Ana llegó a Bucaramanga sin rumbo, con miedo y sin documentos, pero encontró algo que no esperaba: humanidad. Desde esa experiencia nace el regalo para la ciudad.

Publicado por: Danilo Cárdenas
Ana estaba llorando en una esquina de Bucaramanga. No entendía las direcciones. No se ubicaba en la ciudad. No sabía dónde estaba ni hacia dónde ir. La única certeza que poseía era que estaba sola. En ese momento apareció lo que para ella es una de las cosas más bonitas de Bucaramanga: la bondad de las personas, que la hicieron sentir protegida y la cuidaron.
Ana Castellanos no es bumanguesa, ni santandereana, ni colombiana. Nació en Venezuela, en el estado de Valencia. Se formó y trabajó como médica en el Hospital Central de la misma ciudad. Era alguien que destacaba por su liderazgo, visión y pasión por cuidar a las personas.
Por esta misma razón, cuando las injusticias comenzaron, ella no dudó en alzar su voz para protestar. En su hospital había escasez de medicamentos; los insumos no llegaban ni a los pacientes ni a los doctores. Se quedaban fuera del hospital, en manos de revendedores que solo buscaban beneficio propio.
Lo que Ana denunciaba no era una percepción aislada. En febrero de 2019, la Agencia Francesa de Prensa (líder mundial en noticias) informó que la escasez de medicamentos se estimaba en alrededor del 85 %. Un vocero de Médicos por la Salud indicó que la escasez promedio de medicamentos entre noviembre de 2018 y diciembre de 2019 fue del 49 % en las salas de emergencia y del 35,6 % en las salas de hospitalización.
Ana protestó y, como suele pasar en gobiernos autoritarios, su voz fue silenciada. Fue arrestada en los sótanos del CPC 6, en Caracas (Cuerpo de Policía Criminalística), donde, luego de un motín, escapó. La situación política en el país la llevó a salir. Ella no tenía plan migratorio, ni mucho menos documentos.
Una ciudad que no dio caridad, sino abrigo
Su primer refugio fue la casa de unos familiares. Comenzó a vivir el duelo de no poder ejercer la profesión para la cual se preparó por años. Sin embargo, ella sabía que tenía que trabajar y salir adelante. Pasó del bisturí a realizar labores como asistente de cocina y distintas tareas de mantenimiento.
Entre los vaivenes del día a día, Ana descubrió una ciudad protectora. Encontró en ella la figura de una madre, un lugar que no la ayudó por caridad, sino por actos de humanidad genuina. Cada vez que recuerda sus primeros días en la ciudad, sus ojos se empañan y su voz se torna un poco más nostálgica.

Considera que Bucaramanga es una ciudad “bendita” para emprender. “Solo falta una pequeña chispa y la ciudad misma te empuja a crecer”, menciona Ana. Por eso ha realizado una labor que, desde su punto de vista, es comunitaria, formativa y solidaria.
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Ella comenzó a enseñarles a mujeres a realizar muñecas de trapo; su idea ha superado a Bucaramanga y se ha extendido a países como Costa Rica, Panamá, Chile, Brasil, Cuba y Venezuela. Las muñecas no llegaron por casualidad: hacen parte de su historia familiar.
Su madre y su abuela, migrantes colombianas en Venezuela, las elaboraban cuando ella era niña. Aunque entonces participó poco, hoy ese recuerdo cobra sentido. Para Ana, la anatomía de una muñeca se parece a la del cuerpo humano; es una forma de seguir trabajando con personas, aunque ya no desde la medicina. Cada puntada es, a su manera, una continuidad de su vocación de cuidar.

Además de esto, Ana, quien siempre tuvo el liderazgo en su corazón, está a cargo de varios grupos de migrantes en Bucaramanga. En estos espacios comparte información migratoria, difunde emprendimientos y apoya a quienes venden comida y otros productos. Su ayuda se basa en orientar, conectar y visibilizar.
Además, da mensajes positivos todos los días: mensajes de gratitud, resiliencia y amor por la vida. Puesto que conoce cómo se siente un migrante al llegar a un lugar completamente extraño, y así como varios bumangueses lo hicieron con ella, quiere seguir repitiendo ese gesto.
Un regalo tejido con gratitud
Bucaramanga cumple 403 años y, como en todo cumpleaños, la pregunta se repite: ¿qué regalo merece una ciudad? Algunos dirán más obras, otros hablarán de seguridad o de embellecer sus parques. Pero hay regalos que no se envuelven ni se inauguran con cinta tricolor. Hay regalos que llegan caminando, con acento extranjero, con miedo en los bolsillos y con gratitud en las manos.
Cuando se le pregunta a Ana por el regalo perfecto para Bucaramanga, no duda. Habla de embellecerla, de cuidar “La Manga”, como le dice de cariño, ese pulmón verde que describe como “una dama hermosa, señorial”. Recuperarla, dice, sería un gran regalo.

Pero luego va más allá. Dice que ella le regalaría conocimiento. Cultura. Tradición. Enseñar a hacer muñecas de trapo para que no se pierda lo antiguo, para reciclar, para no contaminar, para demostrar que sí se puede crear con amor y respeto.
Tal vez ahí está la respuesta que Bucaramanga no estaba buscando, pero que ya tiene. En sus 403 años, la ciudad no necesita solo cemento ni cifras. Necesita seguir siendo ese lugar donde una mujer perdida puede llorar en una esquina y encontrar consuelo. Donde un migrante puede sembrar comunidad. Donde el regalo no llega en una caja, sino en forma de gratitud que se teje, puntada a puntada, con manos extranjeras que ya son parte de casa.

















