Este es un homenaje póstumo a la vida y obra de un hombre sencillo, quien logró ganarse el cariño y el respeto de Piedecuesta y de Santander: Don Emiro Díaz Rincón (q.e.p.d.)

En Piedecuesta bastaba con mencionar su nombre para que la gente sonriera con afecto. Don Emiro Díaz Rincón era de esos seres humanos que dejan huella sin hacer ruido, con la nobleza de quien vive para servir, para trabajar con amor y para mirar a los ojos con sinceridad. Su partida, tan injusta como incomprensible, ha dejado un vacío inmenso. Pero más fuerte que la tristeza son la gratitud y el cariño que todo un pueblo le profesa.

Durante más de 40 años, su Bicicletería Estrella fue mucho más que un taller; era un punto de encuentro, un refugio, un lugar donde los problemas se solucionaban con una charla amable y una llave en la mano. (Le puede interesar: La crónica de su gran taller)
Desde la calle 9 con carrera 4, Don Emiro fue testigo de generaciones enteras que crecieron sobre ruedas, que lo vieron como el sabio del barrio, el mecánico de confianza, el señor de buena vibra que siempre tenía un saludo, una historia o un consejo.
Él, con sus manos firmes, dignificó el oficio como pocos. Comenzó alquilando bicicletas en los años 70, cuando, junto a su esposa, Rosalba Santos, decidió echar raíces en Piedecuesta.
Fueron casi 49 años de matrimonio y tres hijos -William, Mauricio y Sergio- quienes crecieron viendo a su padre trabajar con pasión, honestidad y una disciplina que no conocía domingos ni festivos.
Don Emiro nació en Jordán, Santander, y fue el cuarto de nueve hermanos criados entre cultivos y montañas. Desde niño aprendió que el esfuerzo diario es el mejor maestro. Apenas terminó segundo de primaria, pero con el tiempo se volvió un experto en contabilidad, administración y, sobre todo, en humanidad.
A todo aquel a quien podía ayudar, lo ayudaba. No había cliente que saliera de su taller sin sentirse atendido, comprendido y hasta reconfortado.

Amaba bailar, pero su verdadera pasión era la bicicleta. Incluso después de sufrir un quebranto de salud que lo obligó a dejar de pedalear, seguía hablando de ciclismo con la misma emoción de un niño. Su espíritu nunca se bajó de la cicla. Fiel lector de Vanguardia, era un hombre informado, curioso, orgulloso de su región y de su oficio.
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Por eso su muerte, a manos de los violentos, nos ha dolido tanto. Porque nadie entiende cómo alguien tan bueno y tan querido pudo ser víctima de la violencia. Y es que en Piedecuesta todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían. Porque la vida de Don Emiro era la prueba de que la decencia y la humildad todavía existen.
Hoy el municipio garrotero está de luto, pero también en pie para recordarlo como se merece: como un hombre ejemplar, un trabajador incansable, un padre amoroso, un vecino entrañable y el corazón de un taller que seguirá oliendo a caucho y esfuerzo.

Este martes que pasó fue su sepelio, pero Don Emiro no se ha ido del todo. Su recuerdo seguirá rodando por las calles, como esas bicicletas que ayudó a levantar, a reparar, a echar pa’lante. Paz en su tumba.















