Esta la historia de un bonito reencuentro que demostró que los sueños no caducan: la mítica promoción del 75 del colegio Tecnológico.

El pasado sábado, los pasillos de la Institución Educativa Dámaso Zapata de Bucaramanga, plantel más conocido como el Tecnológico, volvieron a llenarse de voces conocidas. Eran las mismas de hace medio siglo, pero ahora más pausadas, más graves y más sabias. El eco de aquellas risas jóvenes volvió a recorrer los corredores como si el tiempo, compasivo por un instante, hubiese decidido detenerse.

Los “jóvenes” de 1975 regresaron a su colegio con los cabellos plateados, la piel surcada de historias y el corazón intacto. Medio siglo después, la vida les regaló aquello que la historia les había negado: su “prom”. Una celebración que no solo evocó la juventud perdida, sino también la fuerza de la memoria que resiste el paso de los años.

Estuvieron representantes de los grupos 6° A y 6° B, de la especialidad de Electricidad; 6 °C y 6° D y 6° E, de Mecánica; y 6° F, de Dibujo. Junto a ellos vimos a algunos de los ‘profes’ de la época, entre ellos, los docentes Antonio Jáuregui Rojas, Aura Luz Castro y Jorge García Mendoza.

Algo de historia

Corría 1975 cuando todo se detuvo. Aquellos muchachos soñaban con su fiesta de graduación, con las corbatas bien puestas y los zapatos brillantes, con la ilusión de cerrar un ciclo y abrir otro. Pero el país ardía en protestas y convulsiones, y el Tecnológico -que entonces compartía edificio con la UIS- se vio envuelto en el torbellino de la época.

El hermano lasallista Luciano Andrés, recordado con afecto como Luis Alejandro Ruiz, era el rector. Hombre justo y firme, tuvo que cargar con la decisión más dolorosa: dar por terminado el año escolar a finales de octubre y cancelar la ceremonia de graduación. Las pancartas reemplazaron los diplomas; las consignas, la música. Y aquella juventud, que merecía aplausos, se despidió en silencio, sin fiesta, sin fotos, sin el abrazo final. Los diplomas llegaron después, fríos, por correo o ventanilla, sin testigos, sin lágrimas, sin ceremonia.

Cincuenta años más tarde, el destino les devolvió la escena que había quedado pendiente. El mismo salón -que aún huele a tiza, madera y recuerdos- los recibió de nuevo.
Se reencontraron con su historia, con los amigos de siempre, con los ecos de los recreos, los regaños y los primeros amores. Nada se había borrado: todo seguía ahí, esperándolos, como si el colegio también los hubiera estado aguardando medio siglo.

La ceremonia fue sencilla, pero profundamente simbólica. Hubo risas y lágrimas, abrazos largos, fotos nuevas para un álbum que el tiempo nunca logró cerrar.
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Allí estaban Julio E. Mogollón, Cristo D’Vera Toscano, Alberto Jany Barbosa, César Augusto Torres, César Gerardo Ortiz y Elber Raúl Lancheros, los organizadores de este reencuentro que se propusieron cumplir un sueño aplazado por medio siglo. Y, entre los nombres que alguna vez resonaron en las aulas, volvieron a mencionarse con orgullo los de Álvaro y Sergio Marín, del clan Marval; el pastor Harold Beltrán; el rector de la UIS, Hernán Porras; Bernabé Celis, y muchos otros que desde diferentes caminos honraron el legado del Tecnológico.
Cada uno de ellos recibió una copia del diploma o el cartón de bachiller que se les debió entregar en aquel histórico momento de 1975.

El acto se realizó entre los muros del ayer, en ese lugar donde los pasos de los estudiantes alguna vez retumbaron con fuerza juvenil. Hoy, esos pasos son más lentos, pero suenan igual de firmes. Porque para ellos el Tecnológico no es solo un colegio: es una patria pequeña de afectos, una memoria viva de Bucaramanga, un rincón donde aprendieron no solo matemáticas y oficios, sino también la amistad, la disciplina y el amor.

Al final de la jornada, entre abrazos y promesas de volver, alguien murmuró con emoción contenida: “Tardó cincuenta años la “prom” del 75… pero valió la pena". Y todos asintieron.

Porque este sábado que pasó no solo se vivió una graduación tardía: fue una celebración de la vida, de la fidelidad al pasado y de la esperanza que nunca envejece. Una prueba de que los sueños no mueren: tan solo esperan el momento preciso para volver a brillar. ¡Mil felicitaciones para la mítica promoción 75 del Tecnológico!
















