miércoles 08 de enero de 2020 - 2:55 PM

Tras la huella de una tradición: Crónica de un paseo de olla

Con olla en mano, toalla y mercado, Vanguardia acompañó a una familia a realizar el conocido paseo que tiene lugar a orillas de algunos ríos y afluentes cristalinos que hay en Bucaramanga y su área metropolitana. Esta tradición que sigue vigente, reúne a toda la familia y retrata nuestra idiosincrasia, también exige una cultura ambiental para preservarla.
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En días como el primero de enero o el conocido “puente de reyes”, se puede apreciar una masiva peregrinación que se sale de lo común. Con morrales, toallas al hombro y la fundamental olla, recipiente metálico y sagrado que resguarda los vegetales y las carnes con las que se cocinará el tradicional sancocho o mute, cientos de familias se dirigen a las riberas del Río Hato, en el barrio La Colina, en Piedecuesta.

Los protagonistas

No se necesita ser el mejor cocinero para preparar un delicioso sancocho o un buen mute santandereano. No es necesario ser un salvavidas profesional para estar atento de los más chicos o de quienes no saben nadar, incluso, no hay que tener medallas de oro en natación para ‘pegarse’ un buen chapuzón en las cristalinas aguas del río y tampoco se requiere tener un cuerpo escultural para lucir con total seguridad ese vestido de baño o aquella licra, camiseta, blusa o pantaloneta que después se mojará y se pegará a nuestra figura.

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Ya sea en vehículo propio o en bus de servicio público, a las 8:00 de la mañana cientos de familias empiezan a llegar al municipio garrotero para cumplir con su itinerario. Subiendo por la calle séptima, desde el puente vehícular de Cabecera del Llano, se puede observar como se acrecienta el número de personas. Es muy fácil identificar quienes van para el río, casi todos marcan la misma pauta: ropa ligera, deportiva, una que otra toalla, personas caminando en grupo, bolsas con comida, y lo más importante, una olla, de preferencia grande, porque “es mejor que sobre y no que falte”.

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Entre risas, anécdotas y chistes, las familias llegan a las orillas del río. Ya es casi mediodía y es impresionante la cantidad de personas que siguen apareciendo cuesta arriba.

Niños, jóvenes, adultos y ancianos, incluso el perro. Nadie se queda por fuera. A ambos costados del río hay personas, la mayoría de los alimentos ya están listos, por un lado hay sancocho, por el otro mute e incluso carne asada y chunchulla. Hay música, vendedores ambulantes y alegría. Aunque está muy cerca al casco urbano, sin duda la energía es totalmente diferente, en el lugar se respira una paz y una tranquilidad que solo la naturaleza es capaz de brindar.

“Nosotros venimos a celebrar el año nuevo y el cumpleaños de mi primo. Esto ya es una tradición y nos ayuda a integrar la familia. Aquí nos distraemos, nos reímos y despejamos la mente”, dice María Isabel Álvarez, quien se encuentra con su familia.

Y es que el agua que corre entre plantas y piedras parece llevarse todas las preocupaciones, inseguridades y problemas que cualquier persona puede tener. La alegría es, quizás, el sentimiento que prima en el lugar.

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Juegos de pelota, chapuzones, guerra de agua, gente cantando y mucha comida. Está el que, por alguna razón, no se quiere meter al agua y termina mojado por su familiares, la tía encargada de que nadie ‘le meta mano’ al sancocho, que dicen, sabe mejor a la orilla del río. El tío que hace el ají, la prima que hace la ensalada para los que no les gusta el picante, el otro tío que pone la gaseosa y la botellita de aguardiente en el caudal para que se ‘enfríen’ con el agua helada que baja desde la montaña, eso sí, deteniendo las bebidas con una piedra para que no se vayan. No falta tampoco el que toma fotos y graba videos de todos y todo, con el fin de atesorar aquellos encuentros familiares.

