ¿usted qué hizo?
Luego la atacó.
Estaba acostada, rodeada de un dolor en llamas. De pronto, de la nada, se acordó de su acompañante. No sabía dónde estaba, si en ese hospital o en otro. No quería pensar que hubiese muerto, pero era una posibilidad. Consiguieron el número de un familiar. Llamaron.
- Está en una UCI. Sobrevivió, pero por favor, no vuelva a comunicarse con él. No queremos saber nada de usted…
Con resignación dolorosa, lo aceptó. A la fecha cumple esa promesa. Sabe que estará sola toda la vida, llevando a cuestas un infierno que no merece.
















