Bucaramanga
Lunes 16 de febrero de 2026 - 01:25 PM

El Centro de Bucaramanga: corazón histórico que hoy reclama dolientes

La zona céntrica de la capital santandereana es la casa de todos y al final de nadie: todos llegan a esta parte de la ciudad, pero ninguno se preocupa por la suerte que corra.

El caos de la zona de El Centro. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)
El caos de la zona de El Centro. (Foto: Marco Valencia / VANGUARDIA)

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Hoy presentamos un revelador informe sobre la zona Centro de Bucaramanga, un territorio que respira historia en cada esquina, pero que también exhibe cicatrices profundas: edificaciones que envejecen en silencio, comercio informal que crece sin control, congestión vehicular, calles que alternan entre vitalidad y abandono, y una sensación persistente de orfandad institucional.

A todo eso se suma el mal parqueo, la falta de andenes, el mal estado de las vías, lo que aumenta la preocupación por el bajo índice de espacio público efectivo en la zona.

Lo anterior sin mencionar la inseguridad, que hoy por hoy es uno de los lunares negros que más afecta a la comuna.

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El complejo panorama de El Centro de Bucaramanga no solo golpea a los ciudadanos de a pie, también afecta al comercio formal. Según este sector, el caos que reina en la zona reduce las ventas, ahuyenta clientes, debilita la economía y termina por pasarles la factura de cobro.

A continuación presentamos la radiografía que encontramos de El Centro de Bucaramanga.

Ficha del sector

Congestión en El Centro.  (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)
Congestión en El Centro. (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)
  • Nombre: El Centro.
  • Delimitación: Abarca el cuadrante comprendido entre la Avenida Quebrada Seca y la calle 45, entre las carreras9 y 21.
  • Comuna a la que pertenece: Número 15.
  • Áreas vecinas: Alfonso López, Chorreras de Don Juan y parte de García Rovira.
  • Estrato: Comercial.
  • Población: Al menos aquí residen 5.302 habitantes. Es importante precisar que esta es un área comercial y, por lo tanto, no tiene carácter residencial.
  • Entidades educativas: El Instituto Tecnológico Salesiano ‘Eloy Valenzuela’; la ‘Camacho Carreño’, que está en vía de reconstrucción; y el ‘Simón Bolívar’, entre otras instituciones.
  • Centros de acopio: Plaza de Mercado Central y una buena cantidad de supermercados que funcionan en la zona.
  • Sitios de interés: La Plaza Cívica Luis Carlos Galán, Casa de Bolívar, Casa Luis Perú de la Croix, la Casa del Libro Total, El Monumento a los Fundadores, Hotel Bucarica-UIS, el Coliseo Peralta, el Centro Cultural del Oriente, el Teatro Santander, el Club del Comercio, la Casa de Bolívar y, en general, la zona histórica de la calle 37.
  • Paseos: Del Comercio, España y Comuneros.
  • Pasajes: Aurelio Martínez, Santander, Colón, Rosedal, Andino y Cadena.
  • Parques: Custodio García Rovira, Romero, Centenario, Santander, Bolívar y Antonia Santos Centro.
  • Centros oficiales: La Alcaldía de Bucaramanga y la Gobernación de Santander.
  • Puestos de seguridad: El Comando del Departamento de Policía Santander.
  • Centros asistenciales: La Cruz Roja, El Isabú y el Cuerpo de Bomberos.
  • Asilos: El Centro de Bienestar del Anciano, la Posada del Peregrino y el Asilo San Antonio.
  • Otros sitios: San Andresito Centro, San Bazar, La Isla, la Cámara de Comercio de Bucaramanga, Colseguros, Omnicentro, Éxito Centro, Feghaly y Vanguardia, entre otros.
  • Parroquias: Catedral de la Sagrada Familia, San Laureano y la Capilla de los Dolores.
  • Organismos cívicos: La Junta de Acción Comunal y la Junta Administradora Local de la Comuna 15.
  • Principales problemas: La inseguridad, la congestión y la proliferación de ventas informales.