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“Nos encanta venir aquí porque nos une como familia, nos olvidamos de las preocupaciones. En el río es solo diversión y ‘tomadera de pelo’. Cada paseo es una experiencia más”, explica Andrea Osorio Múñoz, mientras come un gran plato de sancocho.

La humedad, el olor a leña y a sancocho también cobran protagonismo, y es que, como lo dice Carlos Álvarez, la gracia de este tipo de paseos no es comprar el almuerzo en cualquier restaurante, sino sacar la ‘casta’ gastronómica que tienen todos los miembros de la familia.

“¿Qué mejor que empezar el año con un paseo en familia y probando un suculento sancocho?”, expresa Carlos.

Y es que, el sancocho, que es otro de los protagonistas, demanda una preparación que puede asemejarse a un ritual.

Para Cecilia Peña Suárez y Andrea Osorio Múñoz, quienes fueron la encargadas de cocinar en la leña la exquisita infusión de carnes, vegetales y tubérculos, la clave está en el tiempo de cocción y en la carne. “Primero hay que poner a calentar el agua con la cebolla, la rama de apio, el perejil y suficiente sal. Cuando esté hirviendo, se echa la carne con la papa, la yuca, el apio y la mazorca para que le dé un toque delicioso. Aparte, la leña le da un sabor especial”.

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Sin embargo, el secreto también está en el amor con el que se haga, la intención es que todos disfruten de un delicioso caldo calientes que calme el frío del agua.

Más tarde, cuando el sol empieza a desplazarse un poco más hacia el occidente y el frío empieza a ser más fuerte, es momento de alistar todo y partir. No importa caminar sin camisa, o con la ropa mojada, o con los zapatos llenos de agua y arena, hasta no llegar a la casa o subirse al bus, el estado “paseo de olla” no se pierde. En la inmensa vasija metálica todavía queda mucho sancocho, el cual es compartido por esta familia con los distintos personajes que se encuentran en el camino y que piden algo de comer.

El escenario

Aunque los protagonistas de esta crónica son fundamentales, tal vez es mucho más importante el lugar en donde se gesta este acontecimiento: El río, un sitio sagrado que surte de vida a toda la población y que resguarda la mágica belleza de la fauna y la flora.

Sin embargo, es por este mismo carácter, que el río y estas reservas naturales que se encuentran aislados de la ciudad, merecen ser cuidados y protegidos.

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La policía de turismo, por su parte, dice que es fundamental apagar las llamas, el carbón o la leña que se usó para cocinar los alimentos, esto con el fin de evitar que se generen incendios en estas zonas tan importantes para el equilibrio del ecosistema.

“Cuando uno viene a estos sitios no debe dejar basura para no contaminar y mantener el medio ambiente limpio. A la gente le falta mucho, no tenemos conciencia del daño que le causamos a nuestro planeta”, comenta Carlos Álvarez.

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Está claro que la cultura y la tradición no pueden ser una excusa para atentar contra los ecosistemas, y es por eso que cada vez las medidas por parte de las autoridades tienden a ser más drásticas, pues en algunas ocasiones se han prohibido este tipo de paseos.

“Nosotros como colombianos, si venimos a hacer un paseo de olla, tenemos que recoger nuestra propia basura y así cuidamos nuestro propio ambiente”, dice Zulma Mantilla, turista.

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Así, la recomendación de las autoridades es que al visitar estos sitios, los deje mucho mejor de como los encontró y que colabore a la protección y preservación de estos espacios naturales.

“Lo único que tenemos es la naturaleza, son los pulmones de la ciudad, pero nosotros no los cuidamos y seguimos contaminando”, expresa Isabel Álvarez.

Aunque no se sabe de dónde surge la tradición de hacer los paseos de olla, quizás es algo intrínseco en nuestra naturaleza humana. Alrededor del río se forjaba la vida, el desarrollo, incluso la alegría, también se le atribuían propiedades divinas y curativas, es por eso que, después de cientos de años, todavía nos seguimos congregando a sus orillas, para comer, para curarnos, para meditar, para ser felices.

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