viernes 05 de junio de 2020 - 9:00 AM

Superar la COVID-19: la lucha de madre e hijo en Santander

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Esta es la historia de una mujer de 80 años y su hijo de 58, que se recuperaron tras contagiarse por coronavirus en Bucaramanga.

Entre historias de antaño y remedios caseros, pasaron los días de convalecencia de Javier Castro*. El santandereano, empresario reconocido, fue diagnosticado con COVID el pasado 29 de marzo, fecha en la que su madre también recibió la noticia que, por esta época, nadie quiere recibir.

Con el diagnostico positivo y los síntomas en sus cuerpos desde hace 14 días, madre e hijo continuaron con la cuarentena que habían comenzado juntos desde el pasado 22 de marzo, fecha en la que retornaron de un viaje al exterior.

Desde ese momento, tanto Castro como su madre Marina* afrontaron un reto del que muchas personas mayores de 80 años no salen victoriosas. En Colombia, 246 de los 1.045 fallecidos a la fecha por coronavirus superan las ocho décadas de vida.

Nunca pensamos que no íbamos a poder. Estábamos aferrados a Dios y gracias a Él mi mamá es un ‘roble’. Ella era la que corría más riesgo y duró dos meses en poder superarlo,
contó Javier con un tono de admiración y amor inconfundible.

A esa mujer no se le notan los años, explicó su hijo, y pese a tener hipertensión y problemas con la tiroides a ella el virus no le dio tan duro. “Ella es un ejemplo de vida, de madre. Pudimos pasar juntos este momento y eso no se me va a olvidar”.

Los días comenzaban a las 7:00 de la mañana. Una hermana de Javier les dejaba comida en la puerta del apartamento. Ellos, sin ver a su familiar, abrían la puerta y recogían los alimentos. Lo mismo hacían con la basura.

Depende de los síntomas las horas se hacían más llevaderas. A Marina la deficiencia respiratoria no la afectó tanto. Pero los dolores de cabeza no la dejaban en paz. En cambio, a Javier la respiración se le entrecortaba y fue él, y no su mamá de 80 años, quién tuvo que asistir de urgencias a una clínica.

Cuando no había mucho dolor ni mucha tos, Marina ocupaba las horas narrando historias de su vida. Javier, como buen hijo, escuchaba atento mientras amenizaba la tarde con boleros desde Youtube.

“Ella comenzó a retroceder y a recordar historias con mi papá. Me contaba todo, historias de mis tíos, cómo se casó. Cosas que ya sabía, pero ahora con detalles más concisos. Como teníamos el tiempo, mi mamá se extendía. Me recordaba de mi infancia, hablaba sobre cómo eran mis hermanos, de cómo superó los problemas financieros”, recuerda Javier.

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Los síntomas en su casa eran combatidos con nebulizaciones, Vick Vaporud y remedios caseros que involucran cebolla, jengibre y limón. Y es que, pese a que no tengan validez científica, para Marina y Javier fueron la solución que mejoró sus días en confinamiento.

No tenían apetito, contó Castro, por lo que no comían mucho. “Pero teníamos que alimentarnos. Entonces mi hermana nos llevaba arepas al desayuno y sopa al almuerzo. Eso lo combinábamos con las nebulizaciones y jugo de fruta con jengibre. Cuando comenzaba la tos, aplicábamos Vaporud y mejorábamos mucho”.

Marina de Castro y su esposo tuvieron ocho hijos. Todos salieron con título profesional, meta obligada para las madres de su época, que no todas podían tachar de su lista. Por eso no le tiembla la voz cuando alguno de sus hijos se queja: ‘Fui capaz yo con ocho hijos y ustedes con dos se embolatan’.

Ese ánimo característico de Marina solo decayó tres veces en la casa. Después de que Javier salió negativo, a 11 días de su diagnóstico, Marina seguía positiva para COVID-19.

“Para que ella no se pusiera triste tras las pruebas positivas, Javier le ponía boleros. Le cambiaba el tema y se ponían a cantar. No le gustaba que le tomaran la muestra y pensaba en eso cuando le llegaba la notificación de que seguía con el virus”, comentó la esposa de Javier, quién duró cerca de tres meses sin verlos.

