domingo 21 de noviembre de 2021 - 12:00 AM

Huellas en los huesos: El rescate de dos víctimas de la guerra

El país registra un universo de 99.235 personas desaparecidas en medio del conflicto armado. En los últimos 15 años se han identificado cerca de seis mil fosas clandestinas, donde se han recuperado cerca de 7.500 cuerpos. Esta es la historia de la búsqueda de dos de ellos.

Pastor Gutiérrez Lizarazo bajó nuevamente a la carretera. Luego de tres décadas lo hizo amarrado a una mula de piel de color negro, sudorosa, con sus crines revueltas, arriada desde lo alto del páramo por las voces de los campesinos, que se pasan la vida grabando sus pisadas al borde de peñascos. Mientras en lo alto de la cordillera los vientos soplaron cortantes, y pasaron como furibundos bueyes de campo embistiendo las ramas altas de los árboles tambaleantes, abajo, en la carretera nacional aún sin pavimentar, una asfixiante y concentrada nube de polvo, que dejó un autobús a su paso lento, recibió a Pastor.

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La mula se arrimó a la entrada de una casa construida al borde de la llamada “Vía de la Soberanía”, que según los habitantes de esta zona de Norte de Santander ha sido pavimentada por lo menos cinco veces en el papel. Carretera hostil y arteria principal del comercio y la comunicación entre Pamplona [Norte de Santander], Saravena [Arauca] y Venezuela. Aquí el polvo tosco y minúsculo lo cubre todo. Las casas. Las hojas de las plantas. Los tallos de los árboles. Los tejados. La ropa. Los días y sus afanes en esta zona abandonada por el Estado y con múltiples necesidades. Todo aquí tiene ese tono salvaje amarillento del polvo que toma vuelo y fácilmente se mete por la boca y seca la garganta.

La cordillera se eleva detrás, desnuda entre filosos barrancos, mientras que el cielo está poblado de unos cuantos girones de nubes, haciendo que el sol de mediodía golpee con mayor fuerza. La carretera entonces es un largo horno que no se apaga. El calendario marcó el viernes 12 de noviembre de 2021. Pastor Gutiérrez sumaba 32 años sin andar cuesta abajo por estos recovecos, que en la mayoría de tramos parecen hendiduras abiertas de esta cordillera, que sostiene la zona rural del municipio de Labateca [Norte de Santander]. Esta localidad de 5.852 habitantes, históricamente golpeada por la violencia, corredor de varios actores armados, es productora principalmente de café, maíz, plátano y arracacha. Su nombre tiene origen en el dialecto chitaro-tunebo, que significa ‘volcanes de dios’.

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Pastor regresó, como lo hizo alguna vez hace 32 años, cuando tenía 16 años de edad, y era un adolescente, a quien recuerdan más bien callado, de baja estatura y de cabello lacio de color negro. Vivía en la vereda Chona, donde se dedicaba a cultivar con su familia en la finca El Uvito, luego de que se retiró de la escuela al terminar el grado de tercero primaria.

Un hombre bajó a Pastor de la mula negra. Lo dejó al borde de la carretera. Se quedó allí. Estaba lejos de ese potrero cubierto de pasto verde y pequeños helechos, como un tapete interminable recién podado, como si se tratase de la eterna primavera de la montaña, donde las ráfagas del viento acarician con su aliento frío y de vez en cuanto se escuchan bandadas de loros y pájaros recitar sus oraciones en medio de ese silencio infinito y estático. De una fosa clandestina sacaron a Pastor. Estaba custodiado a los lados por unos cuantos árboles, junto a un acantilado, que más parecía una herida de piedra, distante a cuatro horas de caminata en ascenso vertical de la carretera.