El ayer de El Centro: un lugar que respira memoria

Viaje por estos lugares históricos de Bucaramanga, (Archivo/VANGUARDIA)
Viaje por estos lugares históricos de Bucaramanga, (Archivo/VANGUARDIA)

Por el corazón de las calles empedradas de El Centro corría una pequeña quebrada que arrastraba las aguas lluvias y residuales de la naciente Bucaramanga. Aquella corriente partía en dos las vías y les daba un aire rústico, casi rural, a un sector que con el tiempo se convertiría en el epicentro urbano.

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El ayer de Bucaramanga. (Archivo/VANGUARDIA)
El ayer de Bucaramanga. (Archivo/VANGUARDIA)

Una de esas arterias era la actual calle 37. Los cronistas cuentan que allí se levantaban las casas de las familias más acomodadas, en una época en que el prestigio se medía por la cercanía a la plaza y al poder local. Las noches se iluminaban con lámparas de arco voltaico, cuya luz blanca y vibrante acompañaba el paso sereno de los vecinos.

El ayer de Bucaramanga. (Archivo/ VANGUARDIA)
El ayer de Bucaramanga. (Archivo/ VANGUARDIA)

A comienzos del siglo XX, el lugar aún conservaba el aliento colonial. Las viviendas lucían techos de teja de barro, muros de tapia pisada, caña brava y acabados sencillos que hablaban de otro tiempo. Eran construcciones levantadas con las manos y los saberes de la tierra. Cada fachada era una página de historia; cada zaguán, un relato familiar.

El parque García Rovira, en sus inicios. (Archivo/VANGUARDIA)
El parque García Rovira, en sus inicios. (Archivo/VANGUARDIA)

Por aquellos días, desde lugares hoy desaparecidos como Puerto Botijas o Puerto Santos, llegaban recuas de mulas cargadas de mercancías. Entraban por las calles polvorientas rumbo a los almacenes, dinamizando una economía que comenzaba a tomar impulso. El paisaje urbano se completaba con el pintoresco acueducto de las tres B —Bobo, Barril y Burro—, un sistema elemental pero eficaz que llevaba agua a los hogares de la población de aquel entonces.

Las Tres B: Burro, Barril y Bobito. (Sector de Chorreras de Don Juan) / Archivo / VANGUARDIA
Las Tres B: Burro, Barril y Bobito. (Sector de Chorreras de Don Juan) / Archivo / VANGUARDIA

En el entorno de la plaza funcionaban chicherías y guaraperías como La Socorrana y Las Delicias, donde el bullicio popular marcaba el ritmo de las tardes. Y en la calle 33, entre carreras 13 y 14, se levantaba el recordado Hotel Santander, más cercano a una fonda colonial que a un hotel moderno: con posada, potrero y un singular aire hospitalario.

Pero el tiempo, implacable y transformador, llamó a la puerta. La actividad productiva y comercial que creció con fuerza en la primera mitad del siglo XX atrajo nuevas manos, nuevas familias y nuevas necesidades.

Alrededores del Parque García Rovira, a comienzos del siglo pasado. (Archivo/VANGUARDIA)
Alrededores del Parque García Rovira, a comienzos del siglo pasado. (Archivo/VANGUARDIA)

El Centro comenzó a expandirse y a cambiar su fisonomía. Las viejas calles se ensancharon hasta convertirse en avenidas; el sonido de los cascos de mula fue reemplazado por el tráfico vehicular; las familias pudientes migraron hacia otros sectores y El Centro emprendió cambió. Edificaciones más altas sustituyeron a muchas casonas coloniales. El comercio ganó terreno, la vida administrativa se consolidó y el sector se convirtió en punto de encuentro obligatorio para todos.

Aun así, entre el concreto y el asfalto, sobreviven huellas del pasado: las palmas del tradicional Parque García Rovira continúan elevándose como testigos silenciosos, y todavía se conserva la casa donde se hospedó Simón Bolívar.

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Foto de El Centro de Bucaramanga, a finales de los años 60 y comienzos de los 70. (Archivo/VANGUARDIA)
Foto de El Centro de Bucaramanga, a finales de los años 60 y comienzos de los 70. (Archivo/VANGUARDIA)

Hoy, El Centro se reconoce como un espacio donde convergen comercio, trámites, memoria y cotidianidad. Ya no es el mismo de las quebraditas ni de las lámparas de arco voltaico, pero tampoco ha perdido del todo su alma. Se ha transformado, sí, a veces con dureza, a veces con nostalgia.

