Naranjito no tiene telón ni camerino; su escenario es la calle, y su reloj no marca horas, sino las luces de cambio de los semáforos. Esta es la historia de un gran artista urbano.
Muy temprano, justo cuando el calor aprieta, cuando los carros se estacionan en la esquina del semáforo y los transeúntes caminan con prisa, aparece la gran función de Naranjito.
Vanguardia lo sorprendió en la esquina de la Diagonal 15 con Avenida La Rosita, en el instante en que él transformaba la pausa de la luz roja en un espectáculo circense.
En plena ‘cebra’, se subió el telón de fondo, y sobre ese escenario fugaz aparecieron sus más divertidas historias.
Ese día lo que vimos fue la imagen de una vaquita de plástico, junto a un hombre de rostro pintado de blanco, una nariz redonda y azulada, y un vestuario que grita alegría. ¡De inmediato atrapó la mirada de la lente de este diario, de los conductores y de los peatones!
Su nombre de pila es Ernesto Jaramillo, en su versión más luminosa. Hace equilibrio sobre un monociclo, baila con desparpajo al ritmo de una salsa callejera o se transforma, en cuestión de segundos, en George, el vaquero atolondrado, o en Aurelio Cheveroni, un personaje sacado de las historias caleñas.
Cada función es breve, pero contundente: no dura más de un minuto. No obstante, en esos escasos segundos nos regala una carcajada en medio de las congestionadas calles de la capital santandereana.
Ernesto no es un artista cualquiera. Llegó a Bucaramanga, procedente de Cali, hace algunas semanas, huyendo de las difíciles condiciones de vida del Valle.
En su tierra conoció de cerca las dificultades y las heridas que no se ven a simple vista, pero nunca perdió la sonrisa ni la capacidad de hacer reír.
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“Yo entendí que la risa es un refugio y también un arma de paz. Si uno logra que la gente se ría, por un segundo que sea, uno ya hizo algo por este mundo”, dice mientras se pone la colorida peluca que hace parte de su vestuario.
Aunque su escenario es la calle, su oficio exige disciplina. Se despierta temprano, entrena frente al espejo, cuida cada detalle de la función y estudia a los peatones y conductores como si fueran críticos de teatro.
Más allá del peso que cuartilla, dice que es un vendedor de sonrisas. Algunos lo recompensan con monedas; otros, con un aplauso. A veces, ni lo uno ni lo otro. Pero Naranjito sigue, firme y creativo.
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Es un artista urbano en el más estricto sentido de la expresión. Ha aprendido a convertir el sudor en espectáculo y el silencio de los indiferentes en risas de quienes se dejan tocar por su humor callejero. No tiene escenario fijo, pero su presencia es constante.
“Uno nunca sabe quién necesita reírse hoy”, dice antes de lanzarse de nuevo a su próxima función.
Naranjito nos recuerda, entre pitos, afanes y luces intermitentes, que incluso en las esquinas más grises de la capital santandereana siempre hay lugar para la alegría y la resiliencia.
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