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Los restos óseos de Pastor descendieron de la alta loma protegidos por una bolsa embalada por profesionales de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en contexto y en razón del conflicto armado. De Pastor sobrevivían la mayor cantidad de sus huesos, que fueron amarrados a la mula en un costal para salvaguardarlos de una eventual caída del animal. Nunca se sabe por estos caminos, que no son caminos en medio de la montaña, más si cae un aguacero repentino. A su lado, en esa carretera, estaban también los restos humanos de una persona identificada, por ahora, solo como el nombre de Henry, con quien Pastor compartió la fosa. No se sabe más de él. Ya se conoce un dato, lejano, que se debe confirmar en los próximos días. Ambos, por 32 años, estuvieron sepultados en una tumba en ese potrero, en uno de los bordes del Páramo Caracolí, custodiados en los amaneceres por esa niebla que arropa lentamente la montaña. Alguien podría decir, sin equivocarse, que es toda una desgracia morir en el anonimato en tan bello lugar.

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Con solemnidad los restos humanos los subieron a una camioneta blanca, que tenía los logos de la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos. Su destino era las instalaciones del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Cúcuta. Entre tanto, los campesinos arrimaron nuevamente sus mulas al camino de arrieros, las enlazaron como solo ellos saben hacerlo, preparando su regreso al páramo. Levantaron la mano, en señal de despedida, cuando vieron arrancar la camioneta, que les dejó una envenenada nube de polvo.

Las vigas del cuerpo de Pastor, que no fueron disueltas por los ácidos de la tierra oscura, iniciaban su regreso a casa. Este último viaje, que seguramente terminará en una sepultura fija donde lo visite su familia con frecuencia, luego de que todo comenzara la Semana Santa de 1989. En esa fecha, siete hombres armados del Eln llegaron a la finca de los Gutiérrez, en la vereda Chona, pasadas las ocho de la mañana y preguntaron por Pastor. Pese al miedo que lo dominaba, el joven les salió al encuentro.

“Hasta encontrarlos”

La Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas registra en la actualidad un universo de 99.235 personas desaparecidas en el país en ocasión del conflicto armado antes del primero de diciembre de 2016. En los últimos 15 años se han identificado cerca de seis mil fosas clandestinas, donde se han recuperado cerca de 7.500 cuerpos.

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De esta cifra se han realizado 132 entregas dignas a familias en Arauca, Bolívar, Caquetá, Chocó, Cundinamarca, Guaviare, Meta, Norte de Santander, Sucre y Tolima, gran parte de ellas en coordinación conjunta con la Fiscalía. Se espera que esta cifra muy pronto sume dos más con los casos de Pastor y Henry en Labateca. En este mismo proceso se han encontrado cinco personas vivas, residentes en los departamentos de Arauca, Magdalena, Antioquia y Valle del Cauca reportadas inicialmente como muertas y desaparecidas por uno de los actores del conflicto armado. Ellos han vuelto a tener contacto con sus familiares.

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En tal sentido, el Centro de Memoria Histórica elaboró un informe en 2016 sobre la desaparición forzada en el país, titulado “Hasta encontrarlos, el drama de la desaparición forzosa en el país”, donde advierte que ésta es una de las prácticas represivas más atroces de las que se han valido actores del conflicto armado para imponer su control y su poder en el territorio nacional. Se trata, advierte la investigación, de “una forma de violencia capaz de producir terror, de causar sufrimiento prolongado, de alterar la vida de familias por generaciones y de paralizar a comunidades y sociedades enteras”.

Según el informe de “los familiares de las personas desaparecidas no son solo madres, padres o hijos en duelo infinito, suspendido, no son solo una comunidad del dolor, que se reconoce en otros con quienes comparte y comunica su queja, son sobre todo personas que luchan con vehemencia por recuperar el sentido que les ha sido negado, por volver a unir aquello que ha sido roto delante de ellos. De esa ausencia, de la oscuridad que tiene de suyo la desaparición forzada de personas, ellos han logrado traer a la luz mucha verdad: el país le debe a su tenacidad no solo la tipificación de este delito, que antes del año 2000 no existía y era confundido con el secuestro, sino también el hecho de que hoy existan mecanismos de búsqueda urgente de personas y medidas que conduzcan a la identificación y el registro de los desaparecidos”.

