Aunque no tienen uniforme ni respaldo legal, algunas personas, armadas con una paleta y mucha voluntad, intentan hacer lo que las autoridades no alcanzan: ordenar el tráfico en las congestionadas vías. Vanguardia acompañó a varios de ellos en esta singular misión.
Sábado, 1:10 p. m. En la congestionada vía que comunica el sector de Conucos con la carrera 33 y el Viaducto La Flora, un hombre joven, con gorra de colores azul y blanco y chaleco gris, alza su improvisada paleta de ‘PARE’ con una mano, mientras con la otra, y el pito en la boca, da señales a los vehículos para que avancen. La congestión está a punto de exasperar a los conductores tras una larga fila.
Pese a ello, y aunque este joven no es alférez, los conductores le obedecen sin chistar. Nadie pita, nadie discute, y por fin todo fluye.
Él mismo joven aclara que no trabaja para la Alcaldía, ni mucho menos para una entidad privada. Eso sí, cuando puede, extiende la mano para recibir uno que otro peso por su singular labor.
Se llama Arley Castro Cordero, bordea los 19 años y -según nos cuenta- siempre viene desde Girón hasta este punto de la carrera 33 para ayudar a frenar el caos.
Se define como un ciudadano “que se la rebusca colaborando con la movilidad”. Es uno de esos jóvenes que, en horas pico, por cuenta propia se convierten en reguladores espontáneos del tráfico en puntos neurálgicos de Bucaramanga.
Reitera que lo hace por unas monedas, claro, pero también por convicción. En sus propias palabras: “Si uno no ayuda, este punto de Conucos queda atascado”.
“A veces me hago 20 mil pesos, a veces más, a veces menos. Algo es algo”, dice con resignación.
Además de la zona de La Flora, los puntos donde suele vérsele son la salida de La Floresta, sobre la antigua vía a Floridablanca, y la calle 56 con carrera 15, donde los trancones se anidaron.
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“Yo paso por aquí todos los días, al mediodía y en la tarde, y créame que es más fácil ver a este señor con su paleta que a un agente de tránsito”, afirma Luis Fernández, conductor de un carro particular.
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“Ellos, los alféreces de verdad, brillan por su ausencia. Y cuando aparecen, están más pendientes de otra cosa que de ordenar el paso”, dice Alberto Mora, otro conductor habitual de la zona.
Según cifras oficiales, Bucaramanga cuenta con apenas 166 agentes viales, de los cuales un número significativo cumple funciones administrativas o atiende eventos especiales.
Si se hiciera un cálculo simple, a cada uno le correspondería vigilar, en su turno de ocho horas, un promedio de 12.709 vehículos, entre carros y motos. Una carga claramente imposible de manejar con eficacia.
“Lo que más duele es que los pocos alféreces que hay no están donde uno los necesita”, comenta Gerardo Castellanos, un taxista con más de 15 años de experiencia.
Aunque esta práctica no está permitida legalmente ni cuenta con respaldo institucional, lo cierto es que muchos ciudadanos la toleran -y hasta la agradecen- porque representa un alivio temporal frente al desespero cotidiano de las calles congestionadas. Para muchos, estos ‘alféreces ciudadanos’ llenan un vacío que la autoridad no logra cubrir.
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Desde la Dirección de Tránsito, sin embargo, advierten que estas acciones “pueden representar riesgos tanto para los improvisados controladores como para los conductores, y recuerdan que regular el flujo vehicular es una función exclusiva del personal autorizado. Por lo tanto, es una práctica ilícita”.
Pero mientras no se amplíe la planta de agentes ni se optimice su distribución en las zonas críticas, estos ‘voluntarios por necesidad’ seguirán en las calles.
Hay que decirlo: en Bucaramanga, como en muchas otras ciudades del país, el orden vial no depende solo del reglamento, sino también -y tristemente- de la informalidad, que se inventa maneras de sobrevivir y, de paso, hace lo que nadie más quiere o puede hacer.
















