Fotografías intervenidas, flores, ruanas y bordados cuentan las experiencias de diez mujeres que encontraron en el arte una forma de expresión e inclusión.

Publicado por: John Arias
Hay historias que no necesitan palabras para contarse. A veces se quedan en una puntada, en una fotografía intervenida, en una flor que cubre una parte del rostro o en una ruana que abriga mucho más que el cuerpo. En esos pequeños detalles habitan las experiencias, los recuerdos y las emociones de diez mujeres de Bucaramanga que encontraron en el arte una manera de expresarse y construir comunidad.
Sus historias se reúnen en una exposición que durante octubre estará abierta al público en la Alianza Francesa de Bucaramanga. La muestra es resultado del proceso creativo del Colectivo Creativo BGA, un espacio de encuentro en el que mujeres con capacidades diversas participan en talleres artísticos, comparten saberes y descubren nuevas formas de comunicarse. Lea también: Concurso Nacional de Duetos Hermanos Martínez abrió inscripciones: hay más de $77 millones en incentivos
Son diez obras construidas colectivamente a partir de fotografías tomadas por las propias participantes e intervenidas con bordados y apliques textiles. Cada pieza tiene una historia detrás, una decisión sobre lo que se quiere mostrar y aquello que se prefiere mantener en la intimidad.
Más que una exposición de arte textil, se trata de una invitación a escuchar aquello que no siempre encuentra palabras y a reconocer las voces de mujeres que, a través de sus manos, han encontrado un lugar para expresarse.

Un tejido que comenzó con el encuentro
El Colectivo Creativo BGA lleva más de dos años desarrollando actividades artísticas con mujeres de capacidades diversas. En sus encuentros han explorado la bisutería, el tejido de punto, la pintura, el dibujo, el puntillismo, la fotografía y la intervención de imágenes, entre otras prácticas.
Detrás de estos talleres hay algo que va más allá de aprender una técnica: construir vínculos, compartir experiencias y contar con un espacio en el que cada participante pueda sentirse reconocida.
María Nancy Rincón, docente de artes plásticas vinculada al colectivo, recuerda que las actividades les han permitido encontrarse desde sus diferencias. Algunas de las participantes tienen dificultades para hablar o escuchar, pero eso no ha impedido que construyan relaciones y encuentren maneras de comunicarse. “Nos conectamos y ellas, agradecidas, nos contaban de todo”, recuerda.
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En ese proceso, el arte se convierte en un lenguaje compartido. No importa si la comunicación ocurre a través de una conversación, una puntada o una fotografía: lo importante es que cada mujer tenga la posibilidad de participar y aportar desde sus capacidades.
Marta Cadena, artista plástica y visual, también acompaña estos encuentros como profesora. Para ella, uno de los aspectos más significativos ha sido observar el progreso de las participantes, que han desarrollado habilidades manuales y fotográficas, al tiempo que fortalecen su confianza.

En los talleres, además de aprender, conversan sobre sus vidas, comparten experiencias y se acompañan mientras trabajan. Algunas incluso se interesan por la posibilidad de comercializar sus creaciones. Por eso, las docentes también les enseñan a calcular costos y establecer precios para sus productos.
Sin embargo, el valor de estos encuentros no se mide únicamente en lo que pueden elaborar o vender. También está en la posibilidad de contar con un lugar donde compartir una tarde, construir amistades y sentirse parte de un grupo.
“Uno como mujer se siente incluida en algo”, señala María Nancy, quien destaca la importancia de que las participantes encuentren un espacio en el que sus aportes sean valorados.
Los talleres suelen realizarse en la Casa del Libro Total, que les facilita sus instalaciones. Allí, entre materiales, fotografías e hilos, el colectivo ha tejido relaciones que hoy también se hacen visibles a través de esta exposición.
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Fotografías que cuentan lo que las palabras no alcanzan
La muestra que llega a la Alianza Francesa nació de ese proceso de confianza y creación conjunta. Las mujeres tomaron sus propias fotografías y decidieron cómo intervenirlas, qué elementos incorporar y qué aspectos de sus historias querían compartir con el público.
Julián Villamizar Rincón, curador de la exposición, explica que cada una de las diez obras fue desarrollada por las integrantes del colectivo, con el acompañamiento de las maestras y su orientación conceptual.
“Esto es una juntanza, realmente. Esto es algo que se necesita en la ciudad. Es darle voz a lo que las mujeres tienen por decir”, afirma.
En las imágenes, el bordado y los apliques textiles transforman la superficie fotográfica. Las telas dejan de ser simples materiales para convertirse en parte de una narración. Cada intervención responde a una elección personal y colectiva, a una manera de mostrarse ante los demás sin renunciar a aquello que pertenece a la intimidad.
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En ese lenguaje aparecen elementos como la ruana, las flores y las velas, que adquieren distintos sentidos dentro de las obras.
La ruana, explica Villamizar, remite a una memoria ancestral y a una prenda que ha permanecido en las tradiciones del territorio. En la exposición aparece como una forma de abrigo, pero también de resistencia: una manera de reconocerse en una herencia cultural que continúa presente.

Las flores, por su parte, evocan lo femenino, el cuidado y las formas en que las mujeres desean presentarse ante el mundo. Pero también cumplen otra función: pueden mostrar y ocultar al mismo tiempo. Cada participante decide qué parte de su historia quiere revelar y cuál prefiere proteger.
Las velas se relacionan con la luz del conocimiento y con las verdades que las mujeres comparten consigo mismas y con la ciudad. Su presencia sugiere que una imagen nunca lo revela todo; apenas ilumina una parte de aquello que cada persona lleva consigo.
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Así, las obras no buscan ofrecer respuestas definitivas sobre las experiencias de sus creadoras. Más bien, abren preguntas sobre la identidad, la memoria, el cuidado y la posibilidad de expresarse desde otros lenguajes.

Bordar también es cuidar
El texto curatorial de la exposición propone una reflexión sobre aquello que se sostiene sin necesidad de ser nombrado: los gestos mínimos, las rutinas de cuidado y las experiencias que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en memoria.
En ese contexto, el bordado adquiere un sentido particular. La aguja atraviesa la tela, deja una marca y modifica la superficie. Cada puntada exige tiempo, atención y una decisión sobre el lugar en el que debe quedar.
Bordar es, en ese sentido, intervenir una historia sin borrar lo que había antes. Es decidir qué se muestra y qué se protege, reconocer una herida o un recuerdo y encontrar una forma de convivir con él.

Para las integrantes del Colectivo Creativo BGA, ese ejercicio también ha sido una manera de construir vínculos. Mientras trabajan, conversan, se conocen y comparten sus experiencias. En cada encuentro se fortalece una red de apoyo que no depende exclusivamente de las palabras.
Por eso, la exposición representa mucho más que el resultado final de una serie de talleres. Es también el registro de un proceso en el que las participantes han tenido la oportunidad de crear desde sus propias sensibilidades y tomar decisiones sobre la manera en que desean ser vistas.
Para Villamizar, es importante que la ciudad pueda encontrarse con estas obras y reconocer todo lo que hay detrás de ellas: los saberes, las experiencias y las capacidades de las mujeres que las hicieron posibles.
La invitación es a detenerse frente a cada fotografía, observar sus texturas y descubrir que detrás de cada puntada existe una historia que merece ser escuchada.
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