Del telegrama al doble chulo azul del WhatsApp: cuando los mensajes viajaban con paciencia.

Para quienes han crecido en la era de los teléfonos inteligentes y las notificaciones instantáneas, imaginar otras formas de comunicación puede resultar bastante extraño. Hoy basta con abrir una conversación, escribir unas cuantas palabras y enviarlas para que, en cuestión de segundos, el mensaje llegue al otro lado de la pantalla y aparezca confirmado con el doble chulo azul.
¡En efecto! La inmediatez se volvió parte natural de la vida cotidiana. Sin embargo, muchas décadas atrás, cuando los celulares aún no existían ni formaban parte de la imaginación colectiva, las personas también encontraron una manera de hacer llegar mensajes breves a la distancia. Aquella forma de comunicación, sencilla pero cargada de significado, permitía decir mucho con muy pocas palabras.
Era, en cierto modo, el WhatsApp de nuestros antepasados: solo que más lento, más solemne y, curiosamente, más caro y, por qué no decirlo, más emocionante. Ese sistema se llamaba telegrama.

En tiempos en que la tecnología avanzaba a otro ritmo, enviar un telegrama era casi un ritual. No bastaba con escribir desde la casa. Había que caminar hasta una oficina de Telecom en Bucaramanga, tomar un formato, llenar a mano el mensaje y esperar.

A veces el destinatario lo recibía al día siguiente; en otras ocasiones, dos o tres días después. Sin embargo, cuando finalmente llegaba, el sobre traía consigo algo más que palabras: llevaba noticias que viajaban desde lejos.

El nombre mismo lo explica. “Tele” significa distancia y “grama”, escritura. Era, literalmente, escribir a lo lejos.
En sus primeros años los mensajes se transmitían mediante operadores que utilizaban el famoso código Morse, esa sucesión de puntos y rayas que sonaban en los telégrafos como una especie de música mecánica. Más tarde llegaron las redes de télex, compuestas por teletipos que automatizaron el proceso. Así comenzaron a circular miles de mensajes por ciudades como Bucaramanga, donde el telegrama se convirtió durante décadas en una de las formas más rápidas de comunicación.

Pero había una particularidad que hoy resulta casi curiosa: cada palabra costaba dinero. Primero valían centavos, luego pesos... Todo obedecía al cambio normal de los precios.
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Por esa razón los mensajes debían ser breves, precisos, casi telegráficos. Las frases se reducían a lo esencial. Los artículos, las preposiciones y las conjunciones desaparecían sin remordimiento. Todo se escribía en mayúsculas, sin tildes y sin signos de puntuación. Cuando alguien quería cerrar una idea debía escribir la palabra PUNTO.
Así podían leerse mensajes como: “FELICÍTOLE GRADO UNIVERSIDAD PUNTO ORGULLO FAMILIA PUNTO ABRAZOS”. (Ese era un mensaje de felicitación por el grado de algún bachiller)
En medio de esa economía de palabras también había creatividad. Para ahorrar espacio, algunos unían pronombres y verbos en expresiones curiosas como “felicítole” o “agradézcole”. Era un ejercicio de síntesis que obligaba a pensar bien cada término antes de escribirlo.

A mitad de la historia aparecen los recuerdos de quienes sí vivieron esa época. Olga Lucía Rangel sonríe cuando evoca aquellos días. Para ella, el telegrama era mucho más que un simple mensaje.
“El telegrama era una comunicación a larga distancia con cortas palabras”, recuerda. “Uno se lo enviaba al novio, a los familiares o a los conocidos. La gente los utilizaba para mandar felicitaciones de grado, para expresar un pésame cuando alguien moría, o para saludar en los quince años de una muchacha.”
En tiempos donde las llamadas telefónicas eran escasas y costosas, el telegrama llevaba emociones comprimidas en pocas líneas. A veces traía buenas noticias; otras, difíciles. Pero siempre provocaba algo especial: cuando el mensajero tocaba la puerta, toda la casa guardaba silencio.
Abrir el papel era como abrir una pequeña ventana al mundo.
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Nombre telegráfico
También existía otra curiosidad: cada persona tenía su nombre telegráfico. Era una especie de firma abreviada, formada con las iniciales del nombre y los apellidos, que facilitaba identificar al remitente. En el caso de mi nombre (Euclides Kilô Ardila) tal vez debía firmar “Eukiar”, por citar solo un ejemplo.

Claro está que algunas de esas firmas sí se volvieron famosas. El expresidente colombiano Ramón González Valencia utilizaba la marca telegráfica “Ragonvalia”, un nombre que terminó siendo tan popular que incluso bautizó a un municipio en Norte de Santander: Ragonvalia.

Otro caso recordado fue el del militar y gobernante Gustavo Rojas Pinilla, cuya firma telegráfica era “Guropin”.
Eran tiempos distintos, donde cada mensaje tenía peso y cada palabra contaba.
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Aunque el internet y los teléfonos inteligentes parecen haber enterrado definitivamente esos métodos de comunicación, el telegrama no desapareció del todo. Todavía sobrevive en algunos rincones del país. El servicio se mantiene para ciertas notificaciones oficiales y también por afición entre radioaficionados que participan en concursos de telegrafía.
En Colombia, la empresa estatal Servicios Postales Nacionales 4-72 continúa ofreciendo el servicio como una alternativa tradicional para personas naturales y entidades.
Quizás hoy el mundo se mueva a la velocidad de los mensajes instantáneos. Los emojis reemplazaron muchas palabras y las notificaciones vibran sin descanso en los bolsillos. Pero si uno mira con calma, el espíritu sigue siendo el mismo.

Antes, nuestros abuelos caminaban hasta una oficina, en el cruce de la calle 36 con carrera 18, para enviar unas pocas palabras que viajarían durante horas o días. Hoy basta con tocar una pantalla. Sin embargo, en ambos casos ocurre lo esencial: alguien, en algún lugar, decide escribir para que otro sepa que está pensando en él. Y eso, al final, no ha cambiado. ¿No le parece?















