Historia de una prisión que pocos recuerdan en Bucaramanga y que estaba ubicada en el barrio del mismo nombre.

El fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad caliente al mediodía para el director de prisiones de Bucaramanga, Belisario Cobos, cuando le informaron que el recluso Santiago Gómez Buenahora, a las diez de la mañana, burló a sus guardianes y se escapó de la cárcel.
No era el primero en fugarse en Bucaramanga, pero a dos días del trasteo del centro de reclusión a las nuevas instalaciones de la penitenciaría de La Modelo, en el sector de Campo Hermoso, el hecho fue todo un escándalo en Bucaramanga.
Cinco días atrás, otro interno, Franco Salazar, también huyó de la prisión simulando estar enfermo. Franco fue llevado al sanatorio de la cárcel La Concordia, ubicado en el segundo piso de la gran casona, levantada en tapia pisada sobre la carrera 16 con calle 50.
El guardián de turno dejó solo al prisionero en uno de los cuartos, con piso en tabla de madera. Franco aprovechó la oportunidad para escapar, descolgándose por la ventana y huyendo por la carrera 17.
Tres días después y ante las repetitivas fugas, no solamente en Bucaramanga, sino en otros presidios de la región, el entonces ministro de Justicia, Vicente Laverde Aponte, ordenó mediante un comunicado “redoblar con celo la vigilancia en los penales con el fin de prevenir cualquier evasión...”.
Antes de que La Modelo se convirtiera en el símbolo del encierro, La Concordia fue escenario de fugas y torturas que retratan una época en la que la justicia se imponía entre cabuyas, silencios y aguas negras.
Por eso, la fuga del preso Santiago Gómez Buenahora, quien por su buena conducta ganó el derecho de colaborar en la logística del traslado de la cárcel La Concordia, fue un duro golpe para el sistema carcelario de Bucaramanga, que apenas unas décadas atrás acostumbraba a amarrar a los prisioneros con cabuyas.

El entonces calabozo estaba ubicado en un humilde cuarto de un edificio de dos pisos, construido en el siglo XIX para la Alcaldía, en el marco del parque Custodio García Rovira.
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El historiador y sociólogo Emilio Arenas afirmó a Vanguardia que a principios del siglo XX una de las oficinas de la Alcaldía de Bucaramanga cumplía las funciones de cárcel. “Allí mantenían a los prisioneros amarrados con cabuyas. Los presos eran una cosa mínima en ese entonces en la ciudad. Fue solamente después de la Guerra de los Mil Días que se pensó en contar con una cárcel, pues el número de prisioneros aumentó considerablemente, por lo que debían ser trasladados en cepos hasta Pamplona...”.
Uno de los castigos más recurrentes en La Concordia era sumergir al prisionero en aguas excrementas
La Guerra de los Mil Días, conocida también como la guerra de los Tres Años, tuvo lugar desde el 17 de octubre de 1899 hasta el 1 de junio de 1903, en la cual se enfrentaron conservadores y liberales. La confrontación dejó más de 100 mil muertos, equivalentes a 1,1 millones de personas en la actualidad, pues era el 2,5 % de la población nacional de entonces.
Emilio Arenas agregó que después de la guerra se contaba con muchos prisioneros que requerían de un lugar para albergarlos. “En la posguerra Bucaramanga creció y la cárcel era una necesidad, por lo que se decidió construirla en los extramuros de la ciudad. Bucaramanga llegaba hasta lo que hoy se conoce como La Rosita, que tomó el nombre de dos negocios conocidos como Rosa y La Rosita, que se presume eran guaraperías”.
En 1905, el presidente Rafael Reyes levantó en el sector una plaza llamada La Concordia, como una forma de apaciguar los odios partidistas. “Entonces la zona tomó ese nombre. En torno a esta plaza se fueron construyendo viviendas y negocios hasta que se estableció el actual barrio”, precisó Emilio Arenas.
A principios del siglo XX, esta parte de la ciudad era poco poblada, bordada de barrancos, espesos matorrales, unas cuantas viviendas y una carnicería.
Sin celdas, pero con castigos extremos; sin muros modernos, pero con miedo permanente. Así funcionó durante décadas la cárcel La Concordia en la ciudad.
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La cárcel asumió el nombre de La Concordia y luego se constituyó oficialmente el barrio en 1947, que contó con cárcel hasta el 24 de febrero de 1961, cuando a las ocho de la mañana se ordenó el traslado final.
¿Torturas en La Concordia?
Una de las características únicas de la cárcel La Concordia era su falta de celdas o calabozos.
La cárcel era una edificación vetusta que ocupaba casi toda una manzana. Sus techos eran de teja de barro y sus puertas fueron construidas en madera. Las celdas eran cuartos pequeños donde se ubicaban varios camarotes. Pero como todo presidio, sus pasillos puede que sean sordos, pero nunca mudos. La historia judicial de la cárcel La Concordia no puede contarse sin hacer referencia a uno de los reclusos más temidos y perseguidos: ‘El Vampiro’.

En febrero de 1955, el asesinato de dos niños y la desaparición de otros dos menores convirtieron a un albañil y carpintero en el hombre más odiado en Santander. A Pedro Vicente Calderón Acosta, de 33 años, lo acusaron de cometer horrendos vejámenes contra menores, a quienes marcaba con letras y números.
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Su primera víctima apareció el 22 de febrero de 1955. Un grupo de niños sintió curiosidad al observar a lo lejos unos chulos que devoraban a picotazos un bulto que parecía ser un perro muerto.
La chulamenta estaba alborotada unos 20 metros arriba del puente de la carrera 21 con calle 47 (hoy avenida La Rosita). Allí se construyó un puente peatonal en cemento para pasar una hondonada. Este era un paso de estudiantes. Cuando los niños se acercaron, atraídos por los rebolludos chulos, encontraron que no se trataba de un animal sino del cuerpo semidesnudo de un niño de siete años, a cinco metros de la quebrada ‘La Rosita’, con señales de estrangulamiento y abuso sexual.
Los hombres del Servicio de Inteligencia de Colombia encontraron un papel sucio y ensangrentado en la prenda que contenía las siguientes palabras: “Vampiro-BIS 110”. Fue tal el choque emocional en la ciudad que la firma Gaseosas Hipinto ofreció la suma de 500 pesos a la persona que diera información sobre el paradero del autor del crimen. En esa época, arrendar una casa costaba mensualmente entre 10 y 15 pesos, así que se hablaba de una suma considerable de dinero.
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El SIC llevó a Pedro Vicente Calderón Acosta a la cárcel de La Concordia, luego de que varias personas lo identificaran como el ‘Vampiro’. En la cárcel lo mantuvieron con una mano amarrada a los testículos con cabuya por largo tiempo, le hicieron beber agua del inodoro y le introdujeron objetos en las uñas. Todo para que ‘cantara’. Hasta que confesó. Uno de los castigos más recurrentes en La Concordia era sumergir al prisionero en aguas excrementas.
A las ocho de la mañana del viernes 24 de febrero de 1961, llegaron dos autobuses a la entrada de la cárcel La Concordia. En total, 120 prisioneros estaban listos desde las primeras horas de la mañana para llegar a las celdas de la recién construida penitenciaría La Modelo. ‘El Vampiro’ tomó un autobús. Se dice que Pedro Vicente salió de La Modelo en los años ochenta en un féretro, al morir de viejo, como le ocurrió a la cárcel de La Concordia.