Una mirada nocturna

El caos de El Centro en la noche. (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)
El caos de El Centro en la noche. (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)

Cuando la noche cae sobre el Centro de Bucaramanga se da una ‘metamorfosis’ que, si bien es parecida al caos que se vive de día, resulta ser una transformación más inquietante. Lo que durante el día es comercio, tránsito y voces, al anochecer se convierte en un territorio donde la penumbra parece tener el control. Las luces de varios postes no encienden, y las sombras se adueñan de cuadras enteras.

En las esquinas, las bolsas de basura se acumulan sin que nadie las recoja. Algunas han sido rotas por animales o por personas que buscan entre los desechos algo útil o algo que vender. El olor es penetrante. A pocos metros, un hombre envuelto en una cobija improvisada se acomoda sobre un cartón. “Aquí uno se acostumbra a todo, incluso al miedo”, dice en voz baja, sin revelar su nombre.

El Centro, dormitorio improvisado de personas en situación de calle.
El Centro, dormitorio improvisado de personas en situación de calle.

Más adelante, en una cuadra, un taxista observa con cautela antes de avanzar. “Después de las nueve de la noche esto cambia completamente. Uno recoge carreras, pero con cuidado, porque ya han atracado a varios compañeros”, asegura Óscar, quien lleva quince años trabajando como conductor. Señala una esquina donde, según dice, los delincuentes aprovechan la oscuridad para acercarse sin ser vistos.

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Mirada nocturna
Mirada nocturna

Las puertas entreabiertas de algunas viviendas dejan ver movimientos discretos. Son casas de lenocinio que, según vecinos, funcionan desde hace años. La música suena en bajo volumen, pero suficiente para delatar su presencia. “Esto se llena de gente extraña, carros que llegan y se van rápido. Nadie controla nada”, afirma Marta, comerciante del sector, quien cierra su negocio antes de las seis de la tarde. “Antes uno podía quedarse un poco más, ahora no. El miedo lo saca a uno corriendo”.

En otras cuadras, pequeños grupos permanecen reunidos en las aceras, consumiendo drogas sin ocultarse. El humo se mezcla con el aire pesado de la noche.

Algunos observan fijamente a quienes pasan, otros simplemente permanecen ausentes, atrapados en su propio mundo. “Uno evita mirar, evita pasar cerca. Aquí cualquier cosa puede pasar”, cuenta Javier, un vigilante privado que trabaja en un edificio cercano. Dice que ha visto robos, peleas y persecuciones.

Las pocas personas que aún caminan por la noche en El Centro lo hacen mirando hacia todos lados, con la urgencia de quien sabe que no debe quedarse. El sonido lejano de una motocicleta acelera los nervios. Nadie se detiene más de lo necesario.

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Drogas alucinógenas.
Drogas alucinógenas.

Cuando la noche avanza, El Centro respira un desorden que no necesita anunciarse para sentirse. Es un territorio que resiste, pero que también advierte. Quien lo cruza lo sabe: aquí la noche es sinónimo de riesgo. Y mientras las horas pasan, queda la sensación de que este corazón urbano, que alguna vez latió con fuerza, hoy sobrevive entre sombras, esperando que alguien vuelva a encender la esperanza que la oscuridad parece haber apagado.

El comercio formal, el más golpeado por los problemas

El desorden y la falta de autoridad que reinan en El Centro, de manera literal, ‘les pasa la factura’ a los comerciantes formales. Ellos alegan que el caos les baja de manera considerable sus ventas. (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)
El desorden y la falta de autoridad que reinan en El Centro, de manera literal, ‘les pasa la factura’ a los comerciantes formales. Ellos alegan que el caos les baja de manera considerable sus ventas. (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)

El crecimiento de la informalidad es evidente. La carrera 15 con calle 34, por citar solo un ejemplo, está invadida de ventas ambulantes. Ello afecta a la movilidad y al comercio formal.

Omar Grazt, de la Mata del Café, es uno de los mejores baristas de Santander.
Omar Grazt, de la Mata del Café, es uno de los mejores baristas de Santander.