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La Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado [UBPD], encargada de la exhumación de los retos humanos de Pastor y Henry, es un mecanismo extrajudicial y humanitario, autónomo e independiente dentro del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición. Su creación se estableció mediante el Acuerdo Final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, firmado por el Estado y las Farc-Ep el 24 de noviembre de 2016, en respuesta a la solicitud de los familiares de las personas desaparecidas y las organizaciones civiles que participaron en los diálogos de paz en La Habana, Cuba. Su mandato será por 20 años.

Su misión es dirigir, coordinar y contribuir a la implementación de las acciones humanitarias de “búsqueda y localización de personas dadas por desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado que se encuentren con vida y, en los casos de fallecimiento, cuando sea posible, la recuperación, identificación y entrega digna de cuerpos”. Su competencia abarca las desapariciones ocurridas antes del primero de diciembre de 2016, fecha de entrada en vigencia de los acuerdos de paz en las circunstancias de desaparición forzada, secuestro, reclutamiento ilícito y hostilidades entre actores armados. “Por su carácter humanitario y extrajudicial, la información recibida que permita dar con el paradero de las personas dadas por desaparecidas en contexto y en razón del conflicto armado, así como su procedencia, es totalmente confidencial y no puede ser utilizada como material probatorio en un proceso judicial”.

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Esas ganas de llorar

A José Gabriel Gutiérrez Lizarazo, de 57 años de edad, todos vividos en la vereda Chona de Labateca y dedicados al cultivo de café y maíz principalmente, le pidieron que se apartara un momento de la fosa clandestina donde los antropólogos forenses, con delicado cuidado, retiraban la tierra de los huesos de su hermano Pastor. Al lado estaban los restos humanos de Henry. Los huesos estaban bien conservados y aún se distinguían las botas pantaneras y la ropa que los acompañaron en su última exhalación. José Gabriel seguía a prudente distancia el proceso de exhumación, sintiendo esa comezón de recuerdos, hasta que lo interrumpieron.

- Siéntese aquí por favor. Les queremos hacer unas preguntas...

En estampida los nervios de José Gabriel corrieron por su cuerpo. Experto en sembrar la tierra, conocedor de las fases de la luna y los tiempos de lluvias para la cosechas, en cada pregunta de los periodistas respondía con monosílabos. Parecía un niño que se resbalaba en cada paso. Un silencio precedía cada respuesta, mientras se quitaba y ponía la gorra que llevaba. A él lo acomodaron adelante de una placa de cemento, de unos 12 centímetros de grosor, con dos cruces asimétricas en relieve, que protegían la fosa. Los cuerpos llevaban 32 años allí, pero esa lápida tendría menos tiempo, no hay fecha exacta, solo se conoce que habitantes de la vereda la instalaron para evitar que las aves de carroña se devoraran los cuerpos, que fueron enterrados superficialmente. Esta circunstancia hizo que los animales consumieran parte del pie de una de las dos víctimas, como se verificó en la exhumación.

- Queremos hacerle unas preguntas sobre su hermano. – Le dijeron tres periodistas que subieron hasta el páramo detrás de la historia.

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José Gabriel Gutiérrez Lizarazo respondió casi todo en pocas palabras. Habló que Pastor vivía con él a la edad de 16 años. Para ese entonces (1989) José Gabriel estaba casado y con hijos. Les aseguró que no estaba el día que la guerrilla se lo llevó, que había pasado mucho tiempo y no recordaba muchos detalles, pero que estaba muy agradecido porque muy pronto le daría cristiana sepultura. Que supo por la misma guerrilla que Pastor había muerto en 1991. Dijo que no tenía certeza en qué circunstancias falleció Pastor. Que solo le dijeron que murió. Luego llegaron versiones en el sentido que falleció en un combate con el Ejército en la zona y otra que fue ejecutado por el Eln, al intentar escapar. La necropsia forense que se adelantará en las próximas semanas arrojará certezas sobre esas dos hipótesis. También dijo que a otro hermano, años después se lo llevó la guerrilla, pero que en esa ocasión logró desertar y huir a Venezuela, donde vive en la actualidad.

