Las lluvias arrecian y el peligro crece en los asentamientos que se han creado en el margen del afluente. Autoridades encienden las alarmas.

En inmediaciones del asentamiento El Gallineral, en los límites con Giron, el Río de Oro ya no suena a corriente: ruge. Y cuando llueve -tal y como ha ocurrido sin tregua durante los últimos días- ese rugido se convierte en una amenaza que se mete por las rendijas de las casas y en la cabeza de quienes viven pegados a la ribera.
Son 139 las familias que habitan este asentamiento informal, levantado a pulso sobre una franja de tierra que el río reclama cada vez que el cielo se oscurece.
Allí no hay muros de contención ni promesas que alcancen. Solo hay casas de madera, zinc y plástico; otras de ladrillos, y una espera angustiosa por saber si esta noche el agua va a subir un poco más.
“Uno no duerme cuando llueve”, dice María, madre de tres niños, mientras señala una marca oscura en la pared: hasta ahí llegó el río en el último aguacero fuerte. “¿Para dónde nos vamos? No tenemos familia que nos reciba, no tenemos arriendo para pagar. Si salimos de aquí, es para la calle”.
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El drama no es nuevo, pero la temporada de lluvias lo ha hecho más crudo. El caudal crece en cuestión de minutos y el suelo, saturado, cede. Algunas viviendas ya presentan grietas; otras se sostienen por pura fe. En varias casas, los habitantes han tenido que levantar camas y electrodomésticos sobre bloques o guaduas para evitar que el agua se los lleve.
José, un adulto mayor que llegó a El Gallineral hace más de una década, cuenta que cada aguacero es una ruleta rusa. “Aquí uno vive con la ropa lista por si toca salir corriendo. Pero salir ¿a dónde? A uno le dicen que desaloje, pero nadie le dice para dónde coger”.
Los niños también sienten el miedo, aunque no siempre lo sepan nombrar. Cuando llueve fuerte, muchos se refugian en silencio, abrazados a sus padres, mientras el sonido del río golpea como un tambor constante. “Ellos preguntan si la casa se va a caer”, relata Doña Josefa, otra habitante. “Y uno les dice que no, pero por dentro no está tan seguro”.
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Las familias reconocen el riesgo, pero insisten en que no se trata de terquedad. La mayoría llegó allí empujada por la pobreza, el desempleo o el desplazamiento. El Gallineral no fue una elección cómoda: fue la única opción. “Si hubiera otro lugar, créame que nadie querría vivir con el agua encima”, resume un vecino.
Hoy, con las lluvias recrudecidas, el miedo se mezcla con la resignación. Cada nube negra es una alerta, cada noche un acto de resistencia. En la ribera del río de Oro, estos hogares siguen aferradas a lo poco que tienen, no porque quieran quedarse, sino porque no tienen para dónde coger.

