“Cada día es más difícil sostener un negocio formal en El Centro. Nosotros pagamos arriendo, impuestos, servicios y empleados, y aun así somos los más afectados”, afirma Omar Grazt, quien expresa la frustración de decenas de empresarios que ven caer sus ventas mientras el entorno se deteriora. A su juicio, la inseguridad, la invasión del espacio público y el desorden han convertido la actividad comercial en una batalla diaria por mantenerse a flote.

Explica que la ocupación permanente de andenes y vías por vendedores informales no solo dificulta el paso de los peatones, sino que tapa vitrinas y resta visibilidad a los negocios que sí cumplen la ley.

El problema se agrava con la congestión vehicular causada por el mal estacionamiento y los “terminalitos” ilegales, que generan más caos. Muchos clientes optan por evitar El Centro ante la dificultad para llegar o parquear.

A esto se suman las restricciones de pico y placa que, aunque buscan ordenar el tránsito, impactan la dinámica comercial al reducir la circulación de potenciales compradores.

La inseguridad es otro de los factores que más afecta al comercio formal. La escasa presencia de autoridades ha obligado a varios establecimientos a cerrar más temprano. “Antes el Centro tenía vida hasta más tarde; hoy la oscuridad y el miedo nos obligan a bajar las rejas después de las 6 de la tarde”, lamenta Grazt, al advertir que menos horas abiertas significan menos ingresos.

Desaseo en sus calles.
Desaseo en sus calles.

Además, la acumulación de basuras, la presencia creciente de habitantes de calle y el consumo de sustancias en vía pública, junto con la contaminación auditiva generada por algunos establecimientos sin control, configuran un ambiente poco atractivo para compradores y visitantes. Todo ello termina afectando directamente al comercio formal.

En este contexto, los empresarios sostienen que compiten en condiciones desiguales. Mientras asumen altos costos en salarios, impuestos, arriendos y obligaciones legales, la informalidad y el contrabando operan con menores exigencias y bajo control institucional limitado. La consecuencia, advierten, es la reducción de ingresos y el riesgo real de cierre para negocios que durante años han generado empleo y dinamizado la economía local.

Preguntas y respuestas

Los andenes de El Centro son vitrinas públicas. (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)
Los andenes de El Centro son vitrinas públicas. (Foto: Jaime Moreno / VANGUARDIA)

Frente a este panorama, Alejandro Almeyda, director ejecutivo de Fenalco, recalca que el comercio formal enfrenta una situación crítica marcada por la inseguridad, el deterioro del entorno y la ocupación del espacio público.

  • ¿Cuáles son las principales preocupaciones del comercio formal en el centro de Bucaramanga?

Los empresarios identifican como principales inquietudes la inseguridad y la no acción de las autoridades. También señalan problemas de movilidad derivados del mal estacionamiento y de los llamados “terminalitos” ilegales, así como la acumulación de basuras, la presencia de habitantes de calle y el consumo de sustancias en la vía pública.

Adicionalmente, manifiestan afectaciones por la contaminación auditiva generada por algunos establecimientos. Subrayan, además, la necesidad de reactivar la actividad nocturna, pues la oscuridad y la falta de presencia institucional los obligan a cerrar más temprano.

  • ¿Qué tipo de retos enfrentan los comercios formales en El Centro de Bucaramanga?

El principal desafío es mantener la operación en medio de altos costos en salarios, impuestos y arriendos, a lo que se suma la competencia desleal de la informalidad y el contrabando. Los empresarios consideran que el comercio formal compite en condiciones desiguales debido al bajo control institucional, situación que impacta directamente sus ventas y sostenibilidad.

Invasión del espacio público en Bucaramanga
Invasión del espacio público en Bucaramanga
  • ¿Qué advierten sobre el problema del espacio público en el centro de la ciudad?

Denuncian una ocupación constante de andenes y vías por parte de vendedores estacionarios, así como deficiencias en el manejo de basuras y un aumento en la presencia de habitantes de calle. Señalan que las acciones de recuperación emprendidas hasta ahora han sido temporales y carecen de una estrategia integral y sostenida en el tiempo.

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