Horas más tarde, ya en la noche en un rancho donde durmieron para bajar a la carretera principal al siguiente día, José Gabriel le confesó a uno de los funcionarios de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas que se reprochaba un poco no haber hilado mejor las ideas ante las preguntas de los periodistas cuando lo entrevistaron en el páramo. Lo cierto es que el hombre con ojos vidriosos revelaría al funcionario que se contuvo las ganas de llorar. Agregó que estaba confundido, porque no sabía qué responder “de los nervios”.

- Me dijo que le pidió mucho a Diosito para mantenerse calmado en la entrevista. Que ver a su hermano en huesos lo dejó muy perdido, entre la alegría de recuperar el cuerpo, pero verlo allí, prácticamente huesos lo impresionó.

La investigación para encontrar estos cuerpos se inició el 31 de agosto de 2019, cuando José Gabriel bajó de su vereda hasta Pamplona, distante 40 minutos por carretera, y asistió a un evento que organizó la Corporación Construyendo Poder, Democracia y Paz, que socializaba con familiares de víctimas del conflicto armado un proyecto denominado “No los vamos a olvidar, su ausencia no quedará en la impunidad”. La invitación le llegó por medio de la Personería.

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Allí escuchó de la labor que realiza la Unidad de Personas Desaparecidas y él habló de su hermano Pastor. En octubre y diciembre siguieron los encuentros con José Gabriel para reconstruir un expediente del reclutamiento y desaparición de su familiar. Luego llegó el aislamiento por la pandemia, hasta que el 24 de febrero pasado se realizó una toma de muestra de ADN a varios familiares para ingresarlas al Banco de Perfiles Genéticos de Personas Desparecidas. Esta base de datos tiene cerca de 50 mil muestras de familiares que buscan a su ser querido, mientras se tiene un registro de tres mil cuerpos sin identificar, en espera de una sepultura digna.

Lina María Amaya, directora de la Corporación Construyendo Poder, Democracia y Paz explicó que ellos documentaron entre 2017 y 2019 un total de 206 casos de desaparición forzada en Norte de Santander. Cada caso contiene un expediente con la información de la víctima, que se le entregó a la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas.

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- Pastor y Henry son los primeros cuerpos exhumados de esa lista. Es una felicidad y un compromiso para nosotros que se pudiera recuperar a estas personas. Con esta labor humanitaria se cierra un ciclo para las familias. Es una felicidad para nosotros poder acompañar estos procesos.

El 22 de octubre pasado se tuvo autorización para ir en búsqueda de los cuerpos, luego de verificar las medidas de seguridad. Llegó el jueves 11 noviembre último y los integrantes de la comisión de antropólogos forenses de la Unidad de Búsqueda se encontraron en Labateca. La enorme masa de la montaña surgía entre árboles, cuando el equipo inició el ascenso a pie hasta el páramo en búsqueda de la fosa clandestina del Eln.

Los cuerpos hablarán

Cuando la comisión de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas llegó al lugar se encontró con una colina en descenso del páramo que vociferaba un silencio infinito. Los montes verdes del fondo seguían iguales. Luis Gregorio Flórez, jornalero nacido hace 44 años también en las montañas de Labateca, indicó el pedazo verde pasto y helechos donde estarían sepultados los cuerpos. Lo sabía porque en 1988 trabajó en esa zona aserrando para levantar una casa pequeña, en la actualidad en ruinas. El rancho está en la parte más alta, luego viene un descenso de tobogán verde, con unas cuantas piedras.

- Allí fue donde me dijeron que estaban los finados. Raimundo Rosa, que ya murió, era el dueño de esa finca. Él fue quien me dijo en ese tiempo donde estaban enterrados. Yo hablé con José Gabriel Gutiérrez para subir en esa época, pero el miedo no nos dejó llegar acá. Hace poco José Gabriel me preguntó si me acordaba donde estaba el cuerpo y le dije que sí...