El contagio

El fuerte dolor de cabeza de Marina de Castro comenzó a preocupar a su hijo Javier. Estaban en otro país y desde Colombia le llegaban noticias del cierre inminente de fronteras.

Cuando los síntomas empezaron, llevaban cinco días en Río de Janeiro, a donde viajaron el 10 de marzo de 2020 para celebrar el grado de la primogénita de Javier. El viaje, que fue planeado con casi un año de anticipación, no se detuvo pese a que el virus de Wuhan ya había llegado a América.

“No se tenía mayor información de la pandemia y apenas llegaba a Estados Unidos. De mi familia fuimos solo los dos. Con mi mamá llegamos a Panamá donde teníamos una escala de cinco horas. Creo que ahí nos contagiamos”, explicó Castro.

Ese mismo día llegaron a Río y estuvieron desde ese momento con la nieta de Marina. Salieron a comer, a pasear.

Para el 15 de marzo, el dolor de cabeza de Marina comenzó, y Javier sintió como un leve desaliento. Tomaron aspirina y un remedio casero de limón y bicarbonato que funcionaba, pues por un tiempo los síntomas desaparecían.

Con su hija graduada, Javier continuó disfrutando de Brasil. Visitó restaurantes y zonas turísticas. Se reunió con amigos y no se despegó de su hija. Su madre decidió quedarse en el apartamento que alquilaron.

Para ese momento, Colombia registraba casi 100 casos confirmados y el Gobierno del presidente Iván Duque decidió ponerle fecha al cierre de fronteras.

Entonces madre e hijo tomaron la decisión de suspender sus vacaciones. Javier le pidió a su hermana que le ayudara a cambiar los tiquetes de regreso, que tenían fecha para el 24 de marzo. Pudieron viajar el 22 a Panamá y de ahí, se embarcaron en el último vuelo de Copa Airlines con destino a Bucaramanga.

“Ni en Río ni en Panamá nos tomaron temperatura. Fue solo cuando llegamos al Aeropuerto de Bucaramanga. Ahí nos esperaba personal de la Secretaría de Salud de Santander, nos pidieron los datos y nos ordenaron cuarentena obligatoria”, dijo Javier Castro.

La clave

Ese registro de la Secretaría de Salud, según el santandereano, fue clave para que les hicieran un adecuado seguimiento al caso. Con los síntomas reportados, más los datos de contacto de los dos viajeros, la epidemióloga de la Gobernación de Santander los contactó.

“Dianita (miembro del grupo de epidemiología de la Secretaría de Salud departamental) nos llamó y comenzó a preguntar cómo nos sentíamos. Como los síntomas continuaron, nos tomaron la prueba. Cinco días después salió el resultado”, explicó el hombre.

A partir de ese momento, comenzó la relación de los casos 5 y 6 de COVID-19 en Santander con la epidemióloga. Ella los llamaba, diariamente, sin falta, incluso dos veces al día. La profesional se convirtió también en una compañía para los dos pacientes y juntos fueron recorriendo el camino que, lento pero seguro, llevo a madre e hijo a curarse.

“Hay cosas que todavía no me explico. Mi hija no tuvo síntomas. Ni amigos con los que me reuní en Río. Bajé de peso, como 10 kilos. Y en medio de la cuarentena, como a todos los empresarios, a mis días se le sumó la preocupación por el negocio. Pero todo ha salido bien. Pudimos volver a Colombia y ser atendidos de la mejor manera”, contó Javier.

Finalmente, el 1 de mayo, a la paciente de coronavirus con más edad en Santander le anunciaron que había superado la enfermedad. Ahora, cuenta su hijo, su preocupación no tiene que ver con tos o dolor de cabeza, sino con que no se ha pintado las canas y que hasta agosto no podrá ver a sus amigas.

“Fue una mujer muy fuerte. Es increíble cómo afrontó la enfermedad y cómo se curó. Porque es que a ella le dan duro las gripas, pero estamos hablando de más de dos meses con el virus. Una guerrera. De verdad que es una mujer de admirar”, explicó el hijo, con la total certeza de que su mamá lo acompañará por más tiempo.

*Los nombres fueron cambiados a petición de la fuente.

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