Un sacerdote fue el primero en tomar un machete, para liberar el terreno de las plantas de ‘Lenguavaca’, que con sus ramas fuertes de hasta un metro y flores color naranja oscuro, poblaban la zona. Expuestas al sol y la lluvia con sus movimientos indicaban la dirección del viento. Hábilmente el cura Jesús Gabriel Sánchez, de la Arquidiócesis de Nueva Pamplona, se inclinó para cortarles el tallo. Ya era mediodía.

Carlos Andrés Ariza Castillo, antropólogo forense de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas, de 41 años y de los últimos 15 de experiencia en su área, clavó con su equipo cuatro palos de madera, de las ramas de un árbol, para delimitar el lugar con una cinta de color violeta que lleva inscrito el nombre de la entidad de carácter humanitario. Enseguida las palas empezaron abrieron el caparazón verde. Se escuchó ese sonido cuando se rompe el tejido de pasto y luego cuando el metal de la pala chocó con cemento. Cubierto por una capa no muy gruesa de vegetación esta una lápida de cemento.

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- Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá para siempre. Concédeles señor el descanso eterno...

El padre Jesús Gabriel Sánchez se vistió de túnica blanca. Tras una sentida oración y riego de agua bendita se procedió a remover el planchón de cemento, que contaba con dos cruces asimétricas en relieve.

- Dale señor el descanso eterno.

- Brilla para ellos la luz perpetua. La oración se escuchó en ese páramo. No había ni una sombra de duda.

A las 12:07 m. se inició la exhumación, por fin, el regreso a casa comenzaba. El antropólogo forense Carlos Andrés Ariza Castillo explicó que se identificó a un adulto y a un sub-adulto, este último porque los centros secundarios de osificación, es decir, las estructuras que permiten el crecimiento de una persona aún no habían cerrado. Lo que significa que esta persona tenía menos de 18 años al momento de la muerte.

- Encontramos signos de violencia y disposición arbitraria de los cuerpos en la fosa. Se hallaron proyectiles de arma de fuego, que seguramente provocaron las lesiones que los llevaron a su fallecimiento. Uno de los cuerpos registraba múltiples lesiones en su cuerpo y cráneo. El otro en una extremidad y el cráneo. Todo el proceso finalizó a las 5:10 de la tarde. Allí iniciamos el descenso.

¿Quién no extraña un hermano? ¿Quién de nosotros no se conmueve ante el llanto por la muerte de familiar? ¿Quién negaría tener una tumba para visitar, para recordar o ser recordado? ¿A quién le gustaría ser olvidado? Para la familia de Pastor, el retrato del joven, con su sonrisa y su voz en la memoria, sigue intacto como si nada. La luz de su recuerdo permanece encendida, mientras los gallos afuera del rancho siguen cantando, abriéndole huecos con sus picos a los 11.978 días que se cuentan desde que siete hombres del Eln llegaron a la vereda Chona para reclutarlo a la fuerza. Como Pastor, según la Justicia Especial para la Paz [JEP], se investiga en la actualidad 8.000 casos de reclutamiento y utilización de niñas y niños en el conflicto armado.

Esa mañana de Semana Santa Pastor no quería ir con ellos, no quería vestir de camuflado, pero los fusiles, como moscas pestilentes que sobrevolaron sobre la familia no le dieron otra salida ante las amenazas de muerte. Esa mañana se despidió de todos en la casa, con esa promesa interna de que algún día volvería. Tres décadas después lo hará muy pronto. Por fin regresará, hecho huesos y memoria, pero volverá.

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Juan Carlos Gutiérrez Tibamoso

Periodista egresado de la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Creo en el poder de la palabra. En escuchar a las personas. Soy cronista, de los que están convencidos que siempre se escribe, no solo cuando se está frente a un teclado y una pantalla. Me gusta narrar historias sometido al indescifrable poder de ellas. La fuerza de lo real. Hago podcast, donde junto voces para relatar esa realidad. Estoy convencido que siempre existimos, mientras alguien nos lea.

@juancarl00s

cgutierrez@vanguardia.